11.6.10

Parábola del sembrador (Lc 8, 4-15)

Dios siembra en nuestro corazón -constantemente- inspiraciones, buenos deseos, propósitos, buenas intenciones... Somos "tierra buena". Tenemos la ilusión de hacer obras buenas.

A esa constancia de Dios respondemos nosotros muchas veces con la inconstancia. Nos desanimamos con frecuencia, pensamos que es imposible alcanzar las metas que nos planteamos...

Siempre habrá en nuestra vida esa lucha -tensión- entre la fuerza del bien y la fuerza del mal. Cada vez que nos proponemos hacer una obra buena de servicio o de generosidad se desata dentro de nosotros la pasión o el vicio que nos dice que no la hagamos, o que hagamos lo contrario. Son las zarzas del camino en las que tantas veces nos quedamos enzarzados.

Para dar buen fruto en nuestra vida sólo necesitamos una cosa: determinación, compromiso... No quedarnos "en el borde del camino". "Los que están en el borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven".

Hay voces seductoras que nos hacen dudar o intentan apartarnos del camino del amor de Dios (cfr. Benedicto XVI, Orar, 6.5, p. 117).

¡Cuantas veces nos situamos en el borde del camino, porque oimos pero no escuchamos! Oímos lo que nos dicen en los medios de formación, pero no escuchamos..., no procuramos poner en práctica lo que nos dicen. Somos inconstantes. Nos falta compromiso. Oímos la Palabra de Dios en misa, pero no la escuchamos...

La palabra compromiso no está de moda. "Excusa propia del hombre frívolo y egoísta: "no me gusta comprometerme en nada" (Camino 539).

Los frívolos no se comprometen nunca. Y los tibios se aprovechan de los dones que reciben de Dios para buscar compensaciones por caminos que nada tienen que ver con el amor a Dios y el servicio a los demás.

¿Por qué si Dios está empeñado en que nosotros seamos tierra fértil que produce buenos frutos, nosotros no damos más? ¿Por qué no hay más y mejores obras de generosidad, alegría, entrega a los demás, servicio desinteresado, apostolado...? ¿Qué clase de tierra hay en nuestra alma?

Quizá somos "terreno pedregoso", porque recibimos la palabra con alegría (las inspiraciones o sugerencias de Dios cuando oramos, los consejos de la dirección espiritual, o de un medio de formación...), pero no tenemos raíz -nos falta compromiso-, y en el momento de la prueba fallamos.

Los que perseveran, los que son constantes -comprometidos- esos son los que dan fruto.

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles” (Bertolt Brecht)



10.6.10

La Cruz de Cristo

Preciosa y vivificante es la cruz de Cristo

De los sermones de san Teodoro Estudita (Sermón sobre la adoración de la cruz: PG 99, 691-694. 695. 698-699)

¡Oh don preciosísimo de la cruz! ¡Qué aspecto tiene más esplendoroso! No contiene, como el árbol del paraíso, el bien y el mal entremezclados, sino que en él todo es hermoso y atractivo, tanto para la vista como para el paladar.

Es un árbol que engendra la vida, sin ocasionar la muerte; que ilumina sin producir sombras; que introduce en el paraíso, sin expulsar a nadie de el; es el madero al que Cristo subió, como rey que monta en su cuadriga, para derrotar al diablo que detentaba el poder de la muerte, y librar al género humano de la esclavitud a que la tenía sometido el diablo.

Este madero, en el que el Señor, cual valiente luchador en el combate, fue herido en sus divinas manos, pies y costado, curó las huellas del pecado y las heridas que el pernicioso dragón había infligido a nuestra naturaleza.

Si al principio un madero nos trajo la muerte, ahora otro madero nos da la vida; entonces fuimos seducidos por el árbol; ahora por el árbol ahuyentamos la antigua serpiente. Nuevos e inesperados cambios: en lugar de la muerte alcanzamos la vida; en lugar de la corrupción, la incorrupción; en lugar del deshonor, la gloria.

No le faltaba, pues, razón al Apóstol para exclamar: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mi, y yo para el mundo. Pues aquella suprema sabiduría, que, por así decir, floreció en la cruz, puso de manifiesto la jactancia y la arrogante estupidez de la sabiduría mundana. El conjunto maravilloso de bienes que provienen de la cruz acabaron con los gérmenes de la malicia y del pecado.

Las figuras y profecías de este leño revelaron, ya desde el principio del mundo, las mayores maravillas. Mira, si no, si tienes deseos de saberlo ¿acaso no se salvó Noé, de la muerte del diluvio, junto con sus hijos y mujeres y con los animales de toda especie, en un frágil madero?

¿Y qué, significó la vara de Moisés? ¿Acaso no fue figura de la cruz? Una vez convirtió el agua en sangre; otra, devoró las serpientes ficticias de los magos; o bien dividió el mar con sus golpes y detuvo las olas, haciendo después que volvieran a su curso, sumergiendo así a los enemigos mientras hacía que se salvara el pueblo de Dios.

De la misma manera fue también figura de la cruz la vara de Aarón, florecida en un solo día para atestiguar quién debía ser el sacerdote legítimo.

Y a ella aludió también Abrahán cuando puso sobre el montón de maderos a su hijo maniatado. Con la cruz sucumbió la muerte, y Adán se vio restituido a la vida. En la cruz se gloriaron todos los apóstoles, en ella se coronaron los mártires y se santificaron los santos. Con la cruz nos revestimos de Cristo y nos despojamos del hombre viejo; fue la cruz la que nos reunió en un solo rebaño, como ovejas de Cristo, y es la cruz la que nos lleva al aprisco celestial.

1.2.10

La Presentación

EVANGELIO DE SAN LUCAS

"Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor" (Lc 2, 22-24).

TEXTOS DE SAN JOSEMARÍA

Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor (Lc., 2, 22). Y esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. —¿Te fijas? Ella —¡la Inmaculada!— se somete a la Ley como si estuviera inmunda.

¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios? ¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! —Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. —Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón.

Un hombre justo y temeroso de Dios, que movido por el Espíritu Santo ha venido al templo —le había sido revelado que no moriría antes de ver al Cristo—, toma en sus brazos al Mesías y le dice: Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa... porque mis ojos han visto al Salvador (Lc., 2, 25-30) (Santo Rosario, 4º misterio gozoso).

La fe católica ha sabido reconocer en María un signo privilegiado del amor de Dios: Dios nos llama ya ahora sus amigos, su gracia obra en nosotros, nos regenera del pecado, nos da las fuerzas para que, entre las debilidades propias de quien aún es polvo y miseria, podamos reflejar de algún modo el rostro de Cristo. No somos sólo náufragos a los que Dios ha prometido salvar, sino que esa salvación obra ya en nosotros. Nuestro trato con Dios no es el de un ciego que ansía la luz pero que gime entre las angustias de la obscuridad, sino el de un hijo que se sabe amado por su Padre (Es Cristo que pasa, 142, 3).

La experiencia del pecado no nos debe, pues, hacer dudar de nuestra misión. Ciertamente nuestros pecados pueden hacer difícil reconocer a Cristo. Por tanto, hemos de enfrentarnos con nuestras propias miserias personales, buscar la purificación. Pero sabiendo que Dios no nos ha prometido la victoria absoluta sobre el mal durante esta vida, sino que nos pide lucha. Sufficit tibi gratia mea (2 Cor 12,9), te basta mi gracia, respondió Dios a Pablo, que solicitaba ser liberado del aguijón que le humillaba (Es Cristo que pasa, 114, 1).

María, Madre nuestra, "auxilium christianorum, refugium peccatorum": intercede ante tu Hijo, para que nos envíe al Espíritu Santo, que despierte en nuestros corazones la decisión de caminar con paso firme y seguro, haciendo sonar en lo más hondo de nuestra alma la llamada que llenó de paz el martirio de uno de los primeros cristianos: "veni ad Patrem", ven, vuelve a tu Padre que te espera (Es Cristo que pasa, 66, 5).

La vocación cristiana es vocación de sacrificio, de penitencia, de expiación. Hemos de reparar por nuestros pecados —¡en cuántas ocasiones habremos vuelto la cara, para no ver a Dios!— y por todos los pecados de los hombres. Hemos de seguir de cerca las pisadas de Cristo: traemos siempre en nuestro cuerpo la mortificación, la abnegación de Cristo, su abatimiento en la Cruz, para que también en nuestros cuerpos se manifieste la vida de Jesús (2 Cor 4, 10). Nuestro camino es de inmolación y, en esta renuncia, encontraremos el "gaudium cum pace", la alegría y la paz (Es Cristo que pasa, 9, 2).

"El laicado europeo: situación y perspectivas"

Madrid, 14 de noviembre de 2004

Excmo. y Rvdmo. D. Stanislaw Rylko, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos

1. Al finalizar este Congreso del apostolado de los laicos resulta ineludible lanzar una mirada sobre Europa. Los cambios epocales que están marcando la idiosincrasia de nuestro continente exigen que la presencia de los cristianos sobrepase los confines de sus respectivos Países, y que su testimonio y su empeño se difundan hasta que su voz resuene en el inmenso areópago de la Europa de hoy. Un espacio repleto de desafíos, como veremos. Precisamente, entre las responsabilidades mayores que afronta el laicado europeo - del que esta relación tratará de describir la situación y las perspectivas - destaca la responsabilidad de ejercer la ciudadanía europea, especificada por la conciencia de la propia identidad de bautizados.

Empezamos pues por trazar un retrato de nuestro continente. ¿Cómo es, qué es la Europa de nuestros días? ¿Cuáles son sus rasgos característicos? La Europa de hoy presenta caras diferentes y bajo algunos aspectos contradictorias. Está la Europa de las grandes ilusiones y las grandes esperanzas de progreso, de libertad y democracia, de bienestar, de solidaridad y de paz. En una palabra, la Europa soñada por sus fundadores como casa común de los pueblos europeos desde el Atlántico hasta los Urales. Y está la otra Europa, la que engendra preocupación y fuerte perplejidad (1). Es la Europa de los nuevos muros divisorios, de democracias cada vez más frágiles, tocadas por una profunda crisis de valores y amenazadas por antiguas y nuevas ideologías, entre las que destaca la ideología del "políticamente correcto". Basada sobre el relativismo nihilista, esta ideología genera una cultura hostil al hombre desde diversos puntos de vista, especialmente en el ámbito del respeto de la dignidad de la persona humana, del derecho a la vida, de la institución familiar, de la libertad educativa. Es la Europa opulenta que está perdiendo su alma; el continente de la "apostasía silenciosa" de una humanidad harta que vive como si Dios no existiese (2), y en el que la secularización asume forma institucional, convertida en un neopaganismo combatiente con dogmas propios y misioneros aguerridos. La cultura dominante de nuestro tiempo ha infiltrado en las mismas instituciones europeas un fuerte prejuicio anticristiano. Lo reconocen incluso observadores que se autodefinen "laicos", uno de los cuales escribe al respecto: «El prejuicio anticristiano es el pórtico de la secularización ya profusamente consumada en Europa. En el espacio público de la Europa secularizada, los cristianos pueden ser tolerados sólo si son "transigentes" con las ideologías dominantes» (3). Tenemos aquí la Europa del pluralismo sin límites y sin brújula, que renegando sus raíces cristianas pierde cada vez más su identidad.

Entonces: ¿Adónde vas Europa? Quo vadis Europa? Esta pregunta se la ponen hoy, con profunda inquietud, muchos ciudadanos europeos. Nos la ponemos también nosotros al final de este Congreso. Y la ponemos aquí, en España, de dónde en el ya lejano 1982 partió aquel grito profético de Juan Pablo II: «Yo Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago de Compostela, grito con amor a ti, antigua Europa: ¡Renueva tus raíces! Vuelve a vivir los valores auténticos que han hecho gloriosa tu historia y fecunda tu presencia en los otros continentes [...]. Tú puedes ser aún faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los otros continentes te miran y esperan de ti la respuesta que Santiago le dio a Cristo: "Lo puedo"» (4). Y, veinte años después, concluido el proceso de cambios radicales desencadenados en Europa por el derrumbamiento de los regímenes comunistas, el Papa - gran profeta de esperanza - no se cansa de repetir: «Europa, que estás comenzando el tercer milenio, "vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces" [...] ¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino a tu favor [...]. ¡Ten confianza! En el Evangelio, que es Jesús, encontrarás la esperanza firme y duradera a la que aspiras [...]. ¡Ten seguridad! ¡El Evangelio de la esperanza no defrauda!» (5) Nace de aquí el motivo que tanto preocupa al Papa y a toda la Iglesia por la omisión de esa referencia a las raíces cristianas en el Tratado constitucional europeo, firmado en Roma el 29 de octubre pasado, porque: «¡Una sociedad que olvida su pasado está expuesta al riesgo de no ser capaz de afrontar su presente y, peor aún, de llegar a ser víctima de su futuro!» (6).

Al finalizar los trabajos del Congreso del apostolado de los laicos, el horizonte que se abre ante vosotros es precisamente éste: Europa como tierra de misión. La nueva evangelización de nuestro continente es una tarea urgente, que debe correr a cargo de los mismos cristianos europeos. Cada uno de ellos debe sentirse interpelado hic et nunc, aquí y ahora. El dramatismo de los tiempos, debe hacer subir a los labios de cada uno las palabras del viejo proverbio:«¿Si yo no, quién en mi lugar? ¿Si ahora no, cuándo?» Escribe el Papa en la Christifideles laici: «Nuevas situaciones, tanto eclesiales, como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso» (7).

2. Sobre el fondo de la Europa de nuestros días, tratemos ahora de delinear otro retrato, el retrato del cristiano laico que tanto la Iglesia en Europa como la misma Europa necesitan con extrema urgencia. ¿Cuáles son los rasgos que deberían caracterizarlo? En mi opinión, son tres los rasgos fundamentales. El primero es una identidad clara y firme. El intento de neutralizar la presencia cristiana en el mundo de hoy pasa por la propuesta de modelos de vida que siembran confusión y extravío también entre los discípulos de Cristo. En muchos la cultura del pensamiento débil genera personalidades frágiles, fragmentadas, incoherentes. El dogma del "políticamente correcto" se convierte en un imperativo absoluto, que contradiciéndose a sí mismo, alimenta un peligroso proceso de homologación. Y, a pesar de sus continuas llamadas a la tolerancia, de hecho no tolera la más mínima diversidad. En la actual sociedad pluralista toda expresión explícita de la propia identidad cristiana viene etiquetada como fundamentalismo o integrismo. Por ello, la fe se convierte en un hecho rigurosamente confinado a la esfera de la vida privada.

Ante esta situación, ¿cómo defender y cómo reforzar nuestra identidad católica en la sociedad posmodema que quiere hacemos "invisibles" en cuanto cristianos, porque somos incómodos? Hoy más que nunca se necesitan cristianos coherentes, con una fuerte conciencia de su vocación y de su misión. Para un cristiano - como el Papa nos recuerda -"ser uno mismo" es fundamental: «El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del "hacer por hacer". Tenemos que resistir a esta tentación, buscando "ser" antes que "hacer"» (8). Hace falta pues redescubrir la esencia del cristianismo: el encuentro personal con Jesucristo. Redescubrir el cristianismo como un acontecimiento real que ocurre hoy en nuestra vida, como ocurrió en la vida de los primeros discípulos. El cristianismo no es una doctrina por aprender, ni tampoco un simple código ético. El cristianismo es una Persona, la persona viva de Cristo que hay que encontrar y acoger en la propia vida. Porque sólo este encuentro cambia realmente la existencia de las personas y da el sentido último y definitivo a nuestro destino. El Papa no deja de recordárnoslo: «No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!» (9).

Para nosotros cristianos ha llegado el momento de reconocer el valor y la belleza de una vocación y de una misión vividas a fondo. Y ha llegado el momento de liberamos de nuestros complejos de inferioridad respecto al mundo así llamado laico, para ser atrevidamente nosotros mismos, discípulos de Cristo. ¡Debemos reapropiamos el significado de nuestra identidad y estar orgullosos de ella! Hace falta por tanto remontar hasta el Bautismo y al cometido que este sacramento tiene en la vida del cristiano. Como Juan Pablo II explica: «No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios» (10). He aquí el punto del que siempre hay que partir: el Bautismo y una verdadera y adecuada iniciación cristiana de los bautizados. Todo el patrimonio genético, por así decir, del cristiano se contiene en este sacramento. «Criatura nueva» (2 Cor 5,17), el bautizado tiene el deber de testimoniar en el mundo la novedad y la belleza de la vida recibida gratuitamente en Cristo. Las riquezas espirituales encerradas en el Bautismo son asombrosas y es nuestra misión tratar de vivirlas en plenitud. Ser santo no significa otra cosa. La santidad es sólo un «"alto grado" de la vida cristiana ordinaria» (11). "Ciertamente, vivir hasta el fondo la propia vocación cristiana no es fácil: requiere la capacidad de elecciones radicales y requiere a menudo el coraje de ir contracorriente y el empeño en una lucha permanente contra la mediocridad que siempre nos acecha. Pero merece la pena apostar por esta aventura espiritual que, única en su género, no decepciona. Ser cristiano significa ser portadores en el mundo de una energía divina asombrosa. No sin motivo, san Leo Magno exhortaba: «¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad!» (Sermo XXI, 3). No sin motivo, durante el Jubileo del apostolado de los laicos del año 2000 el Papa decía: «Si sois lo que debéis ser, es decir, si vivís el cristianismo sin componendas, podréis incendiar el mundo» (12) No necesitamos otra cosa...

3. Volvamos a nuestro retrato del cristiano laico. La segunda peculiaridad que debería caracterizarlo - estrechamente unida a la anterior - es la audacia de una presencia visible e incisiva en la sociedad; la audacia de ser verdaderamente «levadura evangélica», «sal y luz» del mundo. En no pocos Países europeos, incluso en aquellos de antigua tradición cristiana, nosotros los cristianos estamos convirtiéndonos en una minoría. Pero un conocido escritor católico italiano advierte que no es este nuestro verdadero problema. Nuestro verdadero problema, dice Vittorio Messori, no es ser minoritarios sino haber llegado a ser marginales, irrelevantes. La sal en las comidas es minoritaria, pero da sabor; la levadura en la masa es minoritaria, pero hace fermentar. Por falta de coraje y por nuestra mediocridad, nosotros los cristianos llegamos a ser cada día más insignificantes e inútiles: una sal que ya no da sabor, una levadura que no fermenta, una luz apagada (13). Cristo sigue diciendo a cada generación de cristianos, y por tanto también a la nuestra: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? [...] Vosotros sois la luz del mundo [...] Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 13-16). Pero un conformismo seductor, dictado por la cultura dominante, nos ha domesticado y nos hemos vuelto sosos, apagados, invisibles. Hoy se podría incluso llegar a afirmar que esta irrelevancia es la condición sine qua non para que la sociedad soporte la presencia de los católicos en la vida pública y política. Así, el ejercicio de la tolerancia, principio portaestandarte del mundo "políticamente correcto", está también regulado por pesos y medidas diferentes. A este propósito escribe el cardenal Joseph Ratzinger: «Pienso que podría llegarse a una situación en la que haga falta oponer resistencia; resistencia a una dictadura de tolerancia aparente que intenta poner fuera de juego el escándalo de la fe, liquidándolo como intolerante. Sale así a relucir la intolerancia de los "tolerantes". Pero la fe no busca el conflicto, busca un espacio de libertad y de tolerancia recíproca» (14).

Los cristianos, al igual que los demás, tienen derecho a participar activamente en la vida pública y en los debates culturales, económicos y políticos que les conciernen como ciudadanos, y tienen el derecho de ocupar puestos institucionales. Desgraciadamente en los últimos tiempos se van difundiendo en Europa ideas que ponen en peligro, bajo diversos aspectos, el efectivo ejercicio de la libertad religiosa. El Papa ha tratado este argumento en muchas ocasiones, especialmente en el contexto del reciente debate sobre el Tratado constitucional europeo y sobre la laicidad del Estado, pronunciando palabras muy fuertes y decididas: «Se invoca a menudo el principio de la laicidad, de por sí legítimo, si se entiende como la distinción entre la comunidad política y las religiones [...]. Sin embargo, ¡distinción no quiere decir ignorancia! ¡Laicidad no es laicismo! Es únicamente el respeto de todas las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la nación». (15) El debate sobre las raíces cristianas de Europa ha puesto en toda su evidencia una preocupante cerrazón ideológica de las instituciones comunitarias frente al hecho religioso y especialmente frente al cristianismo; un síntoma que no puede dejar de suscitar en nosotros una profunda preocupación.

Es este, a grandes líneas, el contexto socio-cultural en el que hoy nos llega también la voz de Cristo: «Vosotros sois la sal de la tierra [...]. Vosotros sois la luz del mundo». La fe no es una cuestión privada. Los discípulos de Cristo tienen una misión precisa que cumplir en el mundo, en el que son llamados a cuidar y hacerse cargo del hombre, de su dignidad, de su verdad integral. No es una tarea fácil. Se requiere una conciencia moral recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia. Porque, la transformación del mundo y de sus estructuras o pasa a través de las conciencias o se reduce a cambios superficiales y efímeros. Se necesita el coraje de una presencia visible e incisiva, el coraje de ser "signo de contradicción" en el mundo. Desgraciadamente, hoy, aumenta el número de los cristianos que viven por así decir un cristianismo "anagráfico" o condicional y limitativo. Son aquellos cuyo nombre duerme en el registro de los bautizados y basta. Y son aquellos que a menudo escuchamos decir: "Soy católico, pero...", "Soy creyente, pero...". Frecuentemente nosotros los cristianos corremos tras los dictados de la cultura dominante, imitando los discursos de este mundo y olvidando quiénes somos. Varias veces, en los últimos tiempos el Papa ha vuelto a animar los católicos a participar activamente en la vida pública de sus propios países, aportando el empuje profetice del Evangelio y toda su frescura creativa. Los cristianos pueden ser los artífices del proyecto de un mundo que corresponda verdaderamente a la dignidad de la persona humana y a su vocación trascendente. Y pueden ser verdaderos "pioneros" de la modernidad (16). Es importante que conozcan la doctrina social de la Iglesia y se inspiren constantemente en sus principios porque, como ha escrito Juan Pablo II: «Para la Iglesia enseñar y difundir la doctrina social pertenece a su misión evangelizadora y forma parte esencial del mensaje cristiano» (17). En este sentido, la reciente publicación del "Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia" (18) es una importante ayuda tanto para los Pastores como para los fieles laicos. En este inicio de milenio, los cristianos debemos despertarnos del letargo de la superficialidad, de la distracción y de la indiferencia. Debemos contemplar el coraje de los confesores de la fe. Debemos recuperar la certeza de la fe en Jesucristo. Un coraje y una certeza basadas en la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

4. La tercera y última peculiaridad del retrato del cristiano laico que estamos delineando es el sentido de la pertenencia eclesial. ¿Por qué es esta característica tan importante? La vida moderna nos hace experimentar y, a veces, nos impone compromisos de todo tipo, connotados por la parcialidad, la superficialidad, y no raramente antitéticos. El resultado son los casos cada vez más frecuentes de fragmentación, e incluso de desintegración de las personalidades y de crisis dramáticas de identidad. El hombre de hoy, obligado a jugar muchos papeles diferentes y a menudo incompatibles, al final se desorienta y no sabe ya quién es. Este riesgo lo corren también aquellos cristianos a quienes falta un punto firme de referencia, el sentido de una pertenencia fuerte y "totalizante", capaz de unificar todas las dimensiones de la vida y de darle un sentido completo. Uno de los desafíos que la sociedad posmodema lanza a la Iglesia es precisamente éste: cómo fomentar en los cristianos el sentido de la pertenencia eclesial, premisa indispensable para todo proceso de educación y formación en la fe. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «"Creer" es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe» (19).

En este contexto, ¿cómo no hacer referencia a la "nueva época asociativa" de los fieles laicos, verdadero don del Espíritu Santo a la Iglesia de hoy? Juan Pablo II la indica como uno de los signos más prometedores de la "primavera cristiana", nacida del Concilio Vaticano II a través de su eclesiología y su teología del laicado (20). Las asociaciones laicales, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son de importancia vital para la Iglesia en los albores del nuevo milenio, pues suscitan en muchos laicos un fuerte sentido de pertenencia eclesial. Desde este punto de vista, estamos viviendo en la Iglesia un verdadero kairos particular. Vienen a la mente las palabras del Profeta: «He aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis? Sí, pongo en el desierto un camino, ríos en el páramo» (Is 43,19). Esta nueva época asociativa de los fieles laicos no hay que verla por tanto como un problema, sino como un don y como una oportunidad pastoral para las mismas parroquias, que continúan «conservando y ejerciendo su misión indispensable y de gran actualidad en el ámbito pastoral y eclesial» (21).

El Papa, grande e incansable promotor de esta "nueva época asociativa", reclama el renacimiento y el crecimiento de beneméritas asociaciones laicales presentes en la Iglesia desde antaño, como la Acción Católica: «Acción católica, ¡no tengas miedo! Perteneces a la Iglesia y te ama el Señor, que guía siempre tus pasos hacia la novedad jamás descontada y jamás superada del Evangelio» (22). Y al mismo tiempo sigue con amor paternal los carismas que el Espíritu Santo no deja de prodigar con generosidad también a la Iglesia de nuestros días. ¿Cómo no recordar en este momento las vibrantes palabras del Papa a los participantes al inolvidable encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades en la Plaza de San Pedro en 1998? «En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios - decía Juan Pablo II en aquella ocasión -, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se advierte entonces con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conocedoras de su propia identidad bautismal, de su propia vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y he aquí ahora, los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales. Ellos son una respuesta suscitada por el Espíritu Santo a este dramático desafío del fin del milenio. ¡Ellos son, vosotros sois, esta respuesta providencial!» (23) Aquí merece la pena destacar como gran parte de los nuevos movimientos eclesiásticos han nacido precisamente en Europa, signo evidente de la vitalidad de la Iglesia en nuestro continente. Las asociaciones, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son verdaderos "laboratorios de la fe", escuelas de santidad y de comunión, escuelas de fuerte pertenencia eclesial, es decir de una pertenencia que marca la vida.

5. El retrato del laico cristiano europeo que hemos intentado trazar no es un ideal inalcanzable o una utopía. En nuestra vieja Europa hay muchos cristianos que han propuesto como programa de sus vidas estas prerrogativas apenas bosquejadas y son por ello felices. Ciertamente, ¡se necesitan muchos más! «¡La mies es mucha y los obreros pocos! Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,38). Europa tiene necesidad de muchos y auténticos confesores de la fe.

Cuando se habla de confesores de la fe, el pensamiento vuela espontáneamente a tantos mártires que con su sangre han dado particular fecundidad espiritual al anuncio cristiano también en el continente europeo: «La sangre de los mártires es la semilla de los confesores», dice Tertuliano (24). Juan Pablo II nos lo ha recordado con ocasión del Gran Jubileo del año 2000: «En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi «militi ignoti» de la gran causa de Dios. [...] no debe perderse en la Iglesia su testimonio» (25). Pensamos en las listas de víctimas causadas por las persecuciones religiosas perpetradas en el siglo veinte por las inhumanas ideologías ateas del comunismo y el nazismo, tanto en el Este como en el Oeste. Y pensamos en los mártires de esta tierra de España. Debemos recordarlos. Y debemos medirnos con su ejemplo, aunque no sea fácil. Porque los mártires de ayer interpelan nuestro modo de ser cristianos hoy; quizás demasiado cómodo, demasiado diluido, demasiado condescendiente con las tendencias de la modernidad. Ellos nos interpelan sobre el uso que hacemos del don de la libertad. "Semilla de confesores", los mártires son en la Iglesia un manantial vivo de renacimiento espiritual y «la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza» (26).

Juan Pablo II, gran profeta de esperanza en nuestros días, sigue infundiéndonos ánimo: «¡Iglesia en Europa, te espera la tarea de la "nueva evangelización"! Recobra el entusiasmo del anuncio [...] El anuncio de Jesús, que es el Evangelio de la esperanza, sea tu honra y tu razón de ser. Continúa con renovado ardor en el mismo espíritu misionero que, a lo largo de estos veinte siglos y comenzando desde la predicación de los apóstoles Pedro y Pablo, ha animado a tantos Santos y Santas, auténticos evangelizadores del continente europeo» (27).

Quiera el Señor que este Congreso marque un hito en la vida de muchos cristianos laicos españoles y que los empuje a un continuo descubrimiento del valor y de la belleza de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. «Duc in altum! ¡Caminemos con esperanza!»(28).


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NOTAS

1.- Un atento observador la describe con este lucidísimo análisis: «Caído el totalitarismo comunista, otro espectro incumbe sobre Europa: el totalitarismo democrático. Mientras avanza y se extiende la integración de los pueblos en la "familia" de Europa, progresa en sentido inverso la desintegración de la persona, que cada vez encuentra más dificultad en relacionarse con los demás. La Europa nacida en la mente y el corazón de tres grandes europeos, navega ahora en un "pluralismo sin fronteras", expuesta a todos los vientos, dispuesta a venderse al menor postor. "Nunca la diversidad ha sido una culpa tan espantosa como en este período de tolerancia" (Pasolini). El atractivo de un "futuro luminoso" se consuma en el atractivo del vacío» (Editoriale, "La Nuova Europa" [2004] pág. 2).

2.- Cfr JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, n. 9.

3.- A. PANEBIANCO, Europa, giudizi e pregiudizi, "Corriere della Sera", 16 de octubre de 2004, pág. 1. El mismo autor añade: «La prueba definitiva de la raigambre de este prejuicio anticristiano mayoritario ha sido el rechazo de introducir una referencia a las raíces cristianas en el preámbulo de identidad del Tratado constitucional europeo [...] En nombre de sus (nuevos) prejuicios, Europa ha llegado al colmo de borrar una historia bimilenaria y de fingirse nacida ayer (con la Ilustración y la Revolución francesa). Sin comprender que renegar de la propia historia conlleva el rechazo de su identidad creíble. La laicidad de las instituciones europeas no habría sido comprometida por aquella referencia, y en cambio habría sido respetada la verdad histórica, sin la cual nunca se puede aspirar a una identidad seria».

4.- JUAN PABLO II, Atto europeistico, "La traccia" II (1982), 1337/X.

5.- JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, nn. 120-121.

6.- JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el seminario organizado por la fundación "Robert Schuman "para la cooperación de los demócratas cristianos de Europa (7 de noviembre de 2003), n. 2.

7.- JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 3.

8.- JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millenio ineunte, n. 15.

9.- Ibidem, n. 29.

10.- JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 10.

11.- JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millenio ineunte, n. 31.

12.- JUAN PABLO II, Homilía en la solemnidad de Cristo Rey. Jubileo del apostolado de los laicos (26 de noviembre de 2000), n. 5.

13.- Cfr V. MESSORI, Confessori della fede nel nostro tempo, in: Riscoprire la Confermazione, Pontificium Consilium pro Laicis, Cittá del Vaticano 2000, pág. 22.

14.- J. RATZINGER, Dio e U mondo, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo 2001, pág. 415.

15.- JUAN PABLO II, Discurso al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede (12 de enero de 2004), n. 3.

16.- Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje a los participantes en la 44ª Semana Social de los Católicos Italianos, "L' 0sservatore Romano", 9 de octubre de 2004, pág. 4.

17.- JUAN PABLO II, Carta encíclica Centesimus annus, n. 5.

18.- CONSEJO PONTIFICIO DE LA JUSTICIA Y DE LA PAZ, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Librería Editrice Vaticana, Cittá del Vaticano 2004.

19.- Catecismo de la Iglesia Católica, n. 181.

20.- Cfr. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici, n. 29.

21.- JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, n. 15.

22.- JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en la IX Asamblea nacional de la Acción Católica Italiana (26 de abril 2002), n. 4.

23.- JUAN PABLO II, Discurso con motivo del Encuentro de los Movimientos eclesiales y de las nuevas Comunidades (30 de mayo de 1998). "L' 0sservatore Romano", 1-2 junio 1998, pág. 6.

24.- «Sanguis martyrum, semen christianorum» (Apol., 50, 13: CCL I, 171).

25.- JUAN PABLO II, Carta apostólica Tertio millennio adveniente, n. 37.

26.- JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, n. 13.

27.- Ibidem, n. 45.

28.- JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millenio ineunte, n. 58.

14.12.09

Obras son amores

Mt 21, 28-32

“16 de febrero de 1932: + Hace unos días que estoy bastante acatarrado, y eso era ocasión para que mi falta de generosidad con mi Dios se manifestara, aflojando en la oración y en las mil pequeñas cosas que un niño —y más un niño burro— puede ofrecer a su Señor cada día. Yo me venía dando cuenta de esto y de que daba largas a ciertos propósitos de emplear mayor interés y tiempo en las prácticas de piedad, pero me tranquilizaba con el pensamiento: más adelante, cuando estés fuerte, cuando se arregle mejor la situación económica de los tuyos... ¡entonces! —Y hoy, después de dar la sagrada Comunión a las monjas, antes de la santa Misa, le dije a Jesús lo que tantas y tantas veces le digo de día y de noche: [...] “te amo más que éstas”.

Inmediatamente, entendí sin palabras: “obras son amores y no buenas razones”. Al momento vi con claridad lo poco generoso que soy, viniendo a mi memoria muchos detalles, insospechados, a los que no daba importancia, que me hicieron comprender con mucho relieve esa falta de generosidad mía. ¡Oh, Jesús! Ayúdame, para que tu borrico sea ampliamente generoso. ¡Obras, obras!”.

“Hay momentos —anota el 24/XI/32— en que —privado de aquella unión con Dios, que me daba continua oración, aun durmiendo— parece que forcejeo con la Voluntad de Dios. Es flaqueza, Señor y Padre mío, bien lo sabes: amo la Cruz, la falta de tantas cosas que todo el mundo juzga necesarias, los obstáculos para emprender la O..., mi pequeñez misma y mi miseria espiritual”.
¿No era una divina locura emprender la conquista del mundo entero sin medios materiales? y, escribiendo esta catalina, miraba en derredor de su ingrato cuartucho de la calle Viriato, que le traía a la mente el lugar donde se engendró el “Quijote”. («Una cárcel —dice Cervantes— donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación»). Porque, ¿qué valía él, Señor?:

“Nada, ante la maravilla que supone este hecho: un instrumento pobrísimo y pecador, planeando, con tu inspiración, la conquista del mundo entero para su Dios, desde el maravilloso observatorio de un cuarto interior de una casa modesta, donde toda incomodidad material tiene su asiento”. “Fiat, adimpleatur. Amo tu Voluntad [...], seguro —soy tu hijo— de que la O. surgirá pronto y conforme a tus inspiraciones. Amen. Amen”.

El 16 de febrero de 1933 hacía un año de la locución en el comulgatorio de Santa Isabel. Dios mío —exclamaba don Josemaría ante el recuerdo—: “¡cuánto me duele aquel obras son amores y no buenas razones!” Se sabía, y se sentía, privilegiadamente en manos del Señor, en oración continua de día y noche (dádiva que se prologó durante toda su vida), salvo cuando el Señor interrumpía, momentáneamente, esa gracia. Experimentaba entonces el peso muerto de su voluntad: Enseguida se le presentó otra ocasión muy particular de mostrar su fidelidad absoluta a los planes de Dios. A los dos años de atropellos y persecución descarada de la Iglesia, empezaron a reaccionar los católicos españoles. Don Ángel Herrera, hasta entonces director de “El Debate”, el más influyente diario católico, proyectaba crear un centro de formación de sacerdotes, de donde saldrían los futuros consiliarios de la Acción Católica Española. Era don Ángel el Presidente de la Acción Católica, y buscaba sacerdotes de prestigio para dirigir almas. Don Pedro Cantero le habló de don Josemaría, a quien el presidente expuso sus planes sobre la Casa del Consiliario. Con el fin de darle tiempo para pensar sobre el asunto, quedaron citados de nuevo para el 11 de febrero. De la charla hizo el siguiente resumen:

“Me ha ofrecido el Sr. Herrera la formación espiritual de los Srs. Sacerdotes seleccionados por los Ilmos. Prelados españoles que se reunirán a vivir en comunidad en Madrid (en la parroquia de Vallecas), a fin de recibir aquella formación y lo social, que les dará un Padre Jesuita (me dijo el nombre: no me acuerdo). Le he dicho que ese cargo no era para mí: porque eso no es ocultarse y desaparecer. ¡Qué misericordia la de Dios, al poner en mis manos un cargo así! ¡En mis manos, que no han recibido —puedo decir— jamás ni el último nombramiento eclesiástico!”
“El asombro de don Ángel fue, probablemente, mayor que el de don Pedro Poveda el día que don Josemaría le dejó colgado el ofrecimiento de Capellán Honorario de la Casa Real. Aquel cargo en la Acción Católica no era un simple gaje honorífico sino poner en sus manos la dirección espiritual de un grupo de almas selectas, y reconocer sus dotes personales ante la Jerarquía española”.
Terminados los trabajos de reestructuración, el Padre fijó la fiesta del 14 de febrero de 1963 como día para la inauguración de la nueva sede. A las cinco y media de la tarde celebró misa después de consagrado el altar. Al punto de repartir la Comunión se agolparon, sin duda, en su mente recuerdos de la residencia de Ferraz y del Patronato de Santa Isabel, porque éstas fueron las primeras palabras que le vinieron a la boca antes de dar la Comunión a sus hijas:

“Con vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado.
Hijas, ante Nuestro Señor Sacramentado, y ante la Madre Santísima del Señor, que es nuestra Madre, siento el agradecimiento de la primera vez que pusimos un sagrario; de la primera vez que le dijimos al Señor, con palabras de los discípulos de Emaús: quédate con nosotros porque sin Ti se hace de noche.
Quiero deciros —en pocas palabras— que sintáis en vuestro corazón, también vosotras, grandes fervores, gran entusiasmo; entusiasmo que se ha de manifestar en obras, porque obras son amores y no buenas razones. [...]
No defraudéis a Dios Nuestro Señor.
No defraudéis a su Madre bendita.
No me defraudéis a mí, que he puesto en esta casa tanta ilusión, tanto cariño y tanta confianza”.

12.11.09

Confirmación (sesión para padres)

La Confirmación, un camino hacia la madurez cristiana.
Objetivos de la sesión:
1. Sensibilizar a las familias sobre la importancia de la Confirmación.
“Es manifiesto que en la vida corporal constituye cierta perfección especial el hecho de que el hombre alcance la edad perfecta, de suerte que pueda realizar las acciones que corresponden al hombre perfecto. Y por eso, además de la generación, por la cual se recibe la vida corporal, existe el crecimiento y el aumento, por el que se alcanza la edad perfecta. Esto mismo ocurre en la vida espiritual: el hombre recibe la vida por el bautismo, que es una espiritual regeneración; y en la confirmación recibe como la edad perfecta en la vida espiritual. Y por ello es claro y manifiesto que la confirmación es un sacramento especial” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 3, q. 72, a. l).
“El don propio de la confirmación —además de los efectos comunes con los demás sacramentos— es perfeccionar la gracia bautismal. Quienes han sido hechos cristianos por el bautismo son aún como niños recién nacidos (cfr. Pdr 2, 2), tiernos y delicados. Con el sacramento de la confirmación se robustecen contra todos los posibles asaltos de la carne, del demonio y del mundo, y su alma se vigoriza en la fe para profesar y confesar valientemente el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. De ahí el nombre de confirmación” (Catecismo Romano, P. II, c. 2, n. 20).
La gracia de Dios es liberadora: cura iluminando la inteligencia y fortaleciendo la voluntad. Es una ayuda para forjar el carácter, afinar la conciencia, decidir con responsabilidad (notas distintivas de una personalidad madura y una conducta recta).
“Por el sacramento de la confirmación se da al hombre potestad espiritual para ciertas acciones sagradas distintas de las que ya recibió potestad en el bautismo. Porque en el bautismo recibe la potestad para realizar aquellas cosas que pertenecen a la propia salvación en el orden puramente individual; pero en la confirmación recibe la potestad para realizar las cosas relativas a la lucha espiritual contra los enemigos de la fe. Como aparece claro en el caso de los apóstoles, quienes, antes de recibir la plenitud del Espíritu Santo, estaban encerrados en el cenáculo perseverando en la oración (Hech 1, 13-14), y cuando salieron de allí no se avergonzaron de confesar públicamente la fe, incluso contra los enemigos de la misma” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, 3, q. 72, a. 5).
2. Comprender la Confirmación como un nuevo punto de partida en la vida cristiana.

a. Recibir el sacramento de la Confirmación supone aceptar unos ideales (cristianos) y comprometerse con ellos (unas “ideas madres”, que como principios operativos facilitan pensar de modo correcto y actuar con seguridad y coherencia: ser “personas de criterio” que saben muy bien lo que quieren y adonde van).

i. Medios (I): Profundizar en las verdades de la fe mediante la lectura y la reflexión, para dar razón de nuestros actos y explicar el porqué de nuestras convicciones.
ii. Medios (II): Afianzar una sólida vida de piedad (relación personal con Dios).

3. Vivir la Confirmación como un “acontecimiento familiar”.

a. La catequesis más importante se recibe en la familia.
“La madre nutricia de la educación [cristiana] es ante todo la familia: en ella los hijos, en un clima de amor, aprenden juntos con mayor facilidad la recta jerarquía de las cosas, al mismo tiempo que se imprimen de modo como natural en el alma de los adolescentes formas probadas de cultura a medida que van creciendo” (Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, n. 61).
b. Con la Confirmación se adquiere un compromiso firme, estable y definitivo. Es un momento decisivo en la vida cristiana porque se asume una responsabilidad y es preciso mantenerse fieles a lo prometido, aunque suponga sacrificio. Por madurez, no se puede jugar con lo que se promete (la persona madura es consciente de que sólo con sacrificio y olvido de sí se puede cumplir con fidelidad lo que se promete). Las tentaciones contra la fidelidad siempre están al acecho.

4. Algunos valores y enseñanzas que se pueden aprender en la familia con motivo de la Confirmación.

1. La Confirmación supone asumir como propia una responsabilidad: vivir los compromisos de la vida cristiana (cumplir los mandamientos, conocer las enseñanzas del Magisterio, esforzarse por practicar las virtudes).

2. Los compromisos se han de mantener, aun a sabiendas de que más de una vez pueden suponer sacrificio y esfuerzo.

3. Responder en conciencia a lo prometido. Enseñar a hacer oídos sordos a la presión del ambiente, a los consejos o puntos de vista de quienes traten de disuadirnos de un compromiso fiel.

4. Educar los sentimientos, para potenciar la responsabilidad y hacer operativo lo que se prometió. Encauzar bien los sentimientos es indispensable para madurar y atinar en las decisiones.

Sansueña, noviembre de 2009.

9.11.09

Aprovechamiento del tiempo

Parábola de los talentos (Mt 25, 14-30) y de los trabajadores ociosos (Mt 20, 1-16). “Negociad mientras vengo”: hemos recibido de Dios unos dones para hacerlos fructificar durante un periodo limitado de tiempo.
"Hay dos virtudes humanas -la laboriosidad y la diligencia-, que se confunden en una sola: en el empeño por sacar partido a los talentos que cada uno ha recibido de Dios. Son virtudes porque inducen a acabar las cosas bien" (Amigos de Dios, 81).
Nuestra condición de criaturas significa que no somos dueños absolutos de nuestro tiempo: ni nuestro comienzo ni nuestro fin está en nuestras manos. Nuestras vidas están medidas por el tiempo durante el cual podemos merecer. El tiempo es nuestro tesoro, el “dinero” para comprar la eternidad (Surco, n. 882). El tiempo es gloria (Camino, n. 355).
"Subrayaba, como he apuntado antes, la necesidad de amar al Señor en todas las circunstancias: llenar el tiempo, hijos míos, no es aprovechar el tiempo. Muchas veces nos pueden decir: ¡cuánto has trabajado hoy! Y, sin embargo, tenemos conciencia plena de que aquel día sólo hemos llenado el tiempo, sin aprovecharlo para Dios, porque nos ha faltado la finura de amor con que debíamos haberle ofrecido toda esa jornada. Exhortaba a realizar el trabajo acabadamente por amor a Dios y pensando en Él. En 1966 nos aconsejaba: a Dios no se le puede dar una cosa mal hecha. Dentro de nuestras debilidades personales, hemos de procurar hacer lo mejor posible todo lo que esté en nuestras manos. Este es el gran secreto divino para dar sentido sobrenatural y eficacia a nuestra vida corriente" (Memoria del Beato Josemaría).
Brevedad del tiempo sobre todo si consideramos la inmensa tarea que tenemos por delante: santificación personal y santificar todos los ambientes.
No desaprovechar ninguna ocasión...
Tengamos prisa en amar y no nos cansemos de hacer el bien... Mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos (Ga 6, 9-10).
La entrega a Dios se concreta cada día en la entrega del tiempo: Suelo repetir que nuestra entrega es total, y que deseamos dárselo todo a Dios, hasta el último segundo de cada día, porque no es nuestro (Crónica, X-1973, p. 903). Para eso pregúntate muchas veces al día: ¿hago en este momento lo que debo hacer? (Camino, n. 772).
Para que nuestro tiempo sea fecundo hemos de procurar corresponder a las gracias actuales que Dios nos concede para cada día: Hodie et nunc! Esas gracias se pierden si no correspondemos con generosidad y se retarda nuestra santificación y la de los demás. “Pórtate bien ahora”, sin acordarte de “ayer”, que ya pasó, y sin preocuparte de “mañana”, que no sabes si llegará para ti (Camino, n. 253).
No dejes tu trabajo para mañana (Camino, n. 15). Y menos, el trabajo apostólico. Los retrasos son irrecuperables.
¿Quieres de verdad ser santo? –Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces (Camino, n. 815).
Dios nos va dando gracias actuales en la medida que respondemos. Si no respondemos, se corta el flujo. Cuando luchamos, resulta que las cosas cuestan menos.

29.10.09

Steve Jobs en la graduación de Stanford en 2005

Dolor y consuelo

“¡Lo único que sé de mí es que sufro…!”, dice el alma desconsolada. Duns Scoto evocaba la desolación humana en aquel “la persona es la última soledad” que quiere ser escuchada, que solicita respuesta. Como decía Juan Bautista Torelló (Psicología y vida espiritual), necesita consoladores, no simple consuelo. Es decir, no solo requiere “solatio” (solaz, alivio, pensar cosas bonitas) sino “consolatio” (alivio-comunión, alguien que le abrace), como dice el Salmo 63: “el dolor me rompe el corazón, estoy desesperado. Busco un consolador y no lo hallo”, por eso quien sufre sumido en la tristeza no busca sermones ni palabras, sino que necesita la compañía y abnegación del amigo, la dimensión femenina de llorar juntos: “bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt 5,5), y el que no tiene quien esté a su lado dirá aquello de “he llorado mucho por la noche, porque mi consolador está lejos de mí” (Jer 1,16).

No todos los amigos saben consolar bien, como con los de Job: “sois todos unos consoladores pelmazos” (Job 16,2). Recuerdo un sacerdote muy bueno agonizando, contento de estar acompañado, y yo veía a unos parientes que le hablaban deseosos de preguntarle: “¿estás bien?, ¿cómo te encuentras?, ¿deseas algo?” y al final el moribundo dijo: “sí, ¡que os calléis!” Quería compañía, pero que no le agobiaran, morir tranquilo… él tenía el consuelo de Dios: “Yo, yo mismo os consolaré. Transformaré vuestra tristeza en alegría… El Señor dice: Os llevaré en brazos y jugaréis sobre mis rodillas. Como una madre consuela a sus hijos, así os consolaré yo” (Is 65,11-13). Es difícil esta simpatía, que no consiste en dar al otro lo que le gusta sino lo que le conviene, no es sensiblería sino contacto y distancia a la vez, com-padecer tiene esa comunión evangélica de “si un miembro sufre, todos sufren; si un miembro se alegra, todos se alegran con él” (1 Cor 12,26) y ahondando en ello sigue san Pablo: “Cristo es quien nos consuela en toda tribulación… sabedores de que, así como participáisteis en nuestros padecimientos, así también participaréis en los consuelos” (2 Cor 1,3-7). Comenta Torelló: “Cristo conforta pues, no sólo porque por ser verdadero Dios conoce al yo individual que sufre en su soledad, ni porque Él haya dado respuesta a la pregunta sobre el sentido del dolor, sino porque Él mismo es la respuesta a todos los interrogantes del hombre. Cristo no ha resuelto el misterio, sino que lo ha hecho precisamente más profundo y mayor: Mysterium Crucis.” La gran paradoja que decía Juan Pablo II, más allá de toda razón según san Pablo, que resplandece en la noche pascual, pues Cristo venció a la muerte, pero sigue de algún modo sufriendo en cada sufriente, Jesús está queriendo consolar a cada persona que sufre, sufrir con ella. Y esto no se queda en palabras, como descubrió aquella persona: "Hoy comprendo lo que es amar la cruz: acabo de ver a Cristo clavado en mi cruz, ahora cuando sufro, sufro abrazada a Él!"

Y nosotros hemos de llevar el consuelo que necesita quien pasa por momentos de dolor. No hay técnicas generales, pues nada peor que “despachar” a esas personas con estereotipos, frases hechas, como si fueran niños o idiotas… “se necesita decisión y presencia de ánimo, no para ‘exigir’ sino para despertar posibilidades adormecidas, fuerzas amodorradas, libertades y esperanzas inhibidas…”

La manera mejor de salir de la espiral del dolor, cuando no se puede curar, es trascenderlo: cuando se sufre por una persona, cuando se pasa de aguantar a aceptar, cuando se pasa al ofrecimiento, a la vida como donación y sacrificio, y entonces ya no es algo impuesto el dolor sino libre, como Jesús que da la vida (la penitencia por ejemplo es expiación querida, a diferencia del castigo que es expiación impuesta).

La esencia del sacrificio no es el dolor, sino el amor, no somos masoquistas… así “Cristo nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos consolar a otros en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Cor 1,4).

Llucià Pou Sabaté