1.3.08

Alegría

Por lo general, la tristeza va acompañada de la apetencia a otro trabajo: "ah, aquello me vendría mejor. Trabajaría con entusiasmo". Pero, una vez en la nueva ocupación deseada, pronto nos damos cuenta que la tristeza ha vuelto a adueñarse de nosotros. No la causaba pues el trabajo mismo, sino algo más profundo: la causa radica en la falta de paciencia, en el desdoblamiento de los pensamientos, de donde resulta que "nuestras obras no son completas".

Westra 162-163

Alegría

Este estado es también causa de otros daños: falta de exactitud, de seriedad, de fidelidad, de alegría en la acción. Súmese a esto el sentimiento de que uno sale perjudicado, de que no se le aprecia debidamente, de que está perdiendo el tiempo; la valoración del trabajo no se hace a la luz de la voluntad consciente, sino a través de la tristeza demoledora. Y cuando este estado se enseñorea del hombre, acaba con todo el valor del trabajo.

Westra 163

Alegría

Para tener alegría, vivir con continua presencia de Dios.

Molinoviejo, 12/5/51

Alegría

Perjudicará también a la sociedad, ya que el individuo cansado suele ser un amargado, un pesimista, un abatido que de nada se alegra y que no reacciona normalmente.

Westra 224

Alegría

Prefieren justificar esos "peros" a combatir en si mismos la tristeza. Esos hombres son un saco de quejas, lamentaciones y penas, secuela de la tristeza. Alli donde predomina esta tristeza, el trabajo, privado de todo contento, no pasará de ser el cumplimiento de un penoso deber.

Westra, 162

Alegría

Como la polilla al vestido y el gusano al arbol, así la tristeza del varon perjudica al corazón.

Westra 164

Samaritana

De los tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan (Tratado 15,10-12.16-17: CCL 36,154-156)

Llega una mujer de Samaría a sacar agua

Llega una mujer. Se trata aquí de una figura de la Iglesia, no santa aún, pero sí a punto de serlo; de esto, en efecto, habla nuestra lectura. La mujer llegó sin saber nada, encontró a Jesús, y él se puso a hablar con ella. Veamos cómo y por qué. Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Los samaritanos no tenían nada que ver con los judíos; no eran del pueblo elegido. Y esto ya significa algo: aquella mujer, que representaba a la Iglesia, era una extranjera, porque la Iglesia iba a ser constituida por gente extraña al pueblo de Israel.

Pensemos, pues, que aquí se está hablando ya de nosotros: reconozcámonos en la mujer, y, como incluidos en ella, demos gracias a Dios. La mujer no era más que una figura, no era la realidad; sin embargo, ella sirvió de figura; y luego vino la realidad. Creyó, efectivamente, en aquel que quiso darnos en ella una figura. Llega, pues, a sacar agua.

Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?" Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.

Ved cómo se trata aquí de extranjeros: los judíos no querían ni siquiera usar sus vasijas. Y como aquella mujer llevaba una vasija para sacar el agua, se asombró de que un judío le pidiera de beber, pues no acostumbraban a hacer esto los judíos. Pero aquel que le pedía de beber tenía sed, en realidad, de la fe de aquella mujer.

Fíjate en quién era aquel que le pedía de beber: Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.

Le pedía de beber, y fue él mismo quien prometió darle el agua. Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad. Si conocieras —dice— el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. A pesar de que no habla aún claramente a la mujer, ya va penetrando, poco a poco, en su corazón y ya la está adoctrinando. ¿Podría encontrarse algo más suave y más bondadoso que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. ¿De qué agua iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente viva? Y ¿cómo podrán tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?

De manera que le estaba ofreciendo un manjar apetitoso y la saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo acababa de entender; y como no lo entendía, ¿qué respondió? La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo. Ojalá hubiera podido escuchar: Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Esto era precisamente lo que Jesús quería darle a entender, para que no se sintiera ya agobiada; pero la mujer aún no lo entendía.

Oración

Del tratado de Tertuliano, presbítero, sobre la oración (Caps. 28-29: CCL 1, 273-274)

El sacrificio espiritual

La oración es el sacrificio espiritual que abrogó los antiguos sacrificios. ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? —dice el Señor—. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y machos cabríos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos? Lo que Dios desea, nos lo dice el evangelio: Se acerca la hora —dice— en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque Dios es espíritu, y desea un culto espiritual.

Nosotros somos, pues, verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes cuando oramos en espíritu y ofrecemos a Dios nuestra oración como una víctima espiritual, propia de Dios y acepta a sus ojos.

Esta víctima, ofrecida del fondo de nuestro corazón, nacida de la fe, nutrida con la verdad, intacta y sin defecto, íntegra y pura, coronada por el amor, hemos de presentarla ante el altar de Dios, entre salmos e himnos, acompañada del cortejo de nuestras buenas obras, seguros de que ella nos alcanzará de Dios todos los bienes.

¿Podrá Dios negar algo a la oración hecha en espíritu y verdad, cuando es él mismo quien la exige? ¡Cuántos testimonios de su eficacia no hemos leído, oído y creído!

Ya la oración del antiguo Testamento liberaba del fuego., de las fieras y del hambre, y, sin embargo, no había recibido aún de Cristo toda su eficacia.

¡Cuanto más eficazmente actuará, pues, la oración cristiana! No coloca un ángel para apagar con agua el fuego, ni cierra las bocas de los leones, ni lleva al hambriento la comida de los campesinos, ni aleja, con el don de su gracia, ningún sufrimiento; pero enseña la paciencia y aumenta la fe de los que sufren, para que comprendan lo que Dios prepara a los que padecen por su nombre.

En el pasado, la oración alejaba las plagas, desvanecía los ejércitos de los enemigos, hacía cesar la lluvia. Ahora, la verdadera oración aleja la ira de Dios, implora a favor de los enemigos, suplica por los perseguidores. ¿Y qué tiene de sorprendente que pueda hacer bajar del cielo el agua del bautismo, si pudo también impetrar las lenguas de fuego? Solamente la oración vence a Dios; pero Cristo la quiso incapaz del mal y todopoderosa para el bien.

La oración sacó a las almas de los muertos del mismo seno de la muerte, fortaleció a los débiles, curó a los enfermos, liberó a los endemoniados, abrió las mazmorras, soltó las ataduras de los inocentes. La oración perdona los delitos, aparta las tentaciones, extingue las persecuciones, consuela a los pusilánimes, recrea a los magnánimos, conduce a los peregrinos, mitiga las tormentas, aturde a los ladrones, alimenta a los pobres, rige a los ricos, levanta a los caídos, sostiene a los que van a caer, apoya a los que están en pie.

Los ángeles oran también, oran todas las criaturas, oran los ganados y las fieras, que se arrodillan al salir de sus establos y cuevas y miran al cielo, pues no hacen vibrar en vano el aire con sus voces. Incluso las aves, cuando levantan el vuelo y se elevan hasta el cielo, extienden en forma de cruz sus alas, como si fueran manos, y hacen algo que parece también oración.

¿Qué más decir en honor de la oración? Incluso oró el mismo Señor, a quien corresponde el honor y la fortaleza por los siglos de los siglos.

Confianza en la gracia de Dios

De las homilías de san Basilio Magno, obispo (Homilía 20, sobre la humildad, 3: PG 31, 530-531)

El que se gloríe, que se gloríe en el Señor.

No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza, no se gloríe el rico de su riqueza.

Entonces, ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su grandeza? Quien se gloria —continúa el texto sagrado—, que se gloríe de esto: de conocerme y comprender que soy el Señor.

En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad, en conocer dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella, en buscar la gloria que procede del Señor de la gloria. Dice, en efecto, el Apóstol: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor, afirmación que se halla en aquel texto: Cristo, que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención; y así —como dice la Escritura—: «El que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e irreprochable en el Señor es no enorgullecernos de nuestra propia justicia, sino reconocer que en verdad carecemos de ella y que lo único que nos justifica es la fe en Cristo.

En esto precisamente se gloria Pablo, en despreciar su propia justicia y en buscar la que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima experiencia de Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único motivo que te queda para gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las primicias, es algo ya incoado en nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en el don de Dios.

Y es el mismo Dios quien activa en nosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor. Y es Dios también el que, por su Espíritu, nos revela su sabiduría, la que de antemano destinó para nuestra gloria. Dios nos da fuerzas y resistencia en nuestros trabajos. He trabajado más que todos —dice Pablo—; aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Dios saca del peligro más allá de toda esperanza humana. En nuestro interior —dice también el Apóstol— dimos por descontada la sentencia de muerte; así aprendimos a no confiar en nosotros, sino en Dios que resucita a los muertos. El nos salvó y nos salva de esas muertes terribles; en él está nuestra esperanza, y nos seguirá salvando.

Curación del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-12)

En tiempos de nuestro Señor había una creencia común entre los judíos acerca de las dolencias físicas o los males que una persona pudiera padecer: eran fruto del pecado.

El origen de semejante consideración no es la superstición o la cábala, sino la mismísima Sagrada Escritura, que en el libro del Deuteronomio decía: “los hijos pueden ser castigados por los pecados de los padres” (Deut 5, 1).

Es verdad lo que dice el Deuteronomio: en los pecados de los padres hay como una raíz del mal, que puede propagarse a los hijos. Los pecados de los padres pueden repercutir en la vida de los hijos (el temperamento de los padres puede repercutir en la formación de los caracteres de los hijos). “De tal palo, tal astilla”, dice el refrán, cargado de sabiduría popular, y “los padres comieron agrazones, y los hijos sufrieron dentera” dice el profeta Jeremías (Jer 31, 29) cargado de sabiduría divina.

El milagro de contemplamos es el de la curación de un ciego de nacimiento que recupera la vista. Jesús se conmueve ante el sufrimiento humano. Al pasar por delante de aquella persona, sintió compasión. ¡Qué distintos son los juicios humanos sobre las personas! También pasaron junto al ciego los discípulos, pero juzgaron de otra manera: “¿qué pecados son la causa de que éste naciera ciego, los suyos o los de sus padres?”. ¡Vaya razonamiento tan poco caritativo!

Jesús realizó ese milagro un sábado. Y quiso que se le diese la mayor publicidad posible: obligó al ciego a que fuera con los ojos llenos de fango, atravesando Jerusalén, hasta la piscina de Siloé.

Jesús se encuentra ante una persona que padece un mal físico: la ceguera.

A todos nos mueve a compasión ver a una persona que sufre en su cuerpo, y nos hace preguntarnos ¿por qué existe el mal físico en el mundo?

El ciego del Evangelio era un pobre desgraciado que pasaba sus días pidiendo limosna. ¡Qué humillación! No podía trabajar. No era una persona útil a la sociedad de entonces. Estaba confinado en un camino, apartado de la multitud del pueblo, reclamando caridad.

El dolor y el sufrimiento físico son una de las mayores causas de rebeldía contra Dios. Incluso el mismo Papa Benedicto XVI, cuando consideraba los horrores de Austwitch, se preguntaba ¿dónde estaba Dios?

El sufrimiento y el dolor son un misterio, y por tanto no tienen explicación. Es cierto, también, que Dios siempre saca bienes de los males.

Considerar el dolor físico y el sufrimiento nos ha de mover a agradecer lo que tenemos: la salud, los bienes temporales, la libertad, la familia… Mira lo que nos recuerda San Josemaría: “Muchas veces te preguntas por qué almas, que han tenido la dicha de conocer al verdadero Jesús desde niños, vacilan tanto en corresponder con lo mejor que poseen: su vida, su familia, sus ilusiones.

Mira: tú, precisamente porque has recibido "todo" de golpe, estás obligado a mostrarte muy agradecido al Señor; como reaccionaría un ciego que recobrara la vista de repente, mientras a los demás ni siquiera se les ocurre que han de dar gracias porque ven.

Pero... no es suficiente. A diario, has de ayudar a los que te rodean, para que se comporten con gratitud por su condición de hijos de Dios. Si no, no me digas que eres agradecido” (Surco, n. 4).

Jesús hace el milagro que consideramos “amasando barro”. Jesús formó lodo con saliva divina, mezclando algo tan bajo y de tan poco valor con algo tan digno como su saliva. Esto que hizo Jesús nos ayuda a intuir lo que son los sacramentos en la Iglesia, y a valorarlos: Jesús comunica su gracia de una forma misteriosa y fácil, valiéndose de instrumentos de uso ordinario y corriente, de cosas sensibles (en el Bautismo se emplea agua, en la Confirmación aceite, en el Eucaristía pan y vino, en la Confesión, las palabras de la absolución…).

Jesús se sirve de cosas que aparentemente tienen poco valor para hacer algo realmente grandioso. Tú y yo también podemos ser instrumentos en las manos de Dios para ayudar a otros a que descubran la luz de Cristo.

Ante el inmenso panorama de almas que nos espera, ante esa preciosa y tremenda responsabilidad, quizá se te ocurra pensar lo mismo que a veces pienso yo: ¿conmigo, toda esa labor?, ¿conmigo, que soy tan poca cosa?

—Hemos de abrir entonces el Evangelio, y contemplar cómo Jesús cura al ciego de nacimiento: con barro hecho de polvo de la tierra y de saliva. ¡Y ése es el colirio que da la luz a unos ojos ciegos!

Eso somos tú y yo. Con el conocimiento de nuestra flaqueza, de nuestro ningún valer, pero —con la gracia de Dios y nuestra buena voluntad— ¡somos colirio!, para iluminar, para prestar nuestra fortaleza a los demás y a nosotros mismos” (Forja, n. 370).

En este milagro de Jesús también sorprende la actitud farisaica, el espíritu farisaico de algunos: los escribas consentían en que se derramara agua en sábado, pero no se podía “amasar”. Jesús, al preparar el lodo, ha infringido la ley sabática. ¡Qué cretinos! Jesús sufrió la crítica mordaz y punzante de los fariseos. No es raro que reciban el mismo trato, hoy en día, quienes quieren tomarse en serio la vida cristiana y seguir a Jesús. Para la gente criticona y juiciosa hay un consejo de San Agustín (Enarrationes in salmos, 30, 2, 7 (PL 36, 243)) que les vendría muy bien meditar a menudo: “procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en vuestros hermanos, y ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros”.

“El pecado de los fariseos no consistía en no ver en Cristo a Dios, sino en encerrarse voluntariamente en sí mismos; en no tolerar que Jesús, que es la luz, les abriera los ojos. Esta cerrazón tiene resultados inmediatos en la vida de relación con nuestros semejantes. El fariseo que, creyéndose luz, no deja que Dios le abra los ojos, es el mismo que tratará soberbia e injustamente al prójimo: yo te doy gracias de que no soy como los otros hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano, reza. Y al ciego de nacimiento, que persiste en contar la verdad de la cura milagrosa, le ofenden: saliste del vientre de tu madre envuelto en pecados, ¿y tú nos das lecciones? Y le arrojaron fuera” (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 71).

Cuando el ciego descubre la luz, le cambia la vida. Así lo hemos visto también en la vida de tantos amigos nuestros que andan por el mundos distraídos espiritualmente, pero que al encontrarse con Jesús cambian radicalmente.

¡Qué compasión te inspiran!... Querrías gritarles que están perdiendo el tiempo... ¿Por qué son tan ciegos, y no perciben lo que tú —miserable— has visto? ¿Por qué no han de preferir lo mejor?

—Reza, mortifícate, y luego —¡tienes obligación!— despiértales uno a uno, explicándoles —también uno a uno— que, lo mismo que tú, pueden encontrar un camino divino, sin abandonar el lugar que ocupan en la sociedad” (Surco, n. 182).

Todos vamos por la vida muchas veces ciegos, o dando palos de ciego, sin saber muy bien qué rumbo tomar, o hacia donde ir. A San Josemaría también le pasó, y entonces comenzó a repetir una jaculatoria muy bonita: “¡Señor, que vea!”. En el caso de San Josemaría, era el grito de un alma generosa que deseaba hacer la Voluntad de Dios. Y acudía también a la Virgen Santísima: “¡Señora, que vea!”.