8.2.08

Ideas del Papa para la Cuaresma 2008

Ideas del Papa Benedicto XVI en el Mensaje para la Cuaresma (2008).

I. Los bienes materiales y la riqueza son algo bueno, queridos por Dios para el hombre, pero no somos propietarios de los bienes que poseemos.

Jn 3, 17 "Si alguno posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?"

  • Hacemos un uso correcto de los bienes cuando los usamos para servir a los demás.

  • Somos administradores de los bienes materiales.

  • Los medios materiales son bienes de los que la Providencia se sirve para ayudarnos en nuestras necesidades. Tienen un gran valor social, y un destino universal.

  • Socorrer a los necesitados es un deber de justicia, antes que de caridad.

  • La limosna educa a la generosidad del amor.

  • La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación del apego a los bienes terrenales, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina.

  • La limosna ha de hacerse "en secreto", lo que significa "con rectitud de intención". La limosna evangélica no es filantropía.

II. El hombre ha sido creado para amar. Solo amando, el hombre alcanza su plenitud y su felicidad. El egoísta es un pobre personaje que nada sabe de la felicidad.

  • Hay mayor felicidad en dar que en recibir.

  • La caridad cubre la multitud de los pecados.

  • La limosna auténtica es una manifestación práctica de la disposición interior de entrega total a las necesidades del prójimo (cfr. Mc 12, 44).

  • El amor es el único instrumento de reconciliación. La limosna ayuda a convertirse y reconciliarse con Dios y con los hermanos.

III. Hemos de hacer de nuestra vida un don total, hasta darnos a nosotros mismos.

  • La ley que guía la existencia de un cristiano es la ley del amor.

  • Lo más valioso que podemos dar no es el dinero -la riqueza humana-, sino el testimonio del amor a Dios.

Ideas para la educación

Trabajé siempre por amor

Si de verdad buscamos la auténtica felicidad de nuestros alumnos y queremos inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones, conviene, ante todo, que nunca olvidéis que hacéis las veces de padres de nuestros amados jóvenes, por quienes trabajé siempre con amor, por quienes estudié y ejercí el ministerio sacerdotal, y no sólo yo; sino toda la Congregación salesiana.

¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.

Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor.

Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Este era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto, nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Son hijos nuestros, y, por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.

Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.

En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

De las cartas de san Juan Bosco, presbítero (Epistolario, Turín 1959, 4 201-203)


Aprender a madurar

Aprender a madurar

Fuentes Mendiola, A.

p. 23 El collar

p. 33 Amar no es solo sentir

p. 36 Aires de suficiencia

p. 39 La suficiencia aisla. Cyrano

p. 49 La libertad. Su mal uso genera esclavitud y culpa. Aquí, comentar la parábola del hijo pródigo y libro de Manglano, la confesión

p. 79 Hipocresía (sinceridad, unidad de vida).

p. 83 Sencillez sin repliegues

p. 85 Respetos humanos

p. 90 Primeros cristianos (p. 71)

p. 102 Caridad (San Bernardo)

p. 105 once bienaventuranzas de Tomás Moro

p. 112 Socrates

p. 120 Rasgos del carácter de una persona virtuosa

p. 130 Pautas para madurar

p. 132 Unidad de vida

p. 147 Pautas para madurar

p. 150 Rasgos del carácter de una persona coherente

p. 155 Ideas madres

p. 162 Pautas para madurar

p. 164 Afectividad y vida moral

p. 166 Enseñar a disfrutar haciendo el bien

p. 167 El amor; p. 173 donde está tu tesoro, allí está tu corazón

p. 174 Guarda del corazón

p. 178 Pautas para madurar

p. 182 Madurar las decisiones

p. 189 Pautas para madurar (fidelidad)

p. 191 Momo y la enfermedad de los hombres grises

p. 194 Ideas madre para el gobierno

p. 195 El valor de las dificultades Aprovechar lo que contraría

p. 199 Ideas madre para el gobierno

p. 200 El cohete vanidoso

p. 203 Pautas para madurar

p. 205 Comenzar y recomenzar. Lucha ascética

p. 213 Pautas para madurar

p. 219 Vida de fe

p. 226 El esbirro (vida de fe)

p. 246 Aprovechamiento del tiempo. Muerte

p. 256 Amor como identificación de voluntades. Santa Teresa

p. 258 Una musulmana en un curso de Cristología

p. 281 Robert Spaemann y el sentido del dolor

p. 282 Servir con generosidad. Obras son amores y no buenas razones

p. 294 Actuar con coherencia. Unidad de vida

p. 309 Con las manos llenas. Hacer rendir los propios talentos

Unidad, caridad

La multitud de los creyentes no era sino un solo corazón y una sola alma

Ved qué dulzura y qué delicia, convivir los hermanos unidos. Ciertamente, qué dulzura, qué delicia cuando los hermanos conviven unidos, porque esta convivencia es fruto de la asamblea eclesial; se los llama hermanos porque la caridad los hace concordes en un solo querer.

Leemos que, ya desde los orígenes de la predicación apostólica, se observaba esta norma tan importante: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo. Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos hermanos bajo un mismo Padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu, todos concurriendo a una misma casa de oración, todos miembros de un mismo cuerpo que es único.

Qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. El salmista añade una comparación para ilustrar esta dulzura y delicia, diciendo: Es ungüento precioso en la cabeza, que baja por la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento. El ungüento con que Aarón fue ungido sacerdote estaba compuesto de substancias olorosas. Plugo a Dios que así fuese consagrado por primera vez su sacerdote; y también nuestro Señor fue ungido de manera invisible entre todos sus compañeros. Su unción no fue terrena; no fue ungido con el aceite con que eran ungidos los reyes, sino con aceite de júbilo. Y hay que tener en cuenta que, después de aquella unción, Aarón, de acuerdo con la ley, fue llamado ungido.

Del mismo modo que este ungüento, doquiera que se derrame, extingue los espíritus inmundos del corazón, así también por la unción de la caridad exhalamos para Dios la suave fragancia de la concordia, como dice el Apóstol: Somos el buen olor de Cristo. Así, del mismo modo que Dios halló su complacencia en la unción del primer sacerdote Aarón, también es una dulzura y una delicia convivir los hermanos unidos.

La unción va bajando de la cabeza a la barba. La barba es distintivo de la edad viril. Por esto, nosotros no hemos de ser niños en Cristo, a no ser únicamente en el sentido ya dicho, de que seamos niños en cuanto a la ausencia de malicia, pero no en el modo de pensar. El Apóstol llama niños a todos los infieles, en cuanto que son todavía débiles para tomar alimento sólido y necesitan de leche, como dice el mismo Apóstol: Os alimenté con leche, no con comida, porque no estabais para más. Por supuesto, tampoco ahora.

De los tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos (Salmo 132: PLS 1, 244-245)

Las maravillas de Dios

Primero, Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, con grandes portentos y prodigios; los hizo pasar el mar Rojo a pie enjuto; en el desierto, los alimentó con manjar llovido del cielo, el maná y las codornices, cuando padecían sed, hizo salir de la piedra durísima un perenne manantial de agua; les concedió la victoria sobre todos los que guerreaban contra ellos; por un tiempo, detuvo de su curso natural las aguas del jordán; les repartió por suertes la tierra prometida, según sus tribus y familias. Pero aquellos hombres ingratos, olvidándose del amor y munificencia con que les había otorgado tales cosas, abandonaron el culto del Dios verdadero y se entregaron, una y otra vez, al crimen abominable de la idolatría.

Después, también a nosotros, que, cuando éramos gentiles, nos sentíamos arrebatados hacia los ídolos mudos, siguiendo el ímpetu que nos venía, Dios nos arrancó del olivo silvestre de la gentilidad, al que pertenecíamos por naturaleza, nos injertó en el verdadero olivo del pueblo judío, desgajando para ello algunas de sus ramas naturales, y nos hizo partícipes de la raíz de su gracia y de la rica sustancia del olivo. Finalmente, no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros como oblación y víctima de suave olor, para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado.

Todo ello, más que argumentos, son signos evidentes del inmenso amor y bondad de Dios para con nosotros; y, sin embargo, nosotros, sumamente ingratos, más aún, traspasando todos los límites de la ingratitud, no tenemos en cuenta su amor ni reconocemos la magnitud de sus beneficios, sino que menospreciamos y tenemos casi en nada al autor y dador de tan grandes bienes; ni tan siquiera la extraordinaria misericordia de que usa continuamente con los pecadores nos mueve a ordenar nuestra vida y conducta conforme a sus mandamientos.

Ciertamente, es digno todo ello de que sea escrito para las generaciones futuras, para memoria perpetua, a fin de que todos los que en el futuro han de llamarse cristianos reconozcan la inmensa benignidad de Dios para con nosotros y no dejen nunca de cantar sus alabanzas.

Del comentario de San Juan Fisher, obispo y mártir, sobre los Salmos (Salmo 101: Opera omnia, edición 1597, pp. 1588-1589)

Esquí en La Molina

Motivos pastorales serios, me impidieron atender por unos días este blog.

La clase de religión

Publicado en ABC 21-11-2005

Mantengo que la Religión es una asignatura tan evaluable como cualquier otra. No faltan personas que defienden que al calificar la asignatura de Religión se incurre en una actividad discriminatoria, pues se evalúa en función de unas creencias que no son obligatorias. Es evidente que no hay ningún problema. El impedimento así planteado es absurdo, meramente ideológico y no educativo.

No hay ningún inconveniente, porque en la clase de Religión no se evalúa la fe ni la actitud religiosa del alumno, ni si es bueno o malo, ni si va a misa los domingos o no, o si cumple mejor o peor el cuarto mandamiento de la Ley de Dios.

Tampoco se evalúa en la clase de Ciencias Naturales su amor por la naturaleza, ni si va al campo los domingos en vez de jugar a la video-consola, ni se le suspende porque haya pescado truchas sin licencia. En Religión, como en el resto de las asignaturas, se evalúan los conocimientos que el alumno posee y no la calidad de su vida cristiana.

Antonio García-Berbel Mudarra
Profesor y ex-Diputado
Granada

7.2.08

Unidad de vida

La no fractura interior (sentido sobrenatural; sinceridad; no disimulo), ni exterior (sentido común; bonus odor Christi; señorio).

El sentido sobrenatural hará que las decisiones de todo tipo se tomen de acuerdo con el orden querido por Dios y, en consecuencia, aparecerá la unidad de vida, que es característica primordial de madurez: saber integrar todo en función de lo que ocupa un lugar central en la vida y tiene valor permanente.

Un rasgo distintivo de nuestro espíritu es la perfecta unión y compenetración entre 3 aspectos de la vida:

1. Ascético: buscar la comunión con Dios. Cumplimiento de la misión.

2. Apostólico: buscar la santidad de los demás.

3. Secular: somos uno más entre nuestros iguales.

"La vida conforme a la voluntad de Dios constituye una parte imprescindible de la adoracion verdadera (...) En ultima instancia la verdadera adoracion a Dios es la vida misma del hombre, el hombre que vive rectamente, pero la vida es vida verdadera cuando nos dejamos configurar por Dios apoyando la mirada en El" (Ratzinguer, El espiritu de la liturgia p. 38).

Recomposición de la unidad interior, si hubiera una fractura: el sacramento de la Confesión.

Del mundo, sin ser mundanos

"El hombre honrado y cabal es el hazmerreír. Lo propio de la sabiduría de este mundo es ocultar con artificios lo que siente el corazón, velar con las palabras lo que uno piensa, presentar lo falso como verdadero, y lo verdadero como falso. La sabiduría de los hombres honrados, por el contrario, consiste en evitar la ostentación y el fingimiento, en manifestar con las palabras su interior, en amar lo verdadero tal cual es, en evitar lo falso, en hacer el bien gratuitamente, en tolerar el mal de buena gana, antes que hacerlo; en no quererse vengar de las injurias, en tener como ganancia los ultrajes sufridos por causa de la justicia. Pero esta honradez es el hazmerreír, porque los sabios de este mundo consideran una tontería la virtud de la integridad. Ellos tienen por una necedad el obrar con rectitud, y la sabiduría según la carne juzga una insensatez toda obra conforme a la verdad" (de los tratados morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job, Libro 10, 47-48: PL 75, 946-947).

Sentido común

"Hay que comportarse como amadores de Dios. In omnibus exhibeamus nosmetipsos sicut Dei ministros (2 Cor VI, 4 ), comportémonos en todas las cosas como servidores del Señor. Si te das como El quiere, la acción de la gracia se manifestará en tu conducta profesional, en el trabajo, en el empeño para hacer a lo divino las cosas humanas, grandes o pequeñas, porque por el Amor todas adquieren una nueva dimensión" (ECQP).

4.2.08

Santa Misa

Pregunté a una persona para que adivinase el tema de la meditación. Y como pista le dije que era el tema más importante.

Enseguida me respondió:–La fraternidad

–Más importante–La filiación divina.

–Más importante–La unidad de la Iglesia...

La filiación divina, la fraternidad y la unidad de la Iglesia tienen fundamento en la acción más importante que puede hacer un hombre: asistir o celebrar el Sacrificio del Altar. Es lo que nos convierte en el mismo Cristo, lo que nos hace ser uno, por la común-unión.

Qué importante es la Misa para la labor apostólica con la gente joven. Es el momento más importante de formación. Lo sabemos por experiencia: cuando una persona asiste un día y otro día, un mes y después otro mes, se da el cambio.

De forma silenciosa el Señor va transformando el alma de las personas que se le acercan tan de cerca. Eso es lo que nos ocurrió a muchos de nosotros. Cuando pasaron los meses y miramos para atrás nos dimos cuenta del cambio tan grande. Los sacerdotes hemos visto conversiones en gente que ha empezado a asistir regularmente. Se da el cambiazo, por eso es el momento más importante de la formación.Así como para una persona joven la Misa es una fuente de conversión rápida, para la gente mayor existe un problema: somos humanos y el ser humano se acostumbra a todo.

El ser humano se acostumbra a vivir con poquísima comida en un campo de concentración. Y se acostumbra no sólo a lo malo. También a lo bueno: puede vivir en un palacio y parecerle lo más normal del mundo. Uno puede vivir cerca de una estación o cerca de un aeropuerto, y se acostumbra, y no impedirle dormir el ruido que hacen los trenes o los aviones. Porque el ser humano tiene esa capacidad acomodaticia.

Por eso podemos acostumbrarnos a lo más importante de nuestra vida y de nuestro día. Y ponernos de mal humor si un sacerdote se retrasa dos o tres minutos.Todos podíamos hablar de cosas maravillosas sobre la Santa Misa. Por que en verdad la Santa Misa es lo más grande que nosotros podemos hacer en este vida.Tiene más valor que todos los santos juntos, incluida la Santísima Virgen. Hemos asistido esta mañana a este prodigio y sin embargo, aquí estamos.

El ser humano tiene una capacidad increíble para acostumbrarse a todo. Hacer costumbre: eso es una cosa positiva si se trata de construir hábitos buenos.Pero también la costumbre puede quitarle importancia a las cosas, simplemente porque las repetimos. La costumbre nos acostumbra.

Le decimos ahora al Señor:–Que no me acostumbre jamás a tratarte.

Nos dice el Papa en la carta Deus cáritas est que el Evangelio no es original porque transmita nuevas ideas.

Lo curioso es que lo importante del Evangelio no es el ideario. De forma sencilla lo dice el Papa:«La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas». Y es que el santo no es el que sabe los criterios evangélicos, ni siquiera el que los llevara a la práctica. El Señor no quiere hacernos unos teóricos, ni tampoco quiere hacernos unos prácticos. Lo que pretende es que descubramos la figura del Salvador, y tengamos amistad con él.

El Papa va más allá: Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios. Dios que actúa en la historia de la humanidad de forma desconcertante. Lo que pretende es salvar al hombre y lo hace según su lógica original.La lógica de Dios es el don, el regalo, la gracia, la gracia, el amor: se puede decir de muchas formas pero la realidad es una.

El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos. Dios no necesita nada de nosotros, nos quiere porque Él es bueno, no porque nosotros seamos buenos. Estamos en una sociedad comercial, donde se puede meter el interés hasta en el apostolado. Por eso cuando la gente ve que se la quiere para obtener un fin, en seguida da la estampida. Sin embargo el amor no es así, no busca el interés personal. Y el amor, en su forma más radical, lo realiza Dios muriendo en una cruz.

Es aquí, en la cruz –dice el Papa– donde puede contemplarse esta verdad, que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Pero eso no ocurrió una vez, y ya está. Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía. Esto es la Misa: el amor de Dios que llega extremo de aniquilarse por nosotros: la kénosis.

Dios que se enfrenta consigo mismo, que se pone entre las cuerdas, por nuestro amor. Y la Misa, como todas las cosas en la que participamos los hombres, podemos convertirla en una rutina: puede formar parte de nuestra rutina diaria, de nuestro plan de vida. Y aunque haya rutinas buenas, también es verdad que no es sólo una cosa que hacemos nosotros.

La Misa es un rito, pero es mucho más. El Papa nos habla de la “mística” de la Eucaristía: la base de este sacramento es el abajarse de Dios hacia nosotros. El mandamiento del amor, que hace Jesús el Jueves santo, sólo se puede entender a partir de la Eucaristía. El Señor nos manda que amemos, y esto parece una cosa extraña: ¿se puede mandar amar?

Benedicto XVI remacha que Dios puede mandarnos que queramos porque nos no da:el amor puede ser «mandado» porque antes es dado. En el ámbito de la Última Cena, en la que el Señor anticipó su entrega, es cuando Él nos manda que nos queramos. Y luego envía a sus discípulos a eso: a que vayamos y demos fruto de Amor de Dios y al próximo. Precisamente se llama Santa Misa dice el Catecismo «porque la liturgia en la que se realiza el misterio de la salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana» (n.1332). Los Santos —pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta dice el Papa— han adquirido su capacidad de amar al prójimo gracias a su encuentro con el Señor en la Eucaristia.
Cómo contrasta todo esto con la imagen que dan –no los santos– sino algunos buenos cristianos: La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto (Camino, n. 529). ¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar, de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar? (Camino, n. 530).

Estos puntos 529 y 530 de Camino recogen convicciones muy profundas de Josemaría. Indudablemente esto que escribió era fruto de su experiencia y de su estudio. Por eso, la pausa al celebrar la Misa, y la actitud de oración y de adoración en el Sacrificio del Altar fue para San Josemaría un asunto vital. En la tarde del día 21 de octubre de1938, estando en Burgos, fue con tres o cuatro miembros del Opus Dei a visitar la Cartuja de Miraflores. Al volver, hicieron juntos un rato de lectura espiritual, además les dio una meditación y después tuvieron un rato de tertulia.

Lo que ahora nos interesa es aquella lectura que hicieron, que porque tiene relación con el punto de Camino que acabamos de leer: el 530.

Leyeron unas páginas de un libro que San Josemaría conocía muy bien, y que estaba manejando aquellos días. Me refiero a la célebre Instrucción de sacerdotes, del cartujo del siglo XVI Antonio de Molina. Eran los capítulos dedicados a la pausa y gravedad con que se ha de celebrar la Santa Misa, sin apresuramiento. «El libro y el tema –escribe Eduardo Alastrué en el Diario de ese día–, muy interesante: duración de la misa. El autor desmenuza admirablemente la cuestión y quedamos perfectamente enterados, mejor dicho, confirmados en nuestra opinión de que el barullo, la prisa, el decir y hacer todo a medias, si son en las cosas corrientes un gran defecto, en el Santo Sacrificio son intolerables»

Las páginas del monje cartujo son, en efecto, piadosas, rigurosas y profundas. Así comienza el cap. 12: «Es tan extremado y universal el abuso que hay en este tiempo acerca de decir la Misa acelerada y atropelladamente, que a los que lo miran con ánimos píos y religiosos les lastima mucho y quebranta el corazón». Lo que el P. Molina veía como algo tan «universal» en el siglo XVII, era igualmente una cuestión pastoral en la época de San Josemaría. Y así lo reflejó en este punto 530, escrito por aquellos días.A Eduardo Alastrué, que participaba esos días en la Santa Misa que celebraba el Beato Josemaría, le impresionó, sin duda, esta lectura por lo que vivía a diario en aquellas celebraciones.

Al día siguiente, al anotar la actividad en el Diario del pequeño grupo, que acompañaba a San Josemaría, escribe: «Una meditación paseando, la Misa –de las que hubieran satisfecho al P. Molina– y el desayuno en las Teresianas...» (CAMINO Edición crítico-histórica preparada por Pedro Rodríguez, nota 2022: Diario de Burgos, 22-X-1938; Eduardo Alastrué). Y es que como decía el santo Cura de Ars: «todas las buenas obras juntas no pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Santa Misa es obra de Dios» (p.107).

La santa Misa, Obra de Dios, trabajo de Dios, así lo entendió San Josemaría, un trabajo que le rendía, pero que le era muy grato. Por eso escribió:Es tanto el Amor de Dios por sus criaturas, y habría de ser tanta nuestra correspondencia que, al decir la Santa Misa, deberían pararse los relojes. FORJA 436.

A esa actitud de amor de los santos se contrapone nuestra rutina y nuestra acostumbramiento, en definitiva nuestra tibieza.El Santo Cura de Ars, que tantos sacerdotes confesó, aseguraba que la tibieza en el sacerdocio se deba a no dar importancia a las distracciones durante la Santa Misa.

Las distracciones, que no deben asustarnos, sino corregirlas sin perder la paz: somos niños débiles delante de Dios.San José, modelo de persona atenta, siempre con el alma a la escucha de la voluntad de Dios le decimos:–¡Qué hombre tan afortunado fuiste!– Te fue concedido no sólo ver y oír a Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también te fue concedido abrazarlo, besarlo, vestirlo, y cuidar de Él.

–Ruega por nosotros afortunado José, para que tratemos a Jesús en la Santa Misa con el cariño con el que asistía la Virgen.

Fuente: A Balsera

Alma sacerdotal

La Iglesia prohibió que a la Santísima Virgen se le representase con vestiduras sacerdotales, porque en alguna ocasión se le representó a María con casulla. Y es que indudablemente una mujer no puede ser sacerdote.

No porque las mujeres sean inferiores, sino porque así es la voluntad de Dios. Del mismo modo que la materia del sacramento de la Eucaristía es el Pan. Y hay otros alimentos más nutritivos, pero no se pueden consagrar.Una mujer, por muy santa que sea, no puede ser sacerdote. Pero sí tener alma sacerdotal, que es la mayor cercanía que se puede tener con Dios, después de Jesús.

Y a eso es a lo que aspiramos todos, laicos y sacerdotes: no a desempeñar funciones de sacerdote, sino a tener un alma de sacerdote.Podemos tener alma sacerdotal. Así se lo decía San Josemaría a unas hijas suyas el mismo día de su muerte, el 26 de junio de 1975:Vosotras tenéis alma sacerdotal (...). Los seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal, y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes (...), haremos una labor eficaz... (J. M. Cejas, Vida del Beato Josemaría, p. 212)

-Señor, ¿qué significa tener alma sacerdotal? ¿cómo es el alma de sacerdote?Un sacerdote es un pontífice, un puente entre Dios y los hombres. Ya sabemos que el único mediador es Jesucristo, pero el Señor quiere servirse de instrumentos, como el agua para limpiar el pecado original, el pan y el vino para alimentarnos de su Cuerpo y su Sangre, y el sacerdote para que medie entre Dios y los hombres.

Por eso, el sacerdote es la persona que nos lleva a Dios, que nos sirve de enlace, como un puente que una a cada uno con Dios: el Sumo Sacerdote de la nueva ley es le llama Sumo Pontífice.Esta función la cumplen los sacerdotes de una manera concreta: predicando la palabra de Dios y administrando los sacramentos.

Y a la vez, es una función que pueden cumplir todos los fieles: estar todo el día uniendo con Dios. De hecho, no nos debería quedar tiempo para otras cosas y así, estaríamos dichosísimos sacrificándonos, sin pensar que somos víctimas, entregando todas nuestras energías en servir de enlace con el Señor.

Lógicamente, en primer lugar hemos de estar nosotros muy cerca: nuestra función principal es mantener continuamente una comunicación, que haya un continuo roce, conversación: ésta es nuestra principal ocupación: por eso decía un santo de nuestro tiempo: "mi oficio es rezar". Eso le decimos ahora: -Señor, mi principal ocupación eres tú.En una ocasión, San Josemaría encargó a un hijo suyo que resolviera un asunto complejo. Éste le contestó: -No se preocupe, Padre, sé rezar.

Por eso, el Fundador de la Obra, concretaba el modo de vivir el alma sacerdotal de una manera aparentemente sorprendente. En las palabras que te citaba antes, el mismo día de su muerte, proseguía: Me imagino que de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios. (J. M. Cejas, Vida del Beato Josemaría, p. 212-213)

De todo: de las cosas que nos van bien y de las que nos superan. Tener alma sacerdotal es no perder la calma y acudir al Señor en el Sagrario: que eso es lo eficaz.Por eso la primera virtud que tiene que vivir un buen sacerdote es la piedad: lo más opuesto a un sacerdote santo es un sacerdote burócrata.

Y así, cualquiera que quiera tener alma sacerdotal. Quizá no somos muy listos, ni muy capaces, ni con muchos recursos. Pero sabemos rezar, y así sacaremos adelante lo que haga falta: mejor dicho, le pasaremos los asuntos a nuestro Padre Dios para que lo resuelva Él.Los sacerdotes tenemos que vivir todas las virtudes, no sólo unas pocas. Seguramente cuando vosotros pedís por los sacerdotes, lo haréis como nuestro Padre, que pedía que fuésemos por supuesto doctos, apostólicos, piadosos, pero también alegres y deportistas.

La alegría es una de las primeras manifestaciones del alma sacerdotal. No es consecuencia de la edad, el pavo subido, o una cualidad del carácter. La alegría es consecuencia de la posesión del bien: sólo Dios basta, hemos elegido lo mejor, nuestra elección ha dado en la diana, nos ha tocado el gordo, como pensaba Montse Grases. Y esto, en momentos de alegría, como cuando descubrió que Dios la llamaba en la Obra (Cfr. J. M. Cejas, Montse Grases. La alegría de la entrega, p. 245 y ss.), y en situaciones difíciles, como cuando la desahuciaron los médicos. Tan alegre estaba que las que se lo comunicaron dudaban si se habría enterado bien del diagnóstico. (Idem, pp. 303-304).

Un alma seca, cortante, malhumorada, triste, no puede unir con Dios. Así se lo dijeron precisamente hace pocos meses, a un sacerdote. Iba serio, concentrado, quizá preocupado por algún problema, al volante de su coche. Y se le acercó un hombre que se veía que iba algo cargado de alcohol y le soltó: Padre, ¿a quién espera usted convertir con esa cara?

Deportistas, que tiene que ver con estar en forma física hasta cierto punto. Porque hay gente deportista por dentro clavada a una silla de ruedas. Y son todo un ejemplo de espíritu deportivo. Si no la has hecho, te recomiendo que leas un libro que se llama “Sobre la marcha”. Está escrito por un sacerdote que quedó tetrapléjico a causa de un accidente de tráfico. Y que es todo un ejemplo de espíritu deportivo. Porque ser deportista es una característica del alma que lleva a ver los acontecimientos, y la misma vida con espíritu juvenil, deportivo, olímpico.

El lema de los juegos olímpicos es: más fuerte, más alto, más lejos.Y eso lo aplicamos a nuestra lucha interior: más, más, más. Siempre buscando más. Y si fracasamos, lo volvemos a intentar. Deportistas significa no desanimarnos ante nuestros fallos o las dificultades que podemos encontrar.Por eso, no ejercitamos el alma sacerdotal cuando analizamos las circunstancias que hacen que nuestra santidad y el apostolado sea difícil. Por el análisis a la parálisis decía un sacerdote experimentado y deportista.

Ante las dificultades, con la ayuda de Dios, nos lanzamos a lo que haga falta. Ese es el único análisis válido, porque es el único que cuenta con todos los factores.D. Álvaro tenía auténtica manía a lo que él llamaba los “objetivos”, que ven todas las dificultades objetivas y les dan vueltas... y afirmaba que no son objetivos porque les falta un factor que cambia totalmente la situación: la gracia de Dios.Él mismo contaba en una ocasión:"-Recuerdo a un compañero mío que traté durante la guerra de España. Planeábamos escapar juntos de los comunistas, pero no había manera de hacer nada con él, porque inmediatamente encontraba dificultades para todo: no tenemos los medios, enseguida nos descubrirán, total para qué, si ya estamos presos, es lo mismo estar escondido en una embajada que encerrado en la cárcel... Era una objetividad que nacía del miedo y del egoísmo, y que impedía los planes". (S. Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo, p. 209)

Como estamos viendo, todas estas virtudes sirven para una cosa: para unir: instrumentos de unidad. El mejor pegamento es la caridad que nos lleva a dar la vida por nuestros hermanos. Ése es el comportamiento verdaderamente sacerdotal.Así es como serviremos verdaderamente a Dios y a su Iglesia. Finalizaba San Josemaría su explicación sobre el alma sacerdotal el 26 de junio de 1975 con estas palabras: Me imagino que de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Angeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos.

Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre. (J. M. Cejas, Vida del Beato Josemaría, p. 213)Le pedimos a María, la Madre de Jesús el Sumo y Eterno Sacerdote y de todos los sacerdotes que, con nuestra alma sacerdotal sirvamos a la Iglesia y al Papa eficazmente.

Fuente: A Balsera