9.5.08

Fe y humildad


(El peligro) Dos grandes enemigos de la vida sobrenatural que, unidos, provocan desquiciamientos y catástrofes en la vida de muchas personas:

1. La falta de fe (no-confianza en Dios).

2. La soberbia (desmedido amor de uno mismo, acompañada normalmente de un profundo desconocimiento propio).

Son dos grandes enemigos que Impiden la actuación divina en un alma.

- como un árbol que no recibe la sabia de la tierra.

Imposibilitan el desarrollo de algunas virtudes fundamentales (como la fortaleza, que es un don -regalo- del Espíritu Santo)..

- como un coche sin motor.

Facilitan el egotismo. Si no necesito a nadie y yo sólo puedo alcanzar las metas que me propongo, viviré centrado en mi.

Desaparecen del horizonte vital los ideales trascendentes y la vida queda coja.

A medio plazo uno queda sumido en el aislamiento que produce el toparse de repente con el propio vacio interior y la propia mediocridad.

(El remedio) Una sólida vida de piedad (la virtud de la religión puesta en práctica, a diario).

No se puede caminar por esta vida en solitario. Necesitamos guías y maestros que nos orienten y re-orienten. Y necesitamos el perdón de Dios por nuestras -muchas veces- continuas equivocaciones.

Ideas sueltas (llamada)

El descubrimiento de la vocación es lo más importante que puede ocurrirnos, aunque aparentemente no cambie nada (es como un paisaje en el que sale el sol que nos permite contemplar maravillas ocultas hasta ese momento por la oscuridad de la noche).

La entrega. Es más la entrega que nos hace Jesús de su Amor, que la entrega que podamos hacer nosotros a Él de nuestra vida. Es Él quien toma la iniciativa, quien se nos da; nosotros, más que entregarnos, recibimos; nuestra entrega es abrir los brazos para acoger a Jesús.

Disfrutar con la vocación. Como el que disfruta con la limpieza, después de quitar la suciedad de una habitación, o de limpiar el coche y verlo, contemplarlo, reluciente; o como el que se ducha después de salir del mar, o de embarrarse y sudar en un partido de fútbol.

Generosidad con Dios. ¿Por qué piensas que eres como eres -alegre, servicial, etc.-, porque te crees mejor que los demás, o porque Dios te ha dado esas cualidades para que las pongas a su servicio y al de los otros?

Emociona ver a un niño pequeño colocando, lleno de amor, una rosa junto a la imagen de su Madre del Cielo... ¿no te ilusiona poder ofrecer tu vida entera a la Virgen y al Señor? ¡Qué sequedad cuando nos resistimos a entregarnos a Dios..., como la rosa que termina secándose, sin haber adornado nada, sin haber cumplido su misión!

Entrega. Para querer hay que querer (querer querer). Quien no quiere querer, quien no está dispuesto -en disposición- a querer, no puede querer, no querrá nunca..., pero por su culpa, porque lo ha decidido así, haciendo un mal uso de su libertad, atrofiando su corazón.

La entrega: o nos engrandece (nos hace mejores, y dignos de admiración), o nos envilece (si ponemos frenos, porque hemos sido cobardes, poco generosos), pero ya nada sigue igual, todo ha cambiado.

Generoso no es el que da algo para que le dejen en paz; es el que se da del todo y lo da todo, lo que Dios le pida, no lo que él esté dispuesto a dar. ¿Piensas que Dios no se lo merece todo?

Amar es estar dispuesto a sufrir. Pero quien no está dispuesto a sufrir, acaba experimentando la amargura de la soledad: sufre muchísimo más, pero sin el consuelo del amor.

En una cabeza (inteligencia) y corazón (afectos) cristianos, cumplir la voluntad de Dios (que se ve, y que se quiere) ha de ser lo normal, algo sobrenaturalmente natural, lo habitual, sin necesidad de grandes razonamientos o de prolongadas indecisiones a la hora de identificarse, con la cabeza y con el corazón, con toda la personalidad, con el querer de Dios, que muestra claramente el camino y la misión.

No veo. Osea, que estás ciego. Pues déjate ayudar, aconsejar. Y no olvides que para ver hay que querer mirar. Tienes ojos, y puede que no quieras abrirlos para mirar.

Cada teoría es un intento de explicación de la realidad, y cuando intentamos explicar por qué no somos mejores o no nos decidimos a ser totalmente generosos con Dios, en el fondo es un intento de justificar la cobardía, un modo “académico” de encubrir el egoísmo. Sé generoso con Dios, y déjate de teorías, di que sí, y ya verás qué claro lo ves todo, porque verás las cosas como son, sin el filtro subjetivo de tu comodidad y de tu falta de fe para las cosas de Dios, que lo deforma todo, porque en el fondo no quieres ver..., y por eso estás ciego y te sientes extraño. ¡Abre los ojos! Di que sí, y disfruta de la belleza del Amor de Dios.

La idea de la “elección” por parte de Dios, en principio, descartaría el concepto de “ver” tal como lo entienden algunos (de tenerlo que “ver” a nivel subjetivo), porque quien tiene que verlo claro y lo ha visto ya, antes de decidir a quién elige, es Él, no nosotros. Porque Él lo ve claro, nos llama (el Señor, después de toda una noche en oración, llamó a sus discípulos, a los que Él quiso); y no seguir su indicación significaría que nos fiamos más de nosotros que de Él (como si Él pudiera equivocarse al elegir a sus apóstoles). El Señor decía: “sígueme”; no, “si lo ves”, sígueme; ni “si lo ves como lo veo Yo”, sígueme. La condición es que lo vea Dios, no nosotros; se trata de fiarse de Dios, no de nosotros, que lo que tenemos que hacer es obedecer, sencillamente; ser dóciles (Señor, lo hago porque Tú me lo dices, no porque yo lo vea claro).

Vocación. Tienes que tomar la iniciativa, aunque la iniciativa sea siempre de Dios (es Él quien te llama, y quien te plantea tu posible vocación, a veces, a través de un amigo o del sacerdote). Dile: Señor, me he enterado de que necesitas gente, de que buscar personas que estén dispuestas a servirte, a obedecerte, a amarte, a hacer lo que convenga en cada momento..., me presento voluntario, aquí me tienes, puedes contar conmigo, quiero servirte, hoy, ahora y siempre. ¿Me aceptas? Señor, y perdóname por todas las veces que he dicho que no, excusándome en que no lo veía, cuando en realidad “no te quería”, abusando de tu exquisito respeto a la libertad de cada uno, que te lleva a no imponerte, y a no imponer tu voluntad.

¿Qué por qué tienes que decir que sí? Lo que no entiendo, de ninguna manera, es como intentas justificar tu no. Sé sincero, llama a las cosas por su nombre (soy egoísta, tengo miedo, me da pereza, soy un desagradecido con Dios, etc.), y entonces, le dirás que sí al Señor, porque Él es la Verdad (y el Camino y la Vida, que dan la felicidad).

Hablas y hablas y hablas. Tengo la sensación de que hablas demasiado. Y de que hablas con demasiada gente..., menos con Él. Me parece que todo ese parloteo (venga a hablar de vocación con el sacerdote, con el amigo, y con no se sabe quién) es un intento más o menos consciente, o inconsciente, de que no quieres hablar con Dios, y de que en el fondo te da miedo el silencio..., el silencio de la verdad, el silencio del tu a TÚ (Dios); porque ese sentirse sólo, a solas, delante de Dios, es muy arriesgado y muy comprometido. ¿Tengo razón o no? Habla menos con los demás de vocación (incluso de tu posible vocación), y decídete de una vez a hablar con sinceridad con Dios: ¿Señor, qué quieres de mí, me necesitas, cuentas conmigo para algo, puedo ayudarte..., quieres que te ofrezca mi vida? Y no olvides lo que nos dice la Virgen: “haced lo que Él os diga”. Y no me digas que no te dice nada (no me lo creo, porque no es verdad), porque Dios no es “mudo”, y tú tampoco eres “sordo”. Después de hablar, ¡por fin!, con Él, ahora sí que puedes ir a hablar con el sacerdote, y con tu amigo, y con quien quieras..., para decirles: me ha dicho que le diga que sí, hemos hablado de vocación (Él y yo, sin intermediarios), y le he dicho que sí..., ¡qué facil era, y qué lejos estaba de entenderlo!

La presencia de la Virgen facilita muchísimo el cumplimiento de la voluntad de Dios. A veces, sabemos qué nos pide Dios, qué quiere de nosotros, pero no nos decidimos a hacerlo, excusándonos en mil tonterías con las que intentamos engañarnos para recuperar una falsa paz. Acude a la Virgen, y Ella hará del camino de tu entrega algo fácil, amable, simpático, alegre y suave. El “haced lo que Él os diga”, dicho por Ella, con su sonrisa y su cariño, lo cambia todo: pasa de ser una obligación (que lo es), a ser un deber gustoso, buscado, deseado.

Para decirle que sí a Dios hay que decirle que sí, por simple que te parezca. No lo olvides. Para decidirse a decir que sí hay que decir que sí. Si le dices que no, es difícil que te decidas.

“Entregarse” significa también “rendirse”; exige un acto de “humildad”: entregar toda la vida a Dios; ponerla a su entera disposición. Ese “sí”, “soy todo tuyo”, es lo que hizo la Virgen María, y por su humildad fue la elegida.

Aunque tienes que cambiar en muchas cosas, y es bueno que luches cuanto antes, pienso que deberías decidirte ya (escribir), para que con la ayuda de Dios y de la Virgen, llegue ese momento ideal, en el que estés mejor preparado y más disponible. Como tienes condiciones puedes dar ya el paso, y Dios te ayudará a caminar más deprisa; retrasarlo, esperar, demorar esa decisión, en el fondo es confiar más en ti y en tus fuerzas que en la ayuda de Dios, que ya te ofrece ahora.

El ¿aceptas?, no es una invitación a esperar a que Dios diga algo más, sino una pregunta directa de Dios a cada uno de nosotros, que exige una respuesta. Decir “es que no veo” no es responder. El Señor pide una decisión, un acto de generosidad, un sí.

El dar nos enriquece, sin que perdamos. Y el no darnos, nos convierte en un absurdo. Quien tiene un reloj, y da la hora a quien se la pide, hace el bien y no pierde nada. Quien nunca mirase la hora del reloj haría de ese reloj un instrumento inútil. Si no cumples la misión para la que Dios te ha traido a este mundo, estás perdiendo el tiempo, y tu vida es un absurdo, aunque hagas cosas lógicas, porque funcionas al margen del plan de Dios, de la sabiduría de Dios, de aquello para lo que Dios te quiere realmente, y que es lo único que justifica de verdad tu existencia, en esta vida y en la otra (la situación de los “inútiles”, en la otra vida, debe ser realmente bochornosa..., como en la parábola de los talentos: y a éste siervo inútil, arrojadlo fuera).

Dios nos pide un sí “incondicional” como el de la Virgen; sin condiciones, sin saber lo que vendrá después (huida a Egipto, etc.); porque el sí, es el inicio de una historia de amor, basada en la confianza mutua (Dios ha querido fiarse de mí, y yo me fío de Él). ¿Puedo contar contigo? El ¿para qué? vendrá después, no antes. De hecho, Jesús, cuando llama a sus discípulos, les dice: sígueme, no les expone un plan de viaje, para que después ellos decidan seguirle o no. Quien tiene planteado el tema de su posible vocación y contesta con un “no lo veo”, en el fondo le está diciendo que no a Dios. Si Dios no me llamase, eso sí que me lo haría ver inmediatamente, no permitiría que yo, equivocadamente, pensase que tengo vocación, cuando Dios no me llama, y me lo advertiría a través del sacerdote, de un amigo, de un libro en la oración, etc. Pero la invitación al sí es menos clara, para respetar el margen de libertad en mi respuesta, que está basada en la confianza.

8.5.08

El crucifijo

"No faltan quienes desde una postura laicista defienden que las Administraciones Públicas deben distanciarse de cualquier opción religiosa en aras de la neutralidad, lo que se ha de manifestar también en su renuncia a los símbolos.

Pero, como han puesto de manifiesto varios comentaristas, esas personas, llenas de 'santo celo' en lo que se refiere a quitar espacio al catolicismo, son las mismos que conceden luego al Estado y Comunidades Autónomas poderes de intervención que son explícitamente ideológicos, por ejemplo en materias de educación, familia o salud.
Quizá la argumentación más eficaz para sustentar la validez cultural de la presencia pública de símbolos cristianos procede de la escritora Natalia Ginzburg, en unas palabras que debemos recordar en estos días, habida cuenta de los sucesos acaecidos en el colegio público «San Juan de la Cruz» del pueblo de Baeza (Jaén), donde la Junta de Andalucía ha dado orden de retirar los crucifijos de las aulas del colegio mencionado, por la denuncia del padre de un escolar.

Pues bien, sostenía la escritora hebrea, concretamente a propósito del crucifijo, que para los católicos, Jesucristo es el Hijo de Dios. Para los no católicos puede ser simplemente la imagen de uno que ha sido vendido, traicionado, martirizado y muerto en la cruz por amor de Dios y del prójimo. El ateo prescinde de la idea de Dios, pero conserva la del prójimo. Se dirá que muchos han sido vendidos, traicionados y martirizados por su fe, por el prójimo, por las generaciones futuras, y de ellos no hay señal en los muros de las escuelas. Es verdad, pero el crucifijo representa a todos, porque antes de Cristo nadie había dicho que todos los hombres son iguales, hermanos, todos, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, hebreos y no hebreos, negros y blancos.»"


(Fuente: Antonio García-Berbel M, publicado en ABC, 16-7-2006)

7.5.08

Sentido común


Aquí están los 10 hábitos de la gente altamente efectiva... y con altas dosis de sentido común. Nos los ha explicado el Prof. Bernardo en una comida inolvidable...

1. No hay perro que lamiendo engorde.

2. Nunca le muerdas a la mano que te alimenta.

3. No hay palabra mal dicha, sino mal interpretada.

4. Las grandes fortunas se hacen pidiendo... o robando.

5. Hay personas que no valen ni para estar escondidos.

6. No es lo mismo ir con prudencia que ir con la Prudencia.

7. El buey solo, bien se lame.

8. Un consejo para los padres: pasar menos tiempo con la secretaria, y más con la mujer.

9. En algunos casos la cigüeña dio dos viajes: uno para traer a la criatura, y otro para pedir perdón.

10. Al buen artista no hay que aplaudirle. Él sabe cuando lo hace bien y cuando lo hace mal.

Carpe diem!!!

"Sólo voy a pasar una vez por este mundo.
Todo el bien que pueda hacer,
toda la amabilidad que pueda mostrar a cualquier ser humano,
he de hacerla ahora y no dejarla para más tarde.
Porque no voy a pasar otra vez por aquí".

(Stephen Gullet)

6.5.08

¡Suerte amigos!

(Última plática a mis amigos de 2 de Bachillerato).

Hemos recibido el don más grande –después de la vida- que es la fe. La fe no es el conocimiento de algo, sino de Alguien (se comienza a ser cristiano –no por una decisión ética- sino por un encuentro –Benedicto XVI,
Deus Caritas est).

La
fe crece –o se pierde- en la medida en que tratamos a ese Alguien.

Hasta ahora lo hemos tenido muy fácil (el colegio, el oratorio, las convivencias, los cursos de retiro, las salidas, las misas de curso, los horarios de confesiones, las conversaciones de dirección espiritual, las preceptuaciones…). Hemos podido aprovechar todo ese tesoro, o quizás no hemos sabido sacarle el partido que habríamos podido.

Ahora tenemos el riesgo de
enfriarnos. Entraremos en contacto con mucha gente… y mucha gente que parece que se ha vuelto loca. Hay montones de locos y de locas sueltos por el mundo. Y tenemos el peligro de volvernos nosotros uno de ellos. La calle está abierta a todo tipo de herejías y errores. Casi todas las herejías que la Iglesia ha condenado en los últimos veinte siglos están en la calle.

Recordad que
sólo vamos a pasar una vez por este mundo. Todo el bien que podamos hacer, toda la amabilidad que podamos demostrar a cualquier persona con la que nos crucemos, hemos de hacerla ¡ahora! Y no dejarlo para más tarde. Porque no vamos a pasar otra vez por aquí.

Un último consejo, que no es un consejo más, es un
consejo –para nosotros cristianos- de vida o muerte: sería formidable que cada uno de nosotros leyera el Evangelio, despacio, un rato cada día. Cuanto menos leas y más medites, mejor. Lee el Evangelio por el mismo orden por el que está escrito. No adelantes. En el Evangelio vas a encontrarte dos tipos de noticias: los dichos de Jesús, y los hechos de Jesús. Cuando leas los dichos de Jesús escúchalos como dichos por el Señor para ti mismo, en tus circunstancias concretas. Si lees los hechos de Jesús, métete en la escena como un personaje más.

En la Última Cena Jesús dice a sus discípulos unas palabras misteriosas, pero a la vez muy claras: “para ir a donde voy,
ya sabéis el camino...”.

En el escudo del colegio está simbolizado el camino de la vida. Un camino iluminado por unas luces: las estrellas. Un camino que se ha de recorrer hacia arriba (hacia el Cielo). Y al Cielo se puede llagar por tierra (el camino iluminado por las estrellas), por mar (representado por el barco) o por aíre (simbolizado en el ave rapaz).

Con el paso del tiempo muchos de nosotros recorreremos distintos caminos en la vida. No podemos olvidarnos en ningún momento de nuestra vida del camino auténtico, del que nos llevará al Cielo: Jesucristo (“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”).

No nos madurará humanamente el paso del tiempo, sino la cercanía que tengamos con Jesús.

Esta es la grandeza de nuestra vida: podemos
configurarnos con Cristo.

Acuérdate cada día de que nos presentaremos ante la eternidad con lo que hayamos hecho aquí abajo. La vida no es un fin, es un camino que se puede recorrer de muchas maneras. Y es muy importante acertar.

¡¡Suerte amigos, y hasta siempre!!

En la recta final

“Me duelen las almas”. La inquietud de nuestro Padre, que se agarraba la cabeza y decía “no entiendo cómo no me estalla la cabeza y el corazón”.

“Para que estuvieran con el y enviarlos a predicar”. Aquí está el orden de la elección.

La clave del apostolado: estar con Dios, ser contemplativos, vivir en oración continua, tener una necesidad profunda de la misa y la comunión.

“Llevarle a Él”. Hacemos su apostolado.

Necesitamos “estar con Él”.

Nos llegan imputs continuamente para que hagamos más... Lo primero que tenemos que hacer es intensificar la vida interior, cuidar la calidad de nuestra vida de piedad.

Una persona que no rece, que sea poco piadosa, es poco apostólica, aunque tenga muchos amigos. Es como una lámpara bonita, pero sin cable: no alumbra, sólo adorna.

“Es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior. Cuando se paladea la vida interior se siente el peso de las almas”.

En una visita de San Josemaría a Argentina pidió un número grande de vocaciones. Les dijo que llegarían si todos los de cr se proponían hacer todas las Normas en el oratorio. Lo hicieron y llegaron las vocaciones.

No nos tienen que perseguir para que seamos apostólicos. No nos pueden obligar... Si uno se siente obligado es que no se mueve en el escenario del amor de Dios.

Pedir a Dios que tengamos explicaderas y, los demás, entendederas.

La multiplicación de los panes y los peces. Mt. "Estamos en un descampado... Despide a la gente que vayan a comer... No hace falta que se vayan. Dadles con vosotros de comer... (sentido del humor de Jesús)...". Se cumple literalmente el darles ellos de comer. En sus manos se multiplican los panes y los peces.

A nosotros nos dice: “decídselo vosotros”... lo que Cristo nos dice en nuestra oración.

(
Comentario de la carta 29/04/08).

Pentecostés


Recibiréis la fortaleza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros; y seréis mis testigos hasta los últimos confines de la tierra.

La acción del Espíritu Santo

"¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares.

Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.

El es fuente de santidad, luz para la inteligencia; él da a todo ser racional como una luz para entender la verdad.

Aunque inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad; con su acción lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no ciertamente de manera idéntica ni con la misma plenitud, sino distribuyendo su energía según la proporción de la fe.

Simple en su esencia y variado en sus dones, está íntegro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero él permanece íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar.

Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa; todos disfrutan de él en la medida en que lo requiere la naturaleza de la criatura, pero no en la proporción con que él podría darse.

Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos los vuelve espirituales.

Como los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes cuando reciben un rayo de sol y despiden de ellos mismos como una nueva luz, del mismo modo las almas portadoras del Espíritu Santo se vuelven plenamente espirituales y transmiten la gracia a los demás.

De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios".

(Del libro de San Basilio Magno, obispo, sobre el Espíritu Santo, (Cap. 9, Núms. 22-23: PG 32,107-110)

Oración

Dios omnipotente y misericordioso, te pedimos que nos envíes al Espíritu Santo para que habite en nosotros y nos transforme en templos de su gloria.

5.5.08

Nuestra fortaleza es prestada


La inconstancia de nuestra voluntad nos expone a fracasos continuos en la lucha por ser santos.
Quizás es que no hemos entendido bien lo que significa "luchar por ser santos".

El obstáculo principal para crecer interiormente y tener vida sobrenatural, para ser eficaces apostólicamente no es que tengamos dificultades y fracasemos continuamente. Ni siquiera es un obstáculo los continuos retrocesos por el miedo al sacrificio. En estos casos, no pasa nada, uno puede rehacerse y volver a empezar.

El momento crítico del alma no es cuando la voluntad se doblega (por dificultades, cansancio, o lo que sea), sino cuando se retracta, cuando dice "no quiero". Entoces no hay nada que hacer. Es el "non serviam" que se le vuelve a decir a Dios.

Lo más duro ocurre cuando uno se deja llevar por el desánimo. Todo se pone en tela de juicio. Se duda de todo. Uno se pregunta si no ha sido demasiado presuntuoso, si no se ha ido demasiado lejos, si no nos hemos embarcado en un proyecto que exige unas energías y una perseverancia poco comunes.

Y esto ocurre, muchas veces, porque nuestra confianza en Dios es demasiado mezquina. Nos falta fe.

Siempre se siente la alegría al comenzar una nueva acción. La novedad nos encanta. Pero nuestra voluntad se cansa pronto al tener que repetir una y otra vez la misma tarea monótona.

Cuando desaparece el entusiasmo, aparece la duda.

La virtud de la fortalezaes indispensable para perseverar en nuestro camino cristiano. Y podemos considerarla leyendo el Evangelio y considerando lo que ocurrió a San Pedro.

Jn 13, 37-38 "Yo daré mi vida por Ti", dice Pedro a Jesús.

Pedro se muere de ganas de entregar su vida por Jesucristo. Y, paradójicamente,
ese deseo es lo que le pierde (Mt 26, 31).

Los cuatro evangelistas narran la predicción que hace Jesús a Pedro de que le negaría tres veces.

Pedro tiene un deseo sincero de morir por Jesús. No se puede negar su sinceridad. Pedro tiene un carácter que no le hace ser de las personas que prometen en el aire. Cuando se compromete, se compromete de verdad: "mi vida daré por Ti". No lo decía para quedar bien.

Pedro decía la verdad. Y Jesús también decía la verdad cuando advirtió de que le negaría.

El error de Pedro es que su "promesa" no es al mismo tiempo una "oración" auténtica. Pedro tiene buenos deseos, pero sólo cuenta con sus propias fuerzas para ponerlos en práctica. Su generosidad se queda encerrada en los límites de su debilidad humana. Pedro "presumió" de sus fuerzas.

Jesús le advierte: "Simón, Simón, Satanás os busca para ahecharos como al trigo". Jesús avisa de que el diablo está como un león rugiente, y de que sería zarandeado por la tentación como los granos son agitados en la criba.

Pero Pedro se siente superior a los demás. Pedro se ensalza, y es humillado. Se ve preparado para ir a la muerte con Jesús (Mt 26, 31).

Pedro se deja llevar de un buen sentimiento. Tiene deshecho el corazón ante lo que acaba de oir a Jesús sobre su propia muerte; ha vivido la traición de Judas; ama a Jesús con locura y de verdad. Todo esto le lleva a gritar: "Aunque todos te abandonen, yo no..." Es un hombre de personalidad recia. No quiere hacer lo que la masa.

Las palabras de Pedro son las palabras de un valiente, de un héroe. Como aquellas que pronunciaba un militar a punto de ser ajusticiado en una batalla poco antes de ser acribillado por una bayoneta: "un oficial francés no se rinde". Esta era la actitud de Pedro.

Se siente superior a los demás. Cree que sería más fuerte que todos y resistiría cuando los demás iban a sucumbir. Tenía una confianza presuntuosa en sí mismo. Está tan convencido de él mismo, que duda de Jesús. Este es el gran pecado de Pedro.

Pedro no hubiera dudado de Jesús si hubiera dudado de sí mismo.

Su presunción proviene de su poca humildad y del poco conocimiento propio.

A nosotros nos pasa igual. El pecado que más cometemos es del que nos creemos incapaces.

Evitaríamos el mal y el pecado con más seguridad, si estuviáramos más convencidos de que somos capaces de cometerlo.

San Josemaría estaba convencido de que era capaz de todos los errores y de todos los horrores que pudiera cometer la criatura más vil. Aquí está su fortaleza, porque añadía: "si Dios me deja de su mano".

Pecaríamos menos si estuviáramos realmente convencidos de nuestra poquedad y rezáramos más confiando en el poder de Dios.

Aquí está nuestra fortaleza: en el convencimiento de nuestra flaqueza, que nos hace ser más prudentes y que acudamos a la oración.

"Cuando soy débil, entonces soy fuerte".

"Simón, Yo he rogado por ti, para que no desfallezca tu fe". Jesús rogó para que Pedro se levantara.

Este es el fundamento de la fortaleza cristiana: la oración de Jesús, que ha rogado por nosotros, no para que seamos impecables, sino para que nos levantemos siempre.

Somos fuertes porque Jesús ha rezado y reza por nosotros. En nuestra oración nos unimos a la Suya y nos hacemos fuertes.

Dudamos de nosotros mismos y confiamos en Dios, en la oración de Jesús. Aquí está nuestra fortaleza. Nosotros somos débiles, y cuando nos sentimos débiles, entonces somos fuertes, porque confiamos en Dios.

Jesús no ha pedido para nosotros un valor sobrehumano que no correspondería a nuestra naturaleza; ha pedido al Padre que tengamos el valor suficiente para levantarnos después de cada caída. Nuestras faltas son una desgracia, pero otra desgracia mayor sería que no nos levantáramos. Dios siempre saca bienes de los "males".

En los "momentos terribles", de tentación, de dificultad, nuestra fe tiene que ser operativa. Jesús ha rogado por nosotros para que nuestra fe no desfallezca.

Cuando las tentaciones nos asalten, hemos de pensar que Jesús ha rezado por nosotros, y todo lo podemos en Aquél que nos conforta.

El Señor guarda a su pueblo como a la niña de sus ojos... (Salmo 120).

No tendrán hambre ni sed; no les molestará el sol ni calor alguno. (Ap 7, 16)

"Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te aguarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre
".

Cuando nos unimos a la oración de Jesús, entonces somos realmente fuertes. Nuestra fortaleza es prestada porque es la fortaleza de la gracia, la fortaleza de la oración de Cristo.

"Auxílianos contra el enemigo,
que la ayuda del hombre es inútil.

Con Dios haremos proezas,
él pisoteará a nuestros enemigos" (Salmo 69).

En el Padrenuestro Jesús nos enseña que la fortaleza es prestada: 'no nos dejes caer en la tentación'.

Las tentaciones son pruebas. "Bienaventurdo el varón que soporta la tentación porque, probado, recibirá la corona de la vida" (Santiago 1, 12).

Lc 12, 22. Jesús agradece a los apóstoles ser fuertes en las tentaciones.

Las tentaciones son las dificultades que encontramos, exteriores, y las dificultades para practicar las virtudes. Dios nos hará, en uno y otro caso, fuertes.

Los deseos de amar a Dios, de santidad, de hacer apostolado, tienen que ser al mismo tiempo una "oración", para que sean fecundos, porque nos unimos a esa oración que Jesús hace por nosotros.

Todo lo podemos con Jesús: esto es lo que justifica nuestras ambiciones, porque tenemos una profunda convicción de nuestra insuficiencia, "sin Mi, no podéis hacer nada"...

No podemos decir nunca "no puedo". No hay ninguna tentación que no podamos asociarla a la agonía de Nuestro Señor en Getsemaní. En aquel gigantesco conflicto que tuvo que entablar contra todos los pecados de los hombres, un combate abrumador que bañó su frente de sangre, Nuestro Señor nos alcanzó a cada uno de nosotros una fortaleza capaz de triunfar de todas las solicitaciones del mal.

Jesús cayó en tierra aplastado por el peso de nuestros pecados para facilitar a todos los pecadores que se levanten victoriosamente de sus caídas.

No tenemos excusas para vivir como si Jesús no hubiese padecido por librarnos de nuestros pecados, como si no hubiese luchado como nosotros, por nosotros, con nosotros, a fin de que no sucumbiésemos a la tentación.

Pascal escuchó una vez en su oración: "En ti pensé en mi agonía, derramé tales gotas de sangre por ti".

28.4.08

Para mis viejos amigos...

"Envejecer. Confesárselo uno mismo y decirlo
muy alto, no para oir protestar a los amigos
sino para conformar con ello los gustos y prohibirse
lo que aún la víspera se creía permitido.

Dedicarse en silencio a preparar la marcha,
rezar y hacer un poco de bien en torno a sí;
sin descuidar el cuerpo, ocuparse del alma..."


(Poema anónimo del siglo XVI)