9.2.08

Domingo I de Cuaresma

Comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. -predicador de la Casa Pontificia- a la Liturgia de la Palabra del domingo I de Cuaresma.

Génesis 2, 7-9;3.1-7; Romanos 5, 12-19; Mateo 4,1-11

El demonio, el satanismo y otros fenómenos relacionados son de gran actualidad e inquietan no poco a nuestra sociedad. Nuestro mundo tecnológico e industrializado pulula de magos, brujos urbanos, ocultismo, espiritismo, escrutadores de horóscopos, vendedores de hechizos, de amuletos, así como de auténticas sectas satánicas. Expulsado por la puerta, el diablo ha entrado por la ventana. O sea, expulsado por la fe, ha vuelto a entrar con la superstición.

El episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto, que se lee el primer domingo de Cuaresma, nos ayuda a aportar un poco de claridad a este tema. Ante todo, ¿existe el demonio? Esto es, ¿la palabra "demonio" indica de verdad alguna realidad personal, dotada de inteligencia y voluntad, o es simplemente un símbolo, un modo de hablar que indica la suma del mal moral del mundo, el inconsciente colectivo, la alienación colectiva y cosas por el estilo? Muchos, entre los intelectuales, no creen en el demonio según el primer sentido. Pero se debe observar que grandes escritores y pensadores, como Goethe o Dostoiewski, tomaron muy en serio la existencia de satanás. Baudelaire, que no era ciertamente trigo limpio, dijo que «la mayor astucia del demonio es hacer creer que no existe».

La principal prueba de la existencia del demonio en los evangelios no está en los numerosos episodios de liberación de posesos, porque en la interpretación de estos hechos pueden haber influido creencias antiguas sobre el origen de ciertas enfermedades. Jesús tentado en el desierto por el demonio: ésta es la prueba. Prueba son también los muchos santos que han luchado en vida contra el príncipe de las tinieblas. No son quijotes que pelearon contra molinos de viento. Al contrario: fueron hombres y mujeres concretos y de psicología sanísima.

Si muchos encuentran absurdo creer en el demonio es porque se basan en libros, pasan la vida en bibliotecas o en el escritorio, mientras que al demonio no le interesa la literatura, sino las personas, especialmente los santos. ¿Qué puede saber sobre satanás quien jamás ha tenido nada que ver son su realidad, sino sólo con su idea, esto es, con las tradiciones culturales, religiosas, etnológicas sobre satanás? Esos tratan habitualmente este tema con gran seguridad y superioridad, liquidando todo como «oscurantismo medieval». Pero se trata de una falsa seguridad. Como si alguien se jactara de no temer un león aduciendo como prueba el hecho de que ha visto muchas veces su imagen y jamás le ha dado miedo. Por otro lado, es del todo normal y coherente que no crea en el diablo quien no cree en Dios. ¡Sería hasta trágico si alguien que no cree en Dios creyera en el diablo!

Lo más importante que tiene que decirnos la fe cristiana no es, en cambio, que el demonio existe, sino que Cristo ha vencido al demonio. Cristo y el demonio no son para los cristianos dos principios iguales y contrarios, como en ciertas religiones dualistas. Jesús es el único Señor; satanás no es sino una criatura que «se perdió». Si se le concede poder sobre los hombres es para que estos tengan la posibilidad de hacer libremente una elección y también para que «no se ensoberbezcan» (2 Co 12,7) creyéndose autosuficientes y sin necesidad de redentor alguno. «Qué locura la del viejo satanás -dice un canto espiritual negro-. Ha disparado para destruir mi alma, pero ha errado el tiro y destruyó en cambio mi pecado».

Con Cristo no tenemos nada que temer. Nada ni nadie puede hacernos daño si nosotros no lo queremos. Satanás -decía un antiguo padre de la Iglesia--, tras la venida de Cristo, es como un perro atado en la era; puede ladrar y abalanzarse cuanto le plazca; si no nos acercamos, no puede morder. ¡Jesús en el desierto se liberó de satanás para liberarnos de satanás! Es la gozosa noticia con la que iniciamos nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua.

La vocación de San Mateo (Mt 9, 9-13)

Jesús acaba de curar un paralítico en la casa de Cafarnaúm, “y pasando Jesús de allí otra vez junto al mar”… Salía hacia el mar, probablemente para huir del entusiasmo de las multitudes, o para enseñar a los pescadores y a los comerciantes, que no habían podido escucharle en la ciudad.

Como siempre, aprovecha Jesús para hacer apostolado y adoctrinar a la gente: “y venían a Él todas las gentes y les enseñaba”.

Cafarnaúm era una ciudad de paso entre el norte y el sur, el oriente y el occidente. Todas las mercancías que pasaban por allí tenían que pagar un impuesto. Los encargados de cobrar este impuesto era gente adinerada, que trabajaban al servicio del Imperio Romano, y su lugar de trabajo eran unas “oficinas portátiles” que coloban en la entrada de la ciudad: un sencillo banco de madera, una mesa, y, quizás, un pequeño toldo que les resguardara del calor o de la lluvia.

A estas personas se les llamaba “publicanos”, y eran odiados por sus conciudadanos por trabajar para el Imperio Romano, porque habitutalmente eran poco honrados, y porque se les consideraba pecadores y ladrones.

Jesús saldría de la ciudad de Cafarnaúm por la puerta de la ciudad que da al lago. En esa puerta estaban los publicanos. Mientras pasaba vio a muchas personas, pero se fijó en una: “vio a un hombre publicano, Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa, llamado Mateo” que seguramente estaba junto a otros compañeros de faena, sentado en el puesto de las contribuciones.

Jesús llamó a Mateo: “y le dijo: Sígueme”. Es probable que Jesús y Mateo ya hubieran intercambiado algunas palabras antes. Pero quizás la conversación fue así de directa. No lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que las palabras de Jesús tuvieron un efecto directo y total en la vida de Mateo: “Y levantándose, dejándolo todo (puesto, ganancias, compañeros, familia) le siguió”.

En aquel momento cambió el sentido de la vida de Mateo. Cambió la manera de vivir (de ser un tipo odiado, se convirtió en un apóstol, en alguien capaz de transformar el mundo).

Dice San Jerónimo que nadie puede desesperar de su salvación si realmente se ha convertido y lucha por hacer la voluntad de Dios.

Impresiona también la rapidez con la que responde Mateo. ¿Acaso no tomó su decisión precipitadamente? ¿Estaba siguiendo a un hombre cualquiera que lo llamaba a embarcarse en una empresa desconocida? ¿No era una locura lo que estaba haciendo Mateo? Probablemente Mateo ya conocía los grandes prodigios y milagros que Jesús había hecho, y al verle pasar se sintió atraido con la fuerza con la que un imán atrae al hierro.

Es tan grande el agradecimiento de Mateo porque Jesús le haya llamado que organiza una fiesta. Como era una persona rica monta una fiesta en su casa. Mateo aparece como el propietario de una casa en Cafarnaúm, y “da a Jesús un gran banquete en su casa”. Los banquetes y las fiestas son la celebración de un acontecimiento festivo y alegre. Y son también un medio de comunicar y hacer partícipes a los demás de una alegría.

También la fiesta en casa de Mateo significaba honrar a Jesús, y despedirse de sus colegas de profesión y de sus “amigos”. Probablemente la fiesta no la organizó Mateo el mismo día de su vocación, sino unos días después.

Y sucedió que estando sentado Jesús a la mesa en la casa, vinieron muchos pecadores y publicanos, y se sentaron a comer con Él y con sus discípulos

Jesús nos enseña que cualquier momento, cualquier ocasión, es buena para hacer el bien a los demás. Jesús, hasta en la intimidad de una fiesta, sigue predicando y enseñando.

Mucha gente se escandalizó: “Y viendo los fariseos y los escribas que comía con publicanos y pecadores, decían a sus discípulos: ¿Por qué come vuestro maestro con escribas y fariseos?

Jesús oye la acusación. Y contesta: “no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”. Jesús apela a la caridad, pues es como si les dijera: ¿de qué puede ser acusado un médico que está curando enfermos; acaso no es su trabajo, su gente? Jesús deja traslucir cuáles son los sentimientos de su corazón: compasión por los pecadores.

Los escribas y los fariseos desagradan a Jesús porque son frios de corazón.

Misericordia quiero y no sacrificio” dice Dios en la Sagrada Escritura. No es que Dios desprecie los sacrificios, pero esos sacrificios no sirven para nada si no se hacen por amor. Dice Santiago que “la religión pura e inmaculada es visitar a los huérfanos y viudas en su tribulación, y guardarse sin ser inficionado de este siglo” (Sant 1, 27).

Además, con su respuesta, Jesús deja en evidencia la ignorancia de los fariseos, pues si conocieran realmente las Escrituras sabrían que el Mesías vendría al mundo para reconciliar a los pecadores con Dios.

8.2.08

Matrimonio y familia

Santidad del matrimonio y de la familia

El hombre y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne, con la íntima unión de personas y de obras se ofrecen mutuamente ayuda y servicio, experimentando así y logrando, más plenamente cada día, el sentido de su propia unidad.

Esta íntima unión, por ser una donación mutua de dos personas, y el mismo bien de los hijos exigen la plena fidelidad de los esposos y urgen su indisoluble unidad.

Cristo, el Señor, bendijo abundantemente este amor multiforme que brota del divino manantial del amor de Dios y que se constituye según el modelo de su unión con la Iglesia.

Pues, así como Dios en otro tiempo buscó a su pueblo con un pacto de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por el sacramento del matrimonio. Permanece, además, con ellos para que, así como él amó a su Iglesia y se entregó por ella, del mismo modo, los esposos, por la mutua entrega, se amen mutuamente con perpetua fidelidad.

El auténtico amor conyugal es asumido por el amor divino y se rige y enriquece por la obra redentora de Cristo y por la acción salvífica de la Iglesia, para que los esposos sean eficazmente conducidos hacia Dios y se vean ayudados y confortados en su sublime papel de padre y madre.

Por eso, los esposos cristianos son robustecidos y como consagrados para los deberes y dignidad de su estado, gracias a este sacramento particular; en virtud del cual cumpliendo su deber conyugal y familiar, imbuidos por el espíritu de Cristo, con el que toda su vida queda impregnada de fe, esperanza y caridad, se van acercando cada vez más hacia su propia perfección y mutua santificación, y así contribuyen conjuntamente a la glorificación de Dios.

De ahí que, cuando los padres preceden con su ejemplo y oración familiar, los hijos, e incluso cuantos conviven en la misma familia, encuentran más fácilmente el camino de la bondad, de la salvación y de la santidad. Los esposos, adornados de la dignidad y del deber de la paternidad y maternidad, habrán de cumplir entonces con diligencia su deber de educadores, sobre todo en el campo religioso, deber que les incumbe a ellos principalmente.

Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen a su manera a la santificación de sus padres, pues, con el sentimiento de su gratitud, con su amor filial y con su confianza, corresponderán a los beneficios recibidos de sus padres y, como buenos hijos, los asistir n en las adversidades y en la soledad de la vejez.

De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano segundo (Núm. 48)

Ideas del Papa para la Cuaresma 2008

Ideas del Papa Benedicto XVI en el Mensaje para la Cuaresma (2008).

I. Los bienes materiales y la riqueza son algo bueno, queridos por Dios para el hombre, pero no somos propietarios de los bienes que poseemos.

Jn 3, 17 "Si alguno posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?"

  • Hacemos un uso correcto de los bienes cuando los usamos para servir a los demás.

  • Somos administradores de los bienes materiales.

  • Los medios materiales son bienes de los que la Providencia se sirve para ayudarnos en nuestras necesidades. Tienen un gran valor social, y un destino universal.

  • Socorrer a los necesitados es un deber de justicia, antes que de caridad.

  • La limosna educa a la generosidad del amor.

  • La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación del apego a los bienes terrenales, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina.

  • La limosna ha de hacerse "en secreto", lo que significa "con rectitud de intención". La limosna evangélica no es filantropía.

II. El hombre ha sido creado para amar. Solo amando, el hombre alcanza su plenitud y su felicidad. El egoísta es un pobre personaje que nada sabe de la felicidad.

  • Hay mayor felicidad en dar que en recibir.

  • La caridad cubre la multitud de los pecados.

  • La limosna auténtica es una manifestación práctica de la disposición interior de entrega total a las necesidades del prójimo (cfr. Mc 12, 44).

  • El amor es el único instrumento de reconciliación. La limosna ayuda a convertirse y reconciliarse con Dios y con los hermanos.

III. Hemos de hacer de nuestra vida un don total, hasta darnos a nosotros mismos.

  • La ley que guía la existencia de un cristiano es la ley del amor.

  • Lo más valioso que podemos dar no es el dinero -la riqueza humana-, sino el testimonio del amor a Dios.

Ideas para la educación

Trabajé siempre por amor

Si de verdad buscamos la auténtica felicidad de nuestros alumnos y queremos inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones, conviene, ante todo, que nunca olvidéis que hacéis las veces de padres de nuestros amados jóvenes, por quienes trabajé siempre con amor, por quienes estudié y ejercí el ministerio sacerdotal, y no sólo yo; sino toda la Congregación salesiana.

¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.

Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor.

Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Este era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto, nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Son hijos nuestros, y, por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.

Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.

En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

De las cartas de san Juan Bosco, presbítero (Epistolario, Turín 1959, 4 201-203)


Aprender a madurar

Aprender a madurar

Fuentes Mendiola, A.

p. 23 El collar

p. 33 Amar no es solo sentir

p. 36 Aires de suficiencia

p. 39 La suficiencia aisla. Cyrano

p. 49 La libertad. Su mal uso genera esclavitud y culpa. Aquí, comentar la parábola del hijo pródigo y libro de Manglano, la confesión

p. 79 Hipocresía (sinceridad, unidad de vida).

p. 83 Sencillez sin repliegues

p. 85 Respetos humanos

p. 90 Primeros cristianos (p. 71)

p. 102 Caridad (San Bernardo)

p. 105 once bienaventuranzas de Tomás Moro

p. 112 Socrates

p. 120 Rasgos del carácter de una persona virtuosa

p. 130 Pautas para madurar

p. 132 Unidad de vida

p. 147 Pautas para madurar

p. 150 Rasgos del carácter de una persona coherente

p. 155 Ideas madres

p. 162 Pautas para madurar

p. 164 Afectividad y vida moral

p. 166 Enseñar a disfrutar haciendo el bien

p. 167 El amor; p. 173 donde está tu tesoro, allí está tu corazón

p. 174 Guarda del corazón

p. 178 Pautas para madurar

p. 182 Madurar las decisiones

p. 189 Pautas para madurar (fidelidad)

p. 191 Momo y la enfermedad de los hombres grises

p. 194 Ideas madre para el gobierno

p. 195 El valor de las dificultades Aprovechar lo que contraría

p. 199 Ideas madre para el gobierno

p. 200 El cohete vanidoso

p. 203 Pautas para madurar

p. 205 Comenzar y recomenzar. Lucha ascética

p. 213 Pautas para madurar

p. 219 Vida de fe

p. 226 El esbirro (vida de fe)

p. 246 Aprovechamiento del tiempo. Muerte

p. 256 Amor como identificación de voluntades. Santa Teresa

p. 258 Una musulmana en un curso de Cristología

p. 281 Robert Spaemann y el sentido del dolor

p. 282 Servir con generosidad. Obras son amores y no buenas razones

p. 294 Actuar con coherencia. Unidad de vida

p. 309 Con las manos llenas. Hacer rendir los propios talentos

Unidad, caridad

La multitud de los creyentes no era sino un solo corazón y una sola alma

Ved qué dulzura y qué delicia, convivir los hermanos unidos. Ciertamente, qué dulzura, qué delicia cuando los hermanos conviven unidos, porque esta convivencia es fruto de la asamblea eclesial; se los llama hermanos porque la caridad los hace concordes en un solo querer.

Leemos que, ya desde los orígenes de la predicación apostólica, se observaba esta norma tan importante: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo. Tal, en efecto, debe ser el pueblo de Dios: todos hermanos bajo un mismo Padre, todos una sola cosa bajo un solo Espíritu, todos concurriendo a una misma casa de oración, todos miembros de un mismo cuerpo que es único.

Qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos. El salmista añade una comparación para ilustrar esta dulzura y delicia, diciendo: Es ungüento precioso en la cabeza, que baja por la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento. El ungüento con que Aarón fue ungido sacerdote estaba compuesto de substancias olorosas. Plugo a Dios que así fuese consagrado por primera vez su sacerdote; y también nuestro Señor fue ungido de manera invisible entre todos sus compañeros. Su unción no fue terrena; no fue ungido con el aceite con que eran ungidos los reyes, sino con aceite de júbilo. Y hay que tener en cuenta que, después de aquella unción, Aarón, de acuerdo con la ley, fue llamado ungido.

Del mismo modo que este ungüento, doquiera que se derrame, extingue los espíritus inmundos del corazón, así también por la unción de la caridad exhalamos para Dios la suave fragancia de la concordia, como dice el Apóstol: Somos el buen olor de Cristo. Así, del mismo modo que Dios halló su complacencia en la unción del primer sacerdote Aarón, también es una dulzura y una delicia convivir los hermanos unidos.

La unción va bajando de la cabeza a la barba. La barba es distintivo de la edad viril. Por esto, nosotros no hemos de ser niños en Cristo, a no ser únicamente en el sentido ya dicho, de que seamos niños en cuanto a la ausencia de malicia, pero no en el modo de pensar. El Apóstol llama niños a todos los infieles, en cuanto que son todavía débiles para tomar alimento sólido y necesitan de leche, como dice el mismo Apóstol: Os alimenté con leche, no con comida, porque no estabais para más. Por supuesto, tampoco ahora.

De los tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos (Salmo 132: PLS 1, 244-245)

Las maravillas de Dios

Primero, Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, con grandes portentos y prodigios; los hizo pasar el mar Rojo a pie enjuto; en el desierto, los alimentó con manjar llovido del cielo, el maná y las codornices, cuando padecían sed, hizo salir de la piedra durísima un perenne manantial de agua; les concedió la victoria sobre todos los que guerreaban contra ellos; por un tiempo, detuvo de su curso natural las aguas del jordán; les repartió por suertes la tierra prometida, según sus tribus y familias. Pero aquellos hombres ingratos, olvidándose del amor y munificencia con que les había otorgado tales cosas, abandonaron el culto del Dios verdadero y se entregaron, una y otra vez, al crimen abominable de la idolatría.

Después, también a nosotros, que, cuando éramos gentiles, nos sentíamos arrebatados hacia los ídolos mudos, siguiendo el ímpetu que nos venía, Dios nos arrancó del olivo silvestre de la gentilidad, al que pertenecíamos por naturaleza, nos injertó en el verdadero olivo del pueblo judío, desgajando para ello algunas de sus ramas naturales, y nos hizo partícipes de la raíz de su gracia y de la rica sustancia del olivo. Finalmente, no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros como oblación y víctima de suave olor, para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado.

Todo ello, más que argumentos, son signos evidentes del inmenso amor y bondad de Dios para con nosotros; y, sin embargo, nosotros, sumamente ingratos, más aún, traspasando todos los límites de la ingratitud, no tenemos en cuenta su amor ni reconocemos la magnitud de sus beneficios, sino que menospreciamos y tenemos casi en nada al autor y dador de tan grandes bienes; ni tan siquiera la extraordinaria misericordia de que usa continuamente con los pecadores nos mueve a ordenar nuestra vida y conducta conforme a sus mandamientos.

Ciertamente, es digno todo ello de que sea escrito para las generaciones futuras, para memoria perpetua, a fin de que todos los que en el futuro han de llamarse cristianos reconozcan la inmensa benignidad de Dios para con nosotros y no dejen nunca de cantar sus alabanzas.

Del comentario de San Juan Fisher, obispo y mártir, sobre los Salmos (Salmo 101: Opera omnia, edición 1597, pp. 1588-1589)

Esquí en La Molina

Motivos pastorales serios, me impidieron atender por unos días este blog.

La clase de religión

Publicado en ABC 21-11-2005

Mantengo que la Religión es una asignatura tan evaluable como cualquier otra. No faltan personas que defienden que al calificar la asignatura de Religión se incurre en una actividad discriminatoria, pues se evalúa en función de unas creencias que no son obligatorias. Es evidente que no hay ningún problema. El impedimento así planteado es absurdo, meramente ideológico y no educativo.

No hay ningún inconveniente, porque en la clase de Religión no se evalúa la fe ni la actitud religiosa del alumno, ni si es bueno o malo, ni si va a misa los domingos o no, o si cumple mejor o peor el cuarto mandamiento de la Ley de Dios.

Tampoco se evalúa en la clase de Ciencias Naturales su amor por la naturaleza, ni si va al campo los domingos en vez de jugar a la video-consola, ni se le suspende porque haya pescado truchas sin licencia. En Religión, como en el resto de las asignaturas, se evalúan los conocimientos que el alumno posee y no la calidad de su vida cristiana.

Antonio García-Berbel Mudarra
Profesor y ex-Diputado
Granada