25.1.08

Tranquilízate que pronto se pasará

Una tarde de febrero de hace siete años, en el consultorio de un radiólogo de Ragusa, me enteré de que mi hija Serenella, de dieciséis años, tenía un tumor en las costillas. La noticia me dejó trastornada y se me clavó una espada en el pecho. Después vino el viaje al Rizzoli de Bolonia, mi terror al verme rodeada de muchachos con el pelo caído que estaban haciéndose radioterapia, las terribles noches en la habitación del hotel, noches en las que me hundía en un túnel negro, aunque dejase siempre la luz encendida.

Y todo esto vivido sin Dios. Durante largos años yo había vivido teniendo por lema las palabras que mi paisano Pirandello pone en labios de la Verdad: «Para mí, yo soy lo que la gente piensa que soy». Esta frase me la había repetido una y otra vez para paladearla y hacerla mía; con ella saboreé el embrujo de la duda y la convertí en el compendio de mis razonamientos sobre el sentido de la vida.

La mañana siguiente a la operación me desperté muy temprano, oí los quejidos de Serenella y me di cuenta de que habían sido sus quejidos los que habían interrumpido mi sueño; salté de la cama y corrí a su lado: estaba aún inmóvil, apoyada en un montón de almohadas y atravesada por una miríada de tubos. Le di un beso, le arreglé el pelo y reanudamos la conversación con los ojos y con gestos, porque la sonda que tenía en la nariz no la dejaba hablar bien. Pero por la noche la situación cambió de golpe: se intensificaron los dolores y las molestias debidas a los tubos y a la postura en que tenía que estar. Lloraba y gritaba. «Tranquilízate, Seré -le decíamos-, que pronto se pasará. Cada hora que pasa es un alivio y te irás poniendo mejor». «¡No habléis! ¡No digáis nada! ¡Sufro demasiado! ¡Me quiero morir, me quiero morir!»

No esperábamos una crisis asi. ¿Qué podíamos hacer, cómo consolarla? No encontrábamos palabras para calmarla. Para su llanto y su aflicción de nada servían nuestras palabras, y todos nuestros esfuerzos por consolarla sólo servían para disgustarla más. Como si su dolor estuviese demasiado lejano para podernos acercar a él de alguna forma: un dolor, no sólo intenso, sino de una naturaleza distinta. Entonces pensé que a las personas que están para morir o que están sufriendo mucho se les dan los consuelos religiosos. No tenía ni la menor idea de lo que había que decir en esos momentos, pero entendí que no había palabras más apropiadas que esas oraciones y esas súplicas. Se me ocurrió que a Serenella, que sabía rezar, podrían hacerle bien algunas lecturas de tipo religioso. Me vino a la mente aquel librito que le hacía leer la maestra en la escuela primaria y del que copiaba algunos párrafos en su diario escolar. No sabía quiénes eran sus autores ni que estuviese dividido en capítulos y versículos. En una palabra, yo nunca había abierto un Evangelio.

«Serenella, ¿quieres que te lea alguna página del Evangelio?», le pregunté temerosa, esperando haber acertado. «Sí, mamá, léeme el Evangelio», me contestó, con tono de entrega y abandono. Mi marido se fue corriendo a pedir uno a los capellanes del hospital. «¿Qué quieres que te lea?», le pregunté, con miedo a no conseguir encontrar fácilmente el pasaje que me pidiese y avergonzada de mi ignorancia. «Léeme la Pasión», contestó. Los pasajes de la Pasión son fáciles de encontrar, están al final, pensé, y eso me tranquilizó. Me senté a su lado y empecé a leer.

Tengo un recuerdo bien vivo de aquel momento. Sólo teníamos encendida una lamparita, de débil luz amarillenta que se proyectaba sobre la pared, para que no la molestase la luz. La postura vertical, el rostro brillante por las lágrimas y reclinado, el pelo largo suelto, los tubos de drenaje que le salían por todas las partes del busto, la sonda que tenía en la nariz, los hilos de Kirsclmer que le sujetaban las costillas operadas, y luego aquel tosco camisón del quirófano que aún llevaba puesto, todo tenía el aspecto de un drama muy similar al que yo estaba leyendo. Lo que se describía en aquellas páginas yo lo tenía ante mí, revivido ahora en la carne de mi hija.

Yo leía: «Lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: ¡Salve, rey de los judíos! Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza». Yo leía lentamente, y mientras tanto Serenella iba dejando de quejarse. Las lágrimas de sus mejillas se secaron. Luego, de pronto, se durmió. La hija se dormía y la madre... ¡se despertaba! Aquella noche dejé de ser atea y empecé a ser creyente. No es que hasta entonces me hubiese rebelado ante el dolor, pero no lo entendía, no entendía su porqué, su sentido. Ahora, la belleza de aquellas páginas y de las palabras pronunciadas en la cruz, y la misma petición de mi hija de que le leyese párrafos de la Pasión, me iniciaron en su misterio y en su sabiduría. Aquella noche empecé a entender todo el encanto que puede existir en el dolor inocente.

Fuente: Raniero Cantalamessa, Querido Padre…

¡Eh toro!















Diego Ogáyar es médico y Delegado en Granada de la Asociación Andaluza de Fibrosis Quística (FQ). Su hijo Diego, de 20 años, padece esa enfermedad.

21 de enero de 2008

Mi hijo Diego

Desde que supimos que mi hijo Diego, el menor de mis cuatro hijos, padecía fibrosis quística (FQ) le hemos prestado un cuidado muy especial, dándole todo el cariño y la alegría de la que somos capaces. Esta enfermedad, que es muy dura, se podría resumir así: “Tú respiras sin pensar, y yo… ya no pienso más que en respirar”.

Hasta hace poco los enfermos de FQ tenían una esperanza de vida de cinco años. Ahora pueden llegar a superar los cuarenta, y algunos han creado su familia. Mi hijo Diego es arquitecto técnico y tiene novia.

"Estos enfermos nos ayudan a humanizarnos, especialmente en una sociedad utilitarista y hedonista como la nuestra"

Estamos luchando para que nuestra sociedad dé una respuesta a esta enfermedad mucho más justa y acorde con la dignidad humana: porque hay ciertos sectores de la administración sanitaria y determinados médicos y científicos, que han focalizado su trabajo en las técnicas de diagnóstico genético. Parece que a algunos, más que intentar curar a los que la padecen, lo único que les preocupa es destruir los embriones que puedan desarrollarla…

He manifestado mi desacuerdo, junto con otras muchas personas, hacia una ley que favorece esta tendencia. “Tengo un hijo con Fibrosis Quística –le exponía hace poco, en una carta, a uno de los máximos responsables de nuestro país- y quiero decirle que no tenemos autoridad para decidir quién de nosotros es más digno de nacer. Una persona afectada por la FQ o el Síndrome de Down no es menos digna de nacer que una persona sana: ¡todos gozamos del mismo derecho para llegar a este mundo! Además, estos enfermos nos ayudan a humanizarnos, especialmente en una sociedad utilitarista y hedonista como la nuestra, que parece que sólo sabe valorar la apariencia exterior y la belleza simétrica.

Los padres de estas criaturas le darán razones sobradas sobre esto. Los afectados de FQ de mi Asociación son personas inteligentes, trabajadoras, buenas estudiantes, obligadamente disciplinadas, que dan a sus familias un fuerte sentido de unidad y solidaridad. Con la nueva ley se le quitará a la sociedad el regalo que suponen estos niños”.


Mi vida (por Diego Ogáyar, hijo)



Bueno, pues les cuento. La verdad es que yo soy, gracias a Dios, una persona bastante afortunada, sobre todo por la familia que tengo: por mi padre, por mi madre y por todos mis hermanos, que me han cuidado siempre con tanto cariño y que sobre todo… ¡me han soportado tanto!

Toda mi familia, especialmente mi madre, me ha inculcado una mentalidad de lucha, de no rendirme ante las dificultades y ante los problemas que hay en esta vida, que son bastantes. Me han ido enseñando a no ver la enfermedad y el sufrimiento como una carga sino, al revés, con un regalo de Dios que te hace ver la vida de otro modo y te lleva a valorarla más.

Yo he pasado por muchas enfermedades desde chico. Nací con una parte del intestino separada: algo gravísimo. Gracias a Dios, un médico amigo de mi padre se arriesgó a operarme cuando nadie quería hacerlo, y se hizo cargo de mí… Fue un valiente, y yo rezo todos los días por ese hombre, porque logró salvarme la vida con el trabajo que hizo.
Y desde entonces me han ido pasando muchas cosas que me confirman que si el Señor me tiene aquí, y si me tiene así, será por algo y para algo…

Le doy gracias a mis padres por no haberme ocultado la gravedad de lo mío. Desde chico me han ido diciendo siempre, con prudencia, pero con claridad, todo lo que me iba pasando. Eso te hace independiente y te lleva a madurar.

Me han ayudado, entre otras muchas cosas, a no tener mentalidad de enfermo y a confiar siempre en Dios. Porque una persona con mi enfermedad sólo le encuentra sentido a la vida si cree; si no, esto es un sinsentido.

Tener confianza en Dios me ha llevado a estudiar y a hacer una carrera como todo el mundo -¡y a ser novillero, que no es algo que haga todo el mundo!-; a tener una novia; a pretender formar una familia; a vivir, en resumen, como cualquiera de mi edad… Porque quejarse y lamentarse no sirve para nada. Yo pienso que estos sufrimientos que llevamos por Él son como una llaga menos que Cristo tiene en su cuerpo. Y eso, vivido por amor, tiene un valor muy grande, un valor infinito…

Hemos creado una asociación para ayudar a los enfermos con Fibrosis Quística. Me gustaría decirles que luchen, que se enfrenten a la realidad con esperanza. Y a sus familias… a sus familias me gustaría decirles que la mentira siempre causa problemas. Lo mejor es ir siempre con la verdad por delante. La verdad nos hace libres. Huir de la realidad no lleva a ningún sitio.

Es curioso. Yo no concibo mi vida sin mi enfermedad; es como un regalo, mi regalo, un regalo muy especial que me ha hecho Dios. ¿Qué sería yo sin ella? Me ha ayudado a ser valiente, y a ponerme ante un animal bravo, como es el toro, capaz de quitarte la vida…

Eso lo sabemos todos los novilleros, pero en mi caso yo sé que llevo dentro además otro animal bravo -mi enfermedad- que me puede empitonar en cualquier momento…

El toreo me ha ayudado mucho, especialmente en esos momentos de la juventud y la adolescencia en los que parece que no le encuentras sentido a nada… Me ha servido, humanamente, para no hacer tonterías; y me ha venido muy bien para mi enfermedad, porque me lleva a hacer deporte, a torear mucho de salón y, siempre que puedo, a torear al campo, que es donde verdaderamente disfruto.

Yo soy arquitecto técnico y la arquitectura me encanta, pero… lo he dicho muchas veces: para mí, el toreo es el arte máximo; el arte culmen de las artes.

A mi madre, la verdad, esto del toreo no le gusta mucho… “¡Te he estado cuidando durante 21 años –me dice- para que ahora te pongas delante de un toro y te lleve por delante!” Pero yo le digo, medio en broma, medio en serio: “mira mamá: yo prefiero morirme delante de un toro que tumbao en una cama”.

Además, confío en que no me pase… el Señor proveerá. Mi nombre artístico es Diego Luque, que es el apellido de mi madre. Ahora mismo estoy montando un Festival para ayudar a los enfermos de Fibrosis Quística. Me gustaría que ver torear a una persona que está en sus mismas circunstancias les ayude a cambiar de mentalidad, a enfrentarse a la enfermedad con espíritu positivo y con afanes de superación personal. Hay que lograrlo. Ojalá que el Festival salga adelante; y si encima hago una buena faena, ¡qué alegría!

"Hay que echarse al ruedo confiando en Él, y torear con valentía, con arrojo, sin lamentarte por el toro que te ha tocado"

Hay que tener esperanza. Yo podría empezar y no acabar contando la mina de cosas que me han pasado… una vez me caí por el tendido de una Plaza de Toros rodando, en plan Spiderman, y gracias a Dios, no me pasó nada. La gente, al verme sano y salvo, se quedó flipada.

Conozco la Obra desde hace muchos años, gracias a mis padres y a los profesores del colegio donde estudié, y soy del Opus Dei desde hace relativamente poco: hace dos años y medio. He descubierto que es verdaderamente una familia y un hombro en el que puedo apoyarme en todo momento. Me ayudan a profundizar cristianamente en el sentido de mi enfermedad. Por que hay veces que te dan bajones y no le encuentras sentido a esto…

En la Obra encuentro siempre fuerzas para tirar hacia arriba y empezar de nuevo.A cada uno le toca en esta vida un toro distinto; a unos les cae en suerte –aunque no es cuestión de suerte, es la voluntad de Dios- un manso; a otros, uno menos manso; y a otros, un berrendo terrible… pero si estás unido a Cristo no pasas miedo.

Hay que echarse al ruedo confiando en Él, y torear con valentía, con arrojo, sin lamentarte por el toro que te ha tocado. Hay que subir a los medios, ponerse firme y gritar con fuerza, lanzando la muleta al aire: ¡Eh, toro! Entonces descubres que, si le dejas, es Él quien hace verdaderamente la faena
.

Fuente: www.opusdei.es

La conversión de San Pablo: 25 de enero

EXCELSAM PAULI

(Himno en las II Vísperas)

Que la Iglesia celebre la excelsa gloria de Pablo, a quien el Señor transformó admirablemente de perseguidor en su Apóstol.

Pues el mismo que con tanto furor, había arremetido contra el nombre de Cristo, con mayor entusiasmo aún predica ahora el amor de Dios.

Qué mérito tan grande el de Pablo que arrebatado hasta el tercer cielo, escuchó palabras misteriosas, que a hombre alguno es lícito pronunciar.

Al sembrar la semilla de la Palabra, surgía una mies abundantísima, de modo que, del fruto de sus buenas obras, rebosa ahora el granero del Cielo.

Como una lámpara encendida, que invade al mundo con su luz, así pone en fuga las tinieblas del error, para que sólo reine la verdad.


El capítulo 9 de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta lo que le sucedió.

1. Tenía una gran personalidad (era hombre con un temperamento y un carácter fuertes).

Perseguía a los cristianos. Era un martillo de herejes. La gracia lo transforma. Desde el momento de su conversión, pone todas sus cualidades al servicio de Dios.

2. Era un apasionado de la verdad. No persigue a los cristianos por maldad, sino –precisamente- porque era una persona recta, que quería dirigir su vida conforme a los dictados de su conciencia (profundamente equivocada).

Actuaba en conciencia y era una persona sincera.


3. Tuvo una gran fortaleza (sufrió naufragios, azotes, expulsiones…). Iba a contracorriente. No tuvo vergüenza en significarse por Dios.

4. La conversión de San Pablo nos recuerda el poder de la gracia. En nuestra vida, es Dios quien lo hace todo. Y sin la gracia no podemos hacer nada.

5. San Pablo se deja ayudar. Obedece a la voz que oye desde el cielo y que le recomienda ir a casa de Ananías.

No se excusa. No pide explicaciones. Los que le acompañaban camino de Damasco no veían ni oyeron a nadie. San Pablo quedó ciego y se dejó ayudar. No pidió a Dios más pruebas.

Ananías, en cambio, no se fía.

Tampoco se fían los demás cristianos de Jerusalén (v. 26) de que realmente San Pablo se hubiera arrepentido y que su conversión fuera auténtica. Quizás pensaron que era una artimaña para infiltrarse entre ellos y capturarlos a todos.

San Pablo tiene que ganarse la confianza de la primitiva comunidad de Jerusalén (v. 28). “Andaba con ellos en Jerusalén, entrando y saliendo, predicando con valor el nombre de Jesús”.

(v. 29) Cuando se convierte se juega la vida por Dios. “Hablaba también y disputaba con los helenistas, aunque estos intentaban darle muerte”.

6. Toda vocación sorprende. Dios sorprende cuando llama. Dios puede transformar en un instante a una persona de perseguidora suya en apóstol.

En nuestra vida, nos sorprenderemos muchas veces de lo que Dios hace. Si nuestra oración es sincera, veremos cómo Dios hace maravillas.

“De que tú y yo nos portemos como Dios quiere, no lo olvides, dependen muchas cosas grandes”.

Pablo lo sufrió todo por amor a Cristo

"Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo: Estad alegres y asociaos a mi alegría; y, al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también y dice, escribiendo a los corintios: Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas armas de justicia, significando con ello que le sirven de gran provecho.

Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios, diciendo: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo. Imbuido de estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que otros apetecen el descanso que lo sigue. La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios.

Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociarse a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los condenados, que formar parte, sin él, de los más encumbrados y honorables.

Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor: para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable.

Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presentes y futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves.

Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los mismos gobernantes y al pueblo enfurecido contra él les daba el mismo valor que a un insignificante mosquito.

Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo".

Fuente: De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo (Homilía 2 sobre las alabanzas de san Pablo: PG 50, 477-480)



24.1.08

El sexo como gran dificultad

Mucha gente habla del sexo pensando que es la gran dificultad

He quedado con la atractiva princesa Alessandra Borghese (Roma, 1963) en el Colegio Ballerini de Seregno, un bello pueblecito al norte de Milán. Allí, la muchachada escolar la recibe con vítores, igual que el rector, don Luigi, y los profesores. El día está nublado, pero a ratos luce el sol. La Borghese lleva pantalones de pana naranja y habla de su conversión, como en su obra «Con ojos nuevos», que dentro de unos días la pondrá a la venta en español Ediciones Rialp. En Italia acaba de publicar «Sete di Dio» (Sed de Dios).

—Usted pertenece a uno de los linajes italianos más ilustres. «Con ojos nuevos» narra su conversión. ¿Le ha dado ahora a una representante de la «jet set» por el esnobismo de la religión, como ha ocurrido con otras figuras?

—¿Qué otras figuras?

—Podría mencionar, por ejemplo, a la princesa de Éboli, que tuvo relación con Santa Teresa de Jesús.

—Sé muy bien que quien decide exponer sus sentimientos está siempre en el punto de mira de todos para ser criticado. La gente puede hablar de ese personaje porque ha llegado a ser un factor público. Yo quiero mostrar a los lectores el bien que hay en mí. La razón por la que escribo no es una razón de exhibicionismo, como diciendo: «Ahora que lo tengo todo, voy también a por la religión». Es algo más importante. Es verdad que hay una intimidad especial en nuestro corazón, entre nosotros y nuestro Señor. Pero hoy más que nunca, hablar de nuestra fe es importante. La religión es un hecho público. Por eso yo quiero hablar, con orgullo, con confianza, con mucho respeto, pero también con mucha alegría, del gran tesoro que es encontrar la fe.

—De su libro bastantes, especialmente en Italia, han comentado que les ha cambiado la vida. ¿Qué escritos la han transformado a usted?

—Hay un libro de mi amigo Leonardo Mondadori, «Conversión», que, cuando lo leí, me dio la fuerza para redactar «Con ojos nuevos». Hay otro libro que en estos años me ha ayudado muchísimo a profundizar en mi fe: «La sal de la tierra», del cardenal Ratzinger. Pero están también los Evangelios. Para mí, los Evangelios son una lectura muy importante, en la que hay que penetrar, que ayuda decisivamente a la reflexión.

—¿Tiene usted ambición ahora de triunfar con sus libros? ¿Su campo profesional está orientado en este momento a la publicación?

—Yo soy muy seria, pero no me tomo en serio. De ahí que quiera sorprenderme. Escribir libros para mí no es imponer un suceso o imponer mi persona. Yo, con mis libros, quiero hablar del misterio de la vida, quiero hablar de Jesucristo Nuestro Señor más que de mí. Yo uso mi persona, mi nombre, mi educación, mi talento para escribir y mi personalidad, para hablar de alguien más importante que yo, que puede cambiar la vida de cada persona, que se llama Jesucristo.

—Se ha llegado a comentar que usted podría suceder a Navarro-Valls al frente de la Oficina de Prensa del Vaticano. ¿Le han hecho alguna oferta?

—Conozco a Joaquín Navarro-Valls muy bien. Le tengo un enorme respeto. Pienso que es la persona justa, todavía ahora, con el Papa Joseph Ratzinger, en el lugar justo. Nunca he pensado en sustituirlo. No estoy lo suficientemente preparada para un trabajo tan importante como el suyo.

—¿Pero le han hecho alguna oferta al respecto?

—No, no me han hecho ninguna oferta en ese sentido.

—De alguna manera se la está poniendo a usted como un ejemplo a seguir. ¿Teme no estar a la altura de las circunstancias, que algo la llevara a no tener la intensidad religiosa que ahora parece tener?

—No, no. Yo no me pongo como ejemplo a seguir, sino que soy un instrumento. A través de mis libros, doy un testimonio, en un mundo tan complicado. Yo sólo digo: en mi vida ha acontecido de este modo.

—¿Pero no teme no estar a la altura de las circunstancias en el futuro? ¿Que cambie y no responda al ideal que presenta en sus libros?

—Usted sabe muy bien que un converso es un bocado muy apetitoso para el diablo. Si actúo mal, si caigo, no hago mal a Alessandra Borghese. En un mundo como el nuestro, Alessandra Borghese puede ser reinventada. Yo haría mal a la Iglesia y a Jesucristo. Para seguir en este camino, para estar cerca de la religión, rezo muchísimo. Yo creo en el poder de la oración. Con la oración se puede cambiar el mundo.

—Había oído decir que el mismo Papa Benedicto XVI presentó su libro. ¿Es verdad? ¿Le consta si lo ha leído y lo que ha dicho al respecto?

—No. No es verdad. Yo conozco muy bien al cardenal Ratzinger. Siempre ha sido santo de mi devoción. Desde hace años lo seguía: para oír sus conferencias, sus homilías... He tenido también el honor de comer con él y de conversar con él.

—¿Sabe si ha leído su libro?

—Yo se lo di en persona, pero entonces era cardenal.

—¿No hizo ningún comentario?

—En aquel momento, no. No sé si lo ha leído. Pero un hombre que tiene tanto que hacer, no pienso que tenga tiempo para leer mi librito.

—¿Se puede confiar en Dios en un mundo en el que el mal se ve por todas partes y en el que la experiencia vital parece indicar que las cosas incluso empeoran con el tiempo?

—Se puede ver un vaso medio lleno o medio vacío. Yo siempre lo he visto medio lleno. Hay mucho sufrimiento, hay mucho dolor, hay muchas complicaciones. Es difícil hoy ser católico. Somos una minoría. Es verdad. Yo trato de buscar el bien, y nunca de ver el mal.

—La fe, la religión, la vida de fe, ¿es ajustarse a unas reglas?, ¿es cumplir los diez mandamientos?, ¿qué es para usted?

—Diría, antes que nada, que es abrir el corazón a un misterio más grande. Pero sobre todo a una persona que todavía vive hoy, que se llama Jesucristo. Jesucristo no es sólo el personaje palestino de hace dos mil años que nos dijeron que resucitó. Jesucristo está vivo aún en la Eucaristía. Allí se le puede encontrar, y ese encuentro puede cambiar la vida. Nuestra religión no es filosofía, no es ideología. Es un encuentro, un encuentro de amor, porque Él, Jesucristo, nos ha amado primero.

—¿Por qué, al parecer, su vida ha cambiado tan radicalmente, y la vida de tantos cristianos, por el contrario, es tan tibia?

—Yo entiendo muy bien a los cristianos que no cambian porque he sido uno de ellos durante muchos años. Tenemos miedo. Miedo de que al cambiar, al abrir el corazón al misterio más grande, al amor de Jesucristo, eso pueda implicar perder nuestra libertad. Yo probé y por eso escribí «Con ojos nuevos». Siguiendo a Jesucristo, a su enseñanza, nos convertimos en seres más libres. La vida se transforma en otra más bonita y más completa. Tenemos que hacer un pequeño acto de coraje, lo que dijo Juan Pablo II en 1978, cuando lo eligieron Papa: «No tengáis miedo, abrid vuestros corazones a Jesucristo».

—¿Pertenece usted al Opus Dei?

—No. No pertenezco a ningún grupo eclesiástico.

—¿Qué le llama la atención de la espiritualidad del Opus Dei, si es que algo le llama la atención?

—Me gusta mucho y respeto mucho al Opus Dei. Me gusta mucho San Josemaría Escrivá de Balaguer. Me gusta mucho don Luigi Giussani, de «Comunión y Liberación». Respeto muchísmo a los Legionarios de Cristo. Estoy muy abierta a todos los movimientos eclesiales que nacieron después del Concilio Vaticano II, en donde los laicos están implicados en la vida de la Iglesia. Pero no pertenezco a ningún grupo en particular.

—¿Por qué vale la pena vivir hoy como cristiano y cuáles son los nuevos valores que hay que descubrir y mantener?

—Los valores son siempre los mismos. No hay nada nuevo. Tenemos sólo que continuar en lo que Jesucristo nos ha enseñado, de una manera renovada, quizá más moderna, pero es siempre la misma tarea, es siempre la misma y única verdad.

—Usted dice que tener sentimientos religiosos, pensando en el budismo, el hinduismo, etc., quizá esté de moda, pero no lo está el ser católico consecuente, siguiendo las enseñanzas de la Iglesia y del Papa. ¿A qué se debe, en su opinión?

—Pienso que hay un poco de superficialidad, como si todo lo que viniera de lejos, todo lo que es exótico, fuera siempre más valioso. Muchas veces encontramos más interesantes las filosofías orientales, pero no sabemos quién es Jesucristo, no conocemos nuestra historia, nuestra cultura, nuestra tradición. Yo he tratado de descubrir nuevamente de dónde vengo, quién soy, a dónde voy y por qué camino marcho. Profundizando en mi religión he hallado una belleza.

—¿Qué ve con «nuevos ojos»?

—Veo un mundo difícil, porque seguir a Jesucristo no quiere decir que se tiene ya el camino resuelto. La puerta puede ser muy estrecha. Pero yo sé que ya no estoy sola. Sé que alguien me acompañará en ese camino si tengo fe y confío en Él. Confiar en Él es más que creer, es sentirse hijo.

—¿Se puede ser libre en la Iglesia?

—Nosotros somos los más libres de todos porque podemos también renegar de nuestro Dios, aunque Él nos espere siempre.

—¿Es un católico un fundamentalista, un intolerante, porque en teoría aspira a imponer su credo en la sociedad?

—Decididamente: ¡no! Pienso en un ejemplo de católico, que vivió hace cien años, que se llama Charles de Foucault, y que el Papa ha beatificado hace unos meses. Es un gran ejemplo en nuestros días. Fue a evangelizar a la población tuareg, en África, al final de siglo pasado, cuando de verdad era muy difícil llegar hasta ellos. Pero él no impuso nada. Quería vivir entre la gente y demostrar cómo era un católico. Explicaba que tenía que dar ejemplo para que esa población concluyera: «Mira qué bueno que es este hombre...¡Pues imagina cómo tiene que ser su Dios!». Nosotros, hoy, estamos llamados a ser testigos de nuestra fe, sin imponer nada, con mucho amor, respetando a los otros y también pidiendo que los otros nos respeten.

—¿Tendría que enseñarse la religión en la escuela?

—Yo pienso que es fundamental que haya clase de religión, porque nosotros somos cristianos, de raíz cristiana. Nuestra cultura viene de ahí. Es muy importante enseñar la religión a los niños. Creo que es un error que los padres digan: «Mi hijo decidirá si quiere ser católico u otra cosa». ¡También este problema! ¡Ya tienen tantos problemas, y también éste! Creo que dar los sacramentos a los niños es decisivo y facilita la vida.

—Usted se divorció del multimillonario Costantine Niarchos. ¿Se había casado por la Iglesia? ¿Piensa en un futuro matrimonio?

—No me había casado por la Iglesia. No estoy divorciada.

—¿Piensa en la posibilidad de un futuro matrimonio?

—Yo estoy abierta. Claro: encontrar a un hombre que tenga los mismos objetivos, que quiera festejar la verdad de la vida conmigo... Ahora tengo cuarenta años. Cuando tenía veinte era más fácil. Veremos. Los caminos del Señor son abiertos.

—Por su libro desfilan, entre otros muchos personajes del relieve mundial, los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. ¿Qué es lo que destacaría de ellos?

—Con Juan Pablo II crecí como mujer. Pienso que este Papa tiene un lugar muy importante en la vida de todos nosotros. En la mía en particular me ha ayudado muchísimo, también en la conversión, porque la conversión no es algo de una vez para siempre. Cada día hay que renovar el amor y decir que sí a nuestro Señor, que le queremos. Juan Pablo II dio un testimonio supremo en medio de su sufrimiento. Un testimonio enorme de fe. Benedicto XVI es un grandísimo de la Iglesia, un Santo Tomás de Aquino de nuestros días, no en el sentido físico, porque Santo Tomas de Aquino era muy corpulento, sino por su finura, por su sutileza. Es un Papa muy dulce, muy humilde, y que con su palabra llega derecho al corazón de la gente. Es un Papa que está haciendo un grandísimo trabajo para la Iglesia. Yo me siento en manos seguras con Benedicto XVI, protegida como católica.

—¿Es el sexo una dificultad para los católicos?

—Se puede ver como una dificultad. Pero no es sólo el sexo. Y no es la primera dificultad. La primera dificultad es comprender que sin Dios no podemos hacer nada. Mucha gente habla del sexo pensando que es la gran dificultad. No es la gran dificultad. Si charla con los sacerdotes, con las monjas, verá que el sexo no es la dificultad, la gran privación, que no es una privación, es un don, un don para crecer. Le dirán que no es el sexo. Es convivir con los otros. Es ser fiel a la doctrina de la Iglesia.

Fuente: abc 8 de abril de 2006

El sacramento de la confesión

Nadie es capaz de lograr que lo pasado no haya ocurrido; ni el mejor de los psicólogos puede liberar a la persona del peso del pasado. Sólo lo puede lograr Dios, quien, con amor creador, marca en nosotros un nuevo comienzo: esto es lo grande del sacramento del perdón: que nos colocamos cara a cara ante Dios, y cada uno es escuchado personalmente para ser renovado por Él. (Juan Pablo II)

No hay quien no necesite de esta liberación de Cristo, porque no hay quien, en forma más o menos grave, no haya sido y sea aún, en cierta medida, prisionero de sí mismo y de sus pasiones. Todos tenemos necesidad de conversión y de arrepentimiento; todos tenemos necesidad de la gracia salvadora de Cristo, que Él ofrece gratuitamente, a manos llenas. Él espera sólo que, como el hijo pródigo, digamos "me levantaré y volveré a la casa de mi Padre". (Juan Pablo II)

Gracias al amor y misericordia de Cristo, no hay pecado por grave que sea que no pueda ser perdonado; no hay pecador que sea rechazado. Toda persona que se arrepiente será recibida por Jesucristo con perdón y amor inmenso. (Juan Pablo II)

¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! -Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia! (San Josemaría Escrivá)

No hay quien no necesite de esta liberación de Cristo, porque no hay quien, en forma más o menos grave, no haya sido y sea aún, en cierta medida, prisionero de sí mismo y de sus pasiones. Todos tenemos necesidad de conversión y de arrepentimiento; todos tenemos necesidad de la gracia salvadora de Cristo, que Él ofrece gratuitamente, a manos llenas. Él espera sólo que, como el hijo pródigo, digamos "me levantaré y volveré a la casa de mi Padre". (Juan Pablo II)

Carta abierta a un ateo militante

Escribo esta carta en respuesta, algo lejana ya, a un artículo publicado en un periódico de Madrid. Este escrito apareció a los pocos días de haber comenzado los bombardeos americanos en Afganistán. El autor argumentaba diciendo que la fe cristiana, y las fes religiosas en general, eran tan contraproducentes y tenían consecuencias tan perversas que a él, la conducta de los cristianos le había hecho pasar de un agnosticismo titubeante a un ateísmo decidido y militante.

Es muy probable que el autor de aquel artículo no lea nunca esta respuesta. Sé muy bien que es difícil entrar en diálogo con nadie sobre cuestiones tan íntimas. Pero escribo pensando en otras muchas personas, de Navarra y de fuera de Navarra, que piensan o sienten de manera parecida. Quisiera ayudarles a descubrir la racionalidad y la gran humanidad de la fe cristiana.

Antes que nada creo que no será difícil ponernos de acuerdo en una cosa: la verdad o la falsedad, el valor o la malignidad de la fe cristiana, no depende de lo que hagamos o seamos los cristianos mediocres. El valor de la fe aparece de algún modo en la vida de aquellos cristianos que viven más en coherencia con ella. Los cristianos que viven a fondo el sermón de la montaña sí deben ser tenidos en cuenta para examinar la verdad y el valor del cristianismo. Y los hay. No sólo los que son ensalzados en los medios de comunicación, sino otros muchos, que viven escondidos junto a nosotros, atendiendo a su familia con amor y sacrificio, cuidando enfermos, acogiendo niños sin familia, cumpliendo fielmente sus obligaciones profesionales. o bien viviendo austeramente en la clausura y orando por la salvación del mundo. El que quiera ver testigos sinceros de la bondad de Dios los encontrará sin dificultad en nuestro mundo.

Aquí es donde está la clave de la cuestión. Para encontrar a Dios hay que amar la verdad, hay que tener el deseo y la inquietud de vivir en la verdad, sin encerrarnos en nosotros mismos, viviendo dispuestos a aceptar con alegría la existencia de Dios, si es que los signos de este mundo visible nos sugieren razonablemente la verdad de su presencia misericordiosa. Aun antes de haber dado con Él, es posible invocarlo desde la duda, "Señor Dios, si existes, si te interesas por mí, dame algún signo de tu presencia". Es la oración del hombre honesto y leal consigo mismo que busca la verdad.

Desde esta disposición interior no es difícil percibir que nuestro mundo no tiene explicación racional clara, ni resulta tampoco amable ni soportable sin reconocer la existencia de un principio absoluto, de un Creador no creado del que han surgido todos los seres contingentes que están en la existencia.

Para vislumbrar la verdad de Dios, tenemos que comenzar por analizar las realidades cercanas, indiscutibles. Mi existencia, la de la humanidad en su conjunto, la de la creación entera, nada de esto es comprensible ni justificable sin admitir la existencia de un primer existente infinito y necesario en el cual se apoye la existencia de todas las demás cosas. La famosa pregunta ¿"Por qué el ser y no la nada"? No tiene otra respuesta que ésta: porque la nada no es posible, de la nada nunca hubiera salido nada, si algo existe es porque el ser se afirma por sí solo, porque el ser infinito es la realidad original, gracias al cual todo lo demás es posible. A este ser precedente, necesario y sin límites le llamamos Dios.

Quien ha percibido alguna vez este misterio original de las cosas, comprende lo substancial del mensaje de Jesús. Jesús es ante todo un personaje histórico de cuya existencia no se puede dudar honestamente. Su vida y los acontecimientos que siguieron a su muerte avalan la verdad de su testimonio. Y su testimonio, substancialmente, es éste: Tenemos un Padre en el Cielo que cuida de nosotros y nos mantiene en la existencia con su amor, por el puro deseo de ofrecernos la posibilidad de compartir con Él el gozo de su vida infinita. El Dios confuso barruntado por la razón, adquiere un rostro preciso y concreto a través de la experiencia filial de Jesús.

Jesús sí es testigo de Dios. Jesús sí es apoyo firme para nuestra fe en Dios. Jesús es el hombre justo y amable, cuya vida nace de su comunicación íntima con Dios. La amabilidad de su vida generosa demuestra la bondad y la humanidad de Dios, tal como Él lo percibe y se comunica con El. Los testimonios de sus apóstoles, avalados con la verdad del martirio, nos hacen pensar que el dato del sepulcro vacío, las apariciones de después de la muerte, la fuerza expansiva de la vida regenerada por la fe en Él, no son quimeras sino datos históricos firmes, perfectamente aceptables y creíbles.

El testimonio de Jesús y de sus apóstoles, históricamente incuestionable y religiosamente convincente sí es el apoyo firme que necesitamos para creer. En este momento hay que tener en cuenta que creer no es "ver", ni "comprobar " algo por nosotros mismos, como se comprueba en un laboratorio la fuerza de una corriente eléctrica o las cualidades de una sustancia química. Creer es dar fe a lo que alguien me dice, creer es dar confianza a una persona en atención a sus merecimientos y a la congruencia de su testimonio, dejarse enseñar y guiar por una persona (en este caso Jesucristo) que nos parece digno de confianza. En el límite, creer es poner nuestra vida libremente en manos de una persona querida de la que hemos recibido pruebas de amor y de lealtad. Los cristianos creemos en Jesucristo, nos dejamos guiar por Él, porque estamos convencidos de que vivió para nosotros y ofreció su vida libremente por nosotros. De este modo la fe cristiana comienza como una amistad, una alianza vital entre el creyente y Cristo. Creer es una elección, un acto supremo de libertad y de dominio de la propia vida.

La fe en Jesús nos abre el paso a la fe en Dios. Jesús es la puerta, la ventana abierta desde este mundo al mundo de Dios. Creer en Jesús es adorar filialmente con Él al Padre del Cielo, confiar en Él, amarle, poner nuestra vida en sus manos, sin necesidad de verle, apoyados en el testimonio y en la lealtad de Jesucristo. Jesús es el resplandor de Dios en este mundo, su gran palabra, cabal y sonora, la noticia y la prueba del amor que Dios nos tiene hasta la vida eterna. Nos falta decir algo del papel que juegan la Iglesia y los cristianos en este camino personal hacia el encuentro con Dios. Hablar de eso ahora sería complicar las cosas. Puede quedar para otra ocasión.

Al llegar aquí ya se puede mirar hacia atrás para ver el mundo, la historia, nuestra propia vida, como don de este Dios que es un verdadero Padre de vida, como camino hacia el encuentro con Él en el gozo de una vida verdadera y consistente. Desde la cima de la fe todas las cosas y los acontecimientos de la vida adquieren una nueva claridad, un nuevo sentido, todo es más claro, más hondo, más amable. Hasta la muerte comienza a ser inteligible y aceptable. Esta experiencia final, posterior a la decisión de creer, es tan congruente y tan pacificadora que se convierte en el mejor argumento de la verdad de nuestra fe. La fe es como un baño en el mar de la bondad y la claridad de Dios. Sólo quien se decide y entra en este mar, siente el gozo de vivir y moverse en Él. Los que se quedan fuera por miedo a perder pie nunca podrán comprender el gozo y la riqueza de la fe.

Ojalá estas pobres ideas, escritas con el sincero deseo de ayudar, sirvan a alguien para descubrir la verdad, la riqueza y la posibilidad de la fe. Ojalá algunos de los muchos ex cristianos y ex cristianas que abandonaron la fe para sustituirla por las nuevas fes del bienestar o de la política o de la tolerancia sin identidad propia, encuentren en ellas una llamada a recuperar lo que abandonaron precipitadamente. Ojalá algunos de los jóvenes que se abren ahora a la amplitud y la complejidad de la vida, lean estas líneas de un Obispo viejo que les quiere y se animen a recorrer con Cristo el camino de su vida, como hijos de Dios, como hombres libres dispuestos a vivir con esperanza en la verdad y en la justicia suprema del amor y de la misericordia.

Pamplona, 1º de diciembre del 2001

+Fernando Sebastián Aguilar

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Carta abierta a un ateo militante

Escribo esta carta en respuesta, algo lejana ya, a un artículo publicado en un periódico de Madrid. Este escrito apareció a los pocos días de haber comenzado los bombardeos americanos en Afganistán. El autor argumentaba diciendo que la fe cristiana, y las fes religiosas en general, eran tan contraproducentes y tenían consecuencias tan perversas que a él, la conducta de los cristianos le había hecho pasar de un agnosticismo titubeante a un ateísmo decidido y militante.

Es muy probable que el autor de aquel artículo no lea nunca esta respuesta. Sé muy bien que es difícil entrar en diálogo con nadie sobre cuestiones tan íntimas. Pero escribo pensando en otras muchas personas, de Navarra y de fuera de Navarra, que piensan o sienten de manera parecida. Quisiera ayudarles a descubrir la racionalidad y la gran humanidad de la fe cristiana.

Antes que nada creo que no será difícil ponernos de acuerdo en una cosa: la verdad o la falsedad, el valor o la malignidad de la fe cristiana, no depende de lo que hagamos o seamos los cristianos mediocres. El valor de la fe aparece de algún modo en la vida de aquellos cristianos que viven más en coherencia con ella. Los cristianos que viven a fondo el sermón de la montaña sí deben ser tenidos en cuenta para examinar la verdad y el valor del cristianismo. Y los hay. No sólo los que son ensalzados en los medios de comunicación, sino otros muchos, que viven escondidos junto a nosotros, atendiendo a su familia con amor y sacrificio, cuidando enfermos, acogiendo niños sin familia, cumpliendo fielmente sus obligaciones profesionales. o bien viviendo austeramente en la clausura y orando por la salvación del mundo. El que quiera ver testigos sinceros de la bondad de Dios los encontrará sin dificultad en nuestro mundo.

Aquí es donde está la clave de la cuestión. Para encontrar a Dios hay que amar la verdad, hay que tener el deseo y la inquietud de vivir en la verdad, sin encerrarnos en nosotros mismos, viviendo dispuestos a aceptar con alegría la existencia de Dios, si es que los signos de este mundo visible nos sugieren razonablemente la verdad de su presencia misericordiosa. Aun antes de haber dado con Él, es posible invocarlo desde la duda, "Señor Dios, si existes, si te interesas por mí, dame algún signo de tu presencia". Es la oración del hombre honesto y leal consigo mismo que busca la verdad.

Desde esta disposición interior no es difícil percibir que nuestro mundo no tiene explicación racional clara, ni resulta tampoco amable ni soportable sin reconocer la existencia de un principio absoluto, de un Creador no creado del que han surgido todos los seres contingentes que están en la existencia.

Para vislumbrar la verdad de Dios, tenemos que comenzar por analizar las realidades cercanas, indiscutibles. Mi existencia, la de la humanidad en su conjunto, la de la creación entera, nada de esto es comprensible ni justificable sin admitir la existencia de un primer existente infinito y necesario en el cual se apoye la existencia de todas las demás cosas. La famosa pregunta ¿"Por qué el ser y no la nada"? No tiene otra respuesta que ésta: porque la nada no es posible, de la nada nunca hubiera salido nada, si algo existe es porque el ser se afirma por sí solo, porque el ser infinito es la realidad original, gracias al cual todo lo demás es posible. A este ser precedente, necesario y sin límites le llamamos Dios.

Quien ha percibido alguna vez este misterio original de las cosas, comprende lo substancial del mensaje de Jesús. Jesús es ante todo un personaje histórico de cuya existencia no se puede dudar honestamente. Su vida y los acontecimientos que siguieron a su muerte avalan la verdad de su testimonio. Y su testimonio, substancialmente, es éste: Tenemos un Padre en el Cielo que cuida de nosotros y nos mantiene en la existencia con su amor, por el puro deseo de ofrecernos la posibilidad de compartir con Él el gozo de su vida infinita. El Dios confuso barruntado por la razón, adquiere un rostro preciso y concreto a través de la experiencia filial de Jesús.

Jesús sí es testigo de Dios. Jesús sí es apoyo firme para nuestra fe en Dios. Jesús es el hombre justo y amable, cuya vida nace de su comunicación íntima con Dios. La amabilidad de su vida generosa demuestra la bondad y la humanidad de Dios, tal como Él lo percibe y se comunica con El. Los testimonios de sus apóstoles, avalados con la verdad del martirio, nos hacen pensar que el dato del sepulcro vacío, las apariciones de después de la muerte, la fuerza expansiva de la vida regenerada por la fe en Él, no son quimeras sino datos históricos firmes, perfectamente aceptables y creíbles.

El testimonio de Jesús y de sus apóstoles, históricamente incuestionable y religiosamente convincente sí es el apoyo firme que necesitamos para creer. En este momento hay que tener en cuenta que creer no es "ver", ni "comprobar " algo por nosotros mismos, como se comprueba en un laboratorio la fuerza de una corriente eléctrica o las cualidades de una sustancia química. Creer es dar fe a lo que alguien me dice, creer es dar confianza a una persona en atención a sus merecimientos y a la congruencia de su testimonio, dejarse enseñar y guiar por una persona (en este caso Jesucristo) que nos parece digno de confianza. En el límite, creer es poner nuestra vida libremente en manos de una persona querida de la que hemos recibido pruebas de amor y de lealtad. Los cristianos creemos en Jesucristo, nos dejamos guiar por Él, porque estamos convencidos de que vivió para nosotros y ofreció su vida libremente por nosotros. De este modo la fe cristiana comienza como una amistad, una alianza vital entre el creyente y Cristo. Creer es una elección, un acto supremo de libertad y de dominio de la propia vida.

La fe en Jesús nos abre el paso a la fe en Dios. Jesús es la puerta, la ventana abierta desde este mundo al mundo de Dios. Creer en Jesús es adorar filialmente con Él al Padre del Cielo, confiar en Él, amarle, poner nuestra vida en sus manos, sin necesidad de verle, apoyados en el testimonio y en la lealtad de Jesucristo. Jesús es el resplandor de Dios en este mundo, su gran palabra, cabal y sonora, la noticia y la prueba del amor que Dios nos tiene hasta la vida eterna. Nos falta decir algo del papel que juegan la Iglesia y los cristianos en este camino personal hacia el encuentro con Dios. Hablar de eso ahora sería complicar las cosas. Puede quedar para otra ocasión.

Al llegar aquí ya se puede mirar hacia atrás para ver el mundo, la historia, nuestra propia vida, como don de este Dios que es un verdadero Padre de vida, como camino hacia el encuentro con Él en el gozo de una vida verdadera y consistente. Desde la cima de la fe todas las cosas y los acontecimientos de la vida adquieren una nueva claridad, un nuevo sentido, todo es más claro, más hondo, más amable. Hasta la muerte comienza a ser inteligible y aceptable. Esta experiencia final, posterior a la decisión de creer, es tan congruente y tan pacificadora que se convierte en el mejor argumento de la verdad de nuestra fe. La fe es como un baño en el mar de la bondad y la claridad de Dios. Sólo quien se decide y entra en este mar, siente el gozo de vivir y moverse en Él. Los que se quedan fuera por miedo a perder pie nunca podrán comprender el gozo y la riqueza de la fe.

Ojalá estas pobres ideas, escritas con el sincero deseo de ayudar, sirvan a alguien para descubrir la verdad, la riqueza y la posibilidad de la fe. Ojalá algunos de los muchos ex cristianos y ex cristianas que abandonaron la fe para sustituirla por las nuevas fes del bienestar o de la política o de la tolerancia sin identidad propia, encuentren en ellas una llamada a recuperar lo que abandonaron precipitadamente. Ojalá algunos de los jóvenes que se abren ahora a la amplitud y la complejidad de la vida, lean estas líneas de un Obispo viejo que les quiere y se animen a recorrer con Cristo el camino de su vida, como hijos de Dios, como hombres libres dispuestos a vivir con esperanza en la verdad y en la justicia suprema del amor y de la misericordia.

Pamplona, 1º de diciembre del 2001

+Fernando Sebastián Aguilar

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Humildad y personalidad

El humilde se mantendrá fiel a aquella enseñanza de S. Agustín "Haz lo que puedas, pide lo que no puedas y Dios hará que puedas."

Los rasgos o notas de la personalidad dicen relación a lo verdadero, y por tanto a la humildad.

Hay personalidad cuando en la diversidad de pensamientos, afectos y obras se descubre una unidad fuerte, un sujeto único que piensa, quiere y obra de un modo determinado.

Hay personalidad cuando hay autonomía, libertad responsable: cuando se es causa consciente y voluntaria de todo lo que se hace, obrando de un modo autónomo y responsable, y se puede dar siempre razón del propio actuar.

En eso consiste esencialmente la personalidad y no en distinguirse de los demás, que fácilmente se podría conseguir -ése es el camino de la soberbia- a base de la mentira de uno mismo y atropellando la verdad de los otros.

Y de este modo, un hombre cristiano con auténtica personalidad es un hombre de carácter, cuyo comportamiento está basado en la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza en su actuar diario. Es el hombre consecuente con sus ideas y fundamentalmente con sus creencias. Es el que, sabiendo adónde va, pone los medios para llegar a la meta, y si ve que no llega, rectifica siempre -sin perder su talante habitual-,aunque sufra o pueda sentir en ocasiones el descorazonamiento que produce lo mil veces intentado y no conseguido.

No es una actitud soberbia la suya porque es esencialmente realista. No hay peligro de frivolidad e insensatez en su conducta, porque su optimismo es realista, con los pies en el suelo.

Es fácil oír con frecuencia:"es que yo soy así, son cosas de mi carácter". A ésos contesta Camino, en el punto número 4: Son cosas de tu falta de carácter: Sé varón, porque sin humildad no lograrás la verdadera personalidad; será ficticia. A lo sumo tendrás cuento, verborrea, desparpajo. No confundas los términos ().

La personalidad ha de labrarse cada día con el esfuerzo de un "siempre" verdadero y tenaz. Pero no te forjarás una personalidad preocupándote por "tenerla", porque éste será el modo mejor de no lograrla jamás.

El estar preocupado por "mi personalidad" -porque se note que la tengo- es tanto como poner de manifiesto mi carencia de ella. Generalmente los sujetos con personalidad ni tan siquiera se dan cuenta de que la tienen.

Una personalidad se hace a base de actos congruentes. Exige, por tanto, tener primero algo en la cabeza y después obrar en función de eso que se tiene en ella.

Es preciso, pues, actuar a partir de unas convicciones arraigadas, conseguidas con esfuerzo y vividas con exigencia.

Y en todo lo que venimos diciendo tiene una participación esencial la virtud de la humildad, como catalizadora. Puesto que la personalidad no puede ser algo ficticio o postizo, precisará un fundamento firme y verdadero. Y no hay nada más firme y consistente, es decir, la humildad.

Se dice de un sujeto que tiene personalidad cuando en su modo de hacer y de ser hay equilibrio estable y pulso firme, a pesar de sus limitaciones, que naturalmente reconoce y acepta sin aspavientos ni manifestaciones de tragedia; cuando hay coherencia en su conducta; cuando por sentirse libre acepta plenamente la responsabilidad de sus actos; cuando por tener una riquerza interior, su modo de obrar es claro y limpio...

Nada más lejos de lo que la personalidad es que el afán de extravagancia o de falta de flexibilizad en las relaciones humanas llevada -quizás- hasta la cerrazón febril.

Es muy importante ser hombre de criterio, tener una conciencia formada, para luego lograr que la voluntad -imperando- lleve adelante lo que se tiene tan claro en el cerebro. Para ello es imprescindible ser valientes, audaces, "tesoneros", exigentes consigo mismo; no caprichosos o inestables.

No me resisto a transcribir, en traducción libre, un verso de Rudyard Kipling, muy conocido, que expresa bien a las claras, y en cortos trazos, lo que deshivanadamente vengo diciendo. Dice así, si no me falla la memoria: Si puedes mantener tu cabeza en su sitio cuando todos los que te rodean la pierden y te acusan de perderla a ti; si puedes jugar toda tu fortuna con una sonrisa; y, habiéndola perdido, volver a empezar con una sonrisa; si puedes alternar con amigos humildes después de haber tratado a la realeza; si puedes ser independiente del éxito o del fracaso, despreciando por igual a esos dos impostores; si puedes ordenar a tus músculos y tendones que mantengan el esfuerzo cuando tu cuerpo está agotado y, sólo queda tu voluntad que te dice "aguanta"; si puedes llenar el minuto inexorable con segundos de intensa actividad... ¡Tuya es la tierra y todo lo que hay en ella!... y lo que es más importante: ¡serás un hombre!.

Kipling hace un canto estupendo al hombre auténtico, tenaz, firme y convencido. Hace un canto a las virtudes hunanas.Pero yo quiero ir un poco más lejos, porque todo eso será posible y lo lograremos más fácilmente si no perdemos de vista la verdadera luz que ilumina el sendero:Dios; si -llena la cabeza y el corazón de él- convertimos nuestra vida en un constante darle gloria, en agradarle, en ser instrumento fidelísimo; si somos consecuentes con nuestra fe y con nuestro amor.. Y ser consecuente quiere decir medir las posibilidades verdaderas: hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas. Porque así -si es voluntad de Dios- podrás siempre.

Esta confianza en El y este convencimiento de nuestras limitadas posibilidades, es el comienzo de la humildad. Y la virtud de la humildad es -como decía- el fundamento del edificio, la piedra angular, la clave del arco... Diremos, pues, en conclusión, que el dato constitutivo de la personalidad -de la dignidad de la persona- y el fundamento de su libertad, es la conciencia verdadera y recta (capacidad de juzgar, en concreto, lo que es verdadero y lo que no lo es, lo que es justo y lo que no es justo). El éxito de la elaboración de la verdadera -humilde- personalidad estribará principalmente en hacerse con unos criterios maduros y en aprender a actuar habitualmente con ellos; eso es rectitud y personalidad; eso es hacerse con la propia libertad; eso es, en definitiva -en lo humano-, humildad.

Personalidad no es "personalismo", porque lo primero es equivalente a coherencia y lo segundo a desbarajuste. Es verdad que no todo el mundo -incluso personas maduras- disfruta de una personalidad definida;pero no es menos cierto que muchos que creen tener una fuerte personalidad en realidad lo que poseen es una clara y manifiesta soberbia. (Sería bueno recordar la historia del poste y los árboles, de la narración que relaté al principio).

Puede decirse que el "personalismo" es realmente una denominación más de la soberbia. Es la soberbia engañosa que adopta ropajes de suficiencia.

Los psicólogos han observado como el comportamiento del soberbio adulto coincide con el del niño. Es decir, con el de una criatura que "se está haciendo". Pero, si bien en el caso del niño se comprende y disculpa, en el del adulto se repele y desprecia. El niño, en efecto, suele ser autoritario y despótico;puede dar la impresión de un pequeño dictador tiránico. Cuando el hombre se comporta así dentro de su esfera de influencia familiar, social, profesional, etc., no se le puede calificar de otra forma más que de soberbio.

También es fácil confundir la personalidad con la tozudez o "cabezonería", que equivale a no dar el brazo a torcer pase lo que pase. Este comportamiento es muy común entre los que, por verse todavía en periodo de aprendizaje y con cortos vuelos, las pocas ideas que lograsen tener -y no siempre bien asimiladas ni matizadas- tratan de defenderlas por todos los medios, aun a riesgo de estar en el error. Y ello por una razón muy sencilla: a cierta edad uno ha de adoptar posturas "comprometedoras" que denoten madurez;es preciso que se vea que se palpe que "uno ya no es un niño". Es la mera jactancia a secas que apenas exige comentarios, porque, por ello mismo, ni siquiera se la podrá siempre considerar como manifestación de soberbia.

Es pues imprescindible para el arraigo de esta virtud el progresivo salir de uno mismo para darse a los demás:principio inequívoco de cara a los demás. Pero nadie podrá llegar a este desasimiento personal si no es profundamente sincero consigo mismo, en la presencia de Dios. Una sinceridad que se traduzca en objetividad: apreciación ecuánime de lo que se tiene, de lo bueno que se ha recibido y de lo que no es tan bueno -o es malo- porque es fruto de nuestra soberbia o de nuestra vanidad. Para ello es necesario como primer escalón, aceptarnos como somos: con virtudes y con defectos. Y al sorprendernos cargados de miserias y de bajas tendencias, no desanimarnos. Que tenemos fallos, defectos e imperfecciones es algo indudable -no hay nadie perfecto mientras camina sobre la tierra- y es bueno saberlo para, a partir de ahí comenzar a edificar destruyendo lo que no va, lo que no es digno de un hijo de Dios. Labor muchas veces lenta que siempre produce frutos porque el riego fecundante es la gracia de Dios.

Ya se ve, que luchar por incorporar a nuestra vida la virtud de la humildad exige una buena dosis de objetividad, no siempre fácil, pero sí siempre posible. Poner esfuerzo es fundamental para lograr cualquier objetivo que estimemos como ideal, ya que ningún ideal se hace realidad sin sacrificio (Camino), y por aquello también de que lo que "vale la pena", vale-la-pena.

Y después de poner los medios, habrá que estar en permanente vigilancia para evitar que "las raposas destruyan la viña". Son esas pequeñas cosas, esos detalles que conviene observar en nuestro comportamiento diario, que son manifestaciones de humildad personal y, no pocas veces también, detalles de "buen gusto" y de caridad con el prójimo, tales como:evitar la alabanza propia que -como dice Garrigou- denota pensar que los demás no le están alabando a uno suficientemente; huir de los elogios, por muy fundados que parezcan a los demás y, si esto no es posible, adoptar una postura natural elevando el espíritu y ofreciendo a Dios la "flor" o el piropo, es decir, evitando la complacencia en él.

Ya hemos llegado al final. ¿Difícil? ¡Mira¡:difícil y fácil. Dice Camino (n.282): Paradoja: Es más asequible ser santo que sabio, pero es más fácil ser sabio que santo.

Partiéndo sólo de los medios naturales -puramente humanos- es lógico que te asuste el esfuerzo que hay que poner para, poco a poco, lograr avanzar en la humildad. Pero lo que para los hombres parece imposible, para Dios es plenamente posible. Y no olvides que si tú tienes interés en incorporar a tu vida esta virtud, el Señor lo tiene mucho más.

Por todo ello, ten paciencia, no te desanimes, confía, espera, pide mucho...y que los fallos te sirvan como al ave Fénix, para resurgir de tus cenizas. Y puesto que el Señor escribe derecho con renglones torcidos", es posible que cuanto más hundido te veas -pensando en la inutilidad de tus esfuerzos- El esté más contento de ti por tu perseverancia de un día y otro, que habrá hecho posible que, por eso mismo, seas ya un poco más humilde sin tú saberlo.

En el momento mismo en que levantes tu corazón a Dios pidiéndole humildad, piensa que por ese solo hecho ya has empezado a ser humilde...

Alegría

Hay un anuncio de publicidad que dice: «No pidáis a Dios éxito, dinero, fama... pedidle a Dios... alegría.»


Un maestro espiritual recomienda: «Uno de los mejores actos de caridad es animar, alegrar a los otros, a los enfermos, a quienes lo pasan mal, a cuantos nos necesitan....».


La alegría no se ve. La alegría se percibe, es expansiva y beneficiosa. La alegría posee una poderosa carga de atracción irresistible. La alegría cura. La alegría transforma...


El que vive en calidad de vida, cuando experimenta la alegría interior. No existe esa calidad sin alegría espiritual.



Anda, esconde tus lágrimas y muestra un rostro sonriente, animoso, alegre... Ayudarás a más de uno.


Anda, sé alegre y canta desde tu corazón la mejor melodía: la de la generosidad. Experimentarás paz y gozo.


La alegría cristiana puede contra todos los sufrimientos...


Cristo, autor de la Alegría, da sentido y valor de trascendencia a todo. «Es el Resucitado quien enciende una fiesta continua en el corazón, en el interior de la persona que cree, espera y ama».


Fuente: J. Mª. Alimbau

23.1.08

El hombre sin rostro

"El hombre sin rostro"

Hace unos años, a un trabajador neoyorkino se le presentó la oportunidad de emigrar a una tierra de promisión donde podría darle un mejor futuro a su familia: Australia había abierto sus fronteras para la inmigración de trabajadores calificados ofreciendóles empleo y tierras.

En su familia, había un joven muy apuesto, su hijo, quien tenia aspiraciones de convertirse en un famoso trapecista de algún circo o ser un gran actor.

Este joven, mientras esperaba que llegara su oportunidad con algún circo, trabajó en los embarcaderos locales, que bordeaban los peores sectores del puerto de Sidney. Caminando a casa, una tarde, fue atacado por unos delincuentes que querían robarle. El joven cometió el error de resistirse, por lo que los maleantes procedieron a golpearlo salvajemente. Con sus botas y manoplas de acero golpearon su rostro y todo su cuerpo, dejándolo al borde de la muerte.

Cuando la policía lo encontró tirado en el camino, asumieron que el ya estaba muerto y llamaron a la camioneta de la morgue. En el trayecto hacia la morgue uno de los policías lo escucho respirar roncamente y de inmediato lo trasladaron a la unidad de emergencia de un hospital local.

Salvó su vida, pero paso un año en el hospital. Cuando finalmente salió, tenía un rostro que producía rechazo ante los que se le cruzaban. Ya no era aquel joven apuesto que todos habían admirado.

Cuando el joven empezó a buscar trabajo fue rechazado repetidamente en todos lados, debido al aspecto repulsivo de su apariencia. Un posible empleador le sugirió que se uniera al circo bajo el nombre de "El Hombre sin Rostro". El tuvo que hacer esto por un tiempo, aunque se sentía rechazado y casi nadie quería acercarse o acompañarle. Tuvo pensamientos suicidas.

Un día, este joven pasó frente a una iglesia y buscando algo de paz, entró. Después de escuchar sus lamentos un sacerdote se le acercó y hablaron por largo tiempo.

El sacerdote se impresionó tanto con este joven que le dijo que haría todo lo que estuviera a su alcance para ayudar a restaurarle el rostro, su dignidad y su vida. Sólo le pidió que confiara en que la piedad de Dios lo liberaría de ese tormento.

El joven asistió, desde entonces, cada día a los servicios religiosos donde le agradecía a Dios por salvarle la vida y le pedía, tan solo, que le diera paz interior y la gracia para convertirse en el mejor hombre que él pudiera llegar a ser a los ojos de Dios.

El sacerdote, a través de sus contactos personales, consiguió los servicios del mejor cirujano plástico de Australia. El doctor también se impresionó tanto por el joven, quién miraba ahora a la vida con tanta alegría, esperanza y amor a pesar de la horrible experiencia que había sufrido.

La cirugía fue todo un éxito. Se le hizo también el mejor trabajo de reconstrucción dental. Este joven se convirtió en todo lo que le prometió a Dios que sería. También fue bendecido abundantemente con una hermosa y maravillosa esposa y muchos hijos. Además alcanzó un éxito impresionante en una carrera en la que sin duda hubiese sido el último en encontrar éxito si no hubiese sido por la gracia de Dios y el amor de las personas que se preocupaban por él.

Esta historia es real y él mismo se encargó de hacerla pública. Este joven es MEL GIBSON, y su vida sirvió de inspiración para la película "El hombre sin rostro", que él mismo produjo.

(Texto original en ingles de Paul Harvey)