20.4.08

Creación

El Cardenal de Viena cuenta en una meditación que un amigo suyo fue a clases con Lagrange. Un día, dijo: "Dios..." y se calló. Volvió a intentarlo. Y a la tercera, se levantó y se fue... Desbordado, optó por marcharse...

En la vida de un académico... se encuentra ante el misterio de Dios.

Dios, inabarcable... pero Dios decide transmitir el ser a nosotros hombres, con una imagen y semejanza suya, por un derroche de su amor.

Que nos asombremos de ese hecho: un Dios que nos desborda, ha decidido crear un mundo, y a mi

Dios está en cada hombre como su creador. Hay una presencia fundante de Dios en cada hombre. La obra necesita del autor mientras se confecciona. En el hombre, está Dios creador.

(1 Jn 1, 7).

Profundizar en la presencia de Dios. Que no es una cuestión de memoria.

La presencia de Dios es fundante. Hace que seamos. Es el amor ininterrumpido hacia cada uno: porque nos quiso, nos quiere.

Somos, porque Dios nos quiere.

Ante mundi constitutionem (Ef).

Dios está presente en mi vida, es más íntimo que mi propia intimidad (San Agustín).

La presencia de Dios no es hacer esfuerzos de imaginación.

Dios está en nosotros, haciendo que seamos, para conducirnos con nuestra colaboración.

Dios no nos abandona nunca, ni siquiera cuando pecamos.

Vamos a dar un paso más: situados así, ¿Por qué cada uno de nosotros? ¿Por qué existo yo?

La existencia es la vocación primera, de la que derivan las demás vocaciones.

Dios se enamora de la singularidad de cada uno, de la individualidad. Esta es mi grandeza. Este es el telón de fondo de nuestra vida.

Cuando Dios hace la creación nos elige.

Pensarlo en novedad, superando la frivolidad sobrenatural. Estas verdades siempre desconciertan.

Cada uno de nosotros somos una nueva creación de Dios.

Herejía: en el comienzo de la creación Dios creo las almas, y las retuvo, para ir después aplicándolas.

La potencia de Dios se vuelca en la creación de cada persona. En el desplegarse de la vida de esa persona vienen las demás vocaciones.

Dios nos ama hasta el punto de que somos. San Josemaría usaba una imagen: somos trono de la Trinidad beatísima. Dios está asentado en nosotros.

Cuando Dios crea, crea alguien distinto de sí y lo coloca fuera de sí, pero al elevarlo al orden sobrenatural, Dios toma a esa criatura y la mete dentro de sí.

Vivimos en el corazón de la vida trinitaria.

Dios no es un ser próximo, cercano... Es más íntimo que mi propia intimidad.

Elegidos para ser santos, en su presencia... para alabanza de la gloria de la gracia.

Introductoria

(Mt 11, 25)

Pedimos luces para descubrir exactamente lo que Dios quiere de cada uno de nosotros.

Dejarnos sorprender por Dios.

Todo en nuestra vida entra en los planes de Dios.

En una meditación (28/4/63), nuestro Padre, en el oratorio del cg habló de la locución del año 1931 sobre la filiación divina. Explicó que lo que no entendía entonces, lo entendió más tarde.

Dios hace descubrir el sentido de las cosas. Siempre hay algún descubrimiento en un curso de retiro, si nos ponemos a tiro.

Siempre hay puntos de re-comienzo y de comienzo.

Hemos de ver el transcurrir de nuestra vocación como un ir esperando que Dios nos descubra algo.

Todavía no lo hemos visto todo. No hemos visto todo el espíritu de la Obra.

Dios dice por boca de Ezequiel: “os daré un corazón nuevo. Infundiré un espíritu nuevo”.

Si se mete el 'todo es lo mismo'…

La vocación tiene que estar cuajada de sorpresas.

Corazón, amor y espiritu nuevo.

Que Dios ilumine vuestro corazón... (Efesios).

Entender con el corazón. Se entiende cuando se ama. Piedad de niños, doctrina de teólogos.

19.4.08

Cosas pequeñas

"Recordad, no obstante, que las obligaciones más leves en apariencia suelen ser, en la práctica, las más penosas. Se puede franquear una montaña, y tropezar con un guijarro".


Bernanos, Diálogo de Carmelitas, p. 46

San Juan Bautista

Meditación -en italiano- sobre San Juan Bautista del P. Rainiero Cantalamessa.

Haz click para oírla

Humanidad Santísima del Señor

«Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: « Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él».

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (Benedicto XVI, Deus Caritas est, n. 1).

La respuesta plena y total a las inquietudes humanas que aspiran a la plenitud de la verdad y felicidad se encuentran en Jesucristo, que se presenta como el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6).

La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, « imagen de Dios invisible » (Col 1, 15), « resplandor de su gloria » (Heb 1, 3), « lleno de gracia y de verdad » (Jn 1, 14): El es « el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6). Por esto la respuesta decisiva a cada interrogante del hombre, en particular a sus interrogantes religiosos y morales, la da Jesucristo; más aún, como recuerda el Concilio Vaticano II, la respuesta es la persona misma de Jesucristo: « Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación »” (Veritatis Splendor).

Muchas veces, para referirse a sí mismo, Jesús utiliza el título de “hijo del hombre” (Jn 3, 13-16). Con esa expresión quería explicarnos que había asumido completamente la naturaleza humana. Y eso era para Él una humillación. El sufrimiento y la muerte en la Pasión fueron la consecuencia de esa humillación.

Jesús asumió plenamente una naturaleza humana con todas sus consecuencias: nació y vivió en una familia normal y corriente, trabajó y se ganó el sustento con el sudor de su frente… El Evangelio no nos dice que Jesús se pusiera nunca enfermo, pero sintió la flaqueza propia de la condición humana (del mismo modo que sintió el pecado como si fuera propio de Él). Le conmovían las enfermedades porque veía en ellas las consecuencias del pecado (no en la persona que los padecía, sino en la humanidad en general). Lloró, al menos, tres veces.

Los evangelios presentan a Jesús especialmente atento a las debilidades y enfermedades humanas, en cualquiera de sus formas, para curarlas. Le vemos expulsar demonios, limpiar leprosos, sanar a ciegos, sordos, mudos y paralíticos, resucitar a muertos. Las gentes le seguían en grandísimo número atraídas por la belleza de su doctrina y también por su poder taumatúrgico. El mal y el dolor humanos, especialmente el espiritual -la ignorancia, el pecado- eran para Cristo como un imán: había venido a dar testimonio de la verdad para que todos la conocieran, a salvar lo que estaba perdido, a resucitar a todos después de la muerte” (Javier Echevarría, Eucaristía y vida cristiana).

La vida de Cristo es la luz que atrae como algo nuevo y consolador más allá de todo lo terreno. Jesús se encarna para mostrarnos el “hombre ideal” al que todos debemos parecernos.

Jesús nos dice de sí mismo que es:

  • Luz del mundo (Jn 8, 12) (sólo hay un sol para alumbrar al mundo físicamente. Jesús es la única luz del mundo en sentido espiritual).
  • Puerta (Jn 10, 7-9).
  • Buen pastor (Jn 10, 11-14).
  • La resurrección y la vida (Jn 11, 25)
  • El camino, la verdad y la vida (Jn 14, 16) (identifica su personalidad con la sabiduría).
  • Vid verdadera (Jn 11, 25).
  • Pan de vida (Jn 6, 35-41, 48-51)

El primer mandamiento de la Ley de Dios nos dice que debemos amar a Dios sobre todas las cosas. Ese mandamiento se materializa poniendo en el centro de nuestra vida y de nuestro día a Jesucristo. La vida cristiana consiste en enamorarse de Jesucristo. Ser santos es ser amigos de Jesús, conocerle, seguirle de cerca. “El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesion fiel a su voluntad” (Benedicto XVI, encuentro con seminaristas, Iglesia de San Pantaleón, Colonia, 18/08/05).

La única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro « Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna»” (Redemptor hominis).

Para conocer y amar a Jesús hemos de leer y meditar con mucha frecuencia el Evangelio, donde está escrita su vida. “Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por Él mismo” (Catecismo de la Iglesia Católica, 426).

Para entender a Jesús resultan fundamentales las repetidas indicaciones de que se retiraba "al monte" y allí oraba noches enteras, "a solas" con el Padre. Estas breves anotaciones descorren un poco el velo del misterio, nos permiten asomarnos a la existencia filial de Jesús, entrever el origen último de sus acciones, de sus enseñanzas y de sus sufrimientos. Este "orar" de Jesús es la conversación del Hijo con su Padre, en la que están implicadas la conciencia y la voluntad humanas, el alma humana de Jesús, de forma que la "oración" del hombre pueda llegar a ser una participación en la comunión del Hijo con el Padre” (Benedicto XVI, Jesús de Nazareth).

Para un cristiano, que intenta imitar a Jesús, es indispensable la oración: “Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo” (Deus caritas est, n. 37).

18.4.08

Cómo ser un líder virtuoso

Entrevista con Alexandre Havard



ROMA, lunes, 14 abril 2008 (ZENIT.org).- Los líderes no nacen, se hacen. Y el liderazgo no es algo reservado a las élites sino una vocación generalizada. Son ideas promovidas por el director del Centro Europeo para el Desarrollo del Liderazgo (European Center for Leadership Development), Alexandre Havard.



Este emprendedor cuenta a Zenit que cuando más profundamente se viven las virtudes, más se puede cambiar la cultura.



Havard ha ideado el programa ejecutivo titulado «Liderazgo virtuoso» que convierte las virtudes clásicas como base para la excelencia personal y profesional.



Su experiencia está ahora recogida en un libro en inglés, «El liderazgo virtuoso, una agenda para la excelencia personal» («Virtuous Leadership: An Agenda for Personal Excellence», Scepter).



--Los líderes: ¿nacen o se forman?



--Havard: El liderazgo es cuestión de carácter. El carácter es algo que podemos configurar, moldear y fortalecer. Fortalecemos nuestro carácter a través de la práctica habitual de hábitos morales sanos, llamados virtudes éticas o morales. Las virtudes son cualidades de la mente, la voluntad y el corazón. Las adquirimos con nuestros esfuerzos. El acto propio para adquirirlas es un acto de liderazgo.



El carácter no es el temperamento. El temperamento es innato, es un producto de la naturaleza. Puede ayudar en el desarrollo de algunas virtudes e impedir otras. Si soy apasionado por naturaleza, puede parecerme relativamente fácil la práctica de la valentía, pero si soy reticente, puede ser que el coraje se convierta para mí en un auténtico reto. Sin embargo, precisamente mis defectos de temperamento me hacen consciente de que debo luchar por superarlos. De este modo los defectos se convierten en fuerza moral.



Las virtudes imprimen carácter en nuestro temperamento de modo que éste ya no nos domina. Si me faltan virtudes, seré un esclavo de mi temperamento. Las virtudes regulan el temperamento. Una persona impulsiva, inspirada por la virtud de la prudencia, se convierte en más reflexiva. La persona ansiosa y dudosa, inspirada por la misma virtud, se siente impulsada a actuar y a no demorarse. Las virtudes estabilizan nuestra personalidad y relegan las manifestaciones extremas.



El temperamento no tiene que ser un obstáculo para el liderazgo. El obstáculo real es la falta de carácter, que nos deja rápidamente secos, sin energía moral, y bastante incapaces para ejercer el liderazgo.



Hay quien piensa que uno tiene que haber nacido líder, que algunos tienen un don especial y otros no, que el liderazgo es algo ligado al temperamento o a la experiencia. No todos pueden ser Roosevelt o un De Gaulle o un Churchill, piensan. Nada más lejos de la verdad. El liderazgo no está reservado a una élite. No es una vocación de unos pocos. Jefes de estado, profesores, profesionales industriales, amas de casa, responsables militares, agentes sanitarios..., todos ejercen el liderazgo.



La gente espera que hagan lo justo, que sean hombres y mujeres de carácter y virtud, motivados por una visión magnánima hacia las personas que tienen a su cargo. Y se sienten defraudados si fallan. Los líderes tienen que ser virtuosos para ser líderes reales y, ya que la virtud es un hábito que se adquiere con la práctica, decimos que los líderes no nacen, se hacen.



--¿Qué significa que el carácter es la virtud en acción?



--Havard: Que las virtudes son más que simples valores. Las virtudes son fuerzas dinámicas. De hecho, su raíz en latín, «virtus», viene de fuerza o poder. Cada una, si se practica habitualmente, reafirma progresivamente la propia capacidad para actuar.



En mi libro me refiero a seis virtudes. La magnanimidad, para luchar por cosas grandes y plantearse desafíos a uno mismo y a los demás. La humildad, para superar el egoísmo y acostumbrarse a servir a los otros. La prudencia, para tomar decisiones justas. La valentía, para mantenerse y resistir a todo tipo de presiones. El autocontrol, para subordinar las pasiones al espíritu y al cumplimiento de la misión y la justicia, para dar a cada uno lo que merece.



Los líderes son magnánimos en sus sueños, visiones y sentido de misión, en su capacidad para esperar, confianza y osadía, en su entusiasmo por el esfuerzo que requiere el éxito en su trabajo. También en su propensión para usar medios proporcionados a sus objetivos, en su capacidad para lanzarse desafíos a sí mismos y a los que tienen alrededor. La magnanimidad del líder está dirigida a servir a los otros, a su familia, clientes, colegas, a su país y a toda la humanidad.



Esta noble ambición para servir es uno de los frutos de la hermosa virtud de la humildad. Las virtudes no toman el lugar de la competencia profesional, sino que son parte de ésta.



Puedo tener un diploma en psicología y trabajar como consultor, pero si no tengo prudencia, me encontraré con dificultades para dar consejo a mis clientes.



Puedo tener un MBA [máster en administración de empresas] y ser un ejecutivo de una gran corporación, muy bien, pero si no tengo valentía, mi capacidad para liderar ante la dificultad queda en tela de juicio. La competencia profesional exige más que poseer técnicas o conocimientos académicos, implica la capacidad para usar este conocimiento para que dé frutos.



--¿Cualquier persona es capaz de adquirir y crecer en las virtudes?



--Havard: No todo el mundo se convierte en presidente o primer ministro, ni puede ganar el Premio Nobel de Literatura o jugar en los New York Yankees. Pero todo el mundo puede crecer en la virtud. El liderazgo no excluye a nadie. La virtud es un hábito, se adquiere por repetición.



Si actuamos con valentía repetidamente, al final lo haremos como una costumbre. Si repetidamente actuamos con humildad, se convertirá en una acción habitual. La infancia y la adolescencia desempeñan un papel muy importante en nuestras opciones futuras. Nuestros padres nos influencian para discernir entre el bien y el mal. Pero el crecimiento por sí solo, y la formación, no determinan el carácter. No es raro que niños que hayan crecido en la misma familia usen la libertad de manea distinta y se conviertan en personas muy distintas.



Como el temperamento, nuestro entorno cultural nos puede ayudar a desarrollar ciertas virtudes. En una sociedad marcada por la sensualidad, puede ser duro cultivar virtudes como el autocontrol y la valentía.



Puede ser duro vivir virtuosamente en el contexto cultural actual, pero no es imposible. La capacidad de decir que no nos confiere un gran poder. Somos libres para decidir hasta qué punto dejamos que la cultura actual nos afecte.



Hemos escogido libremente ser lo que somos. ¿Vicio o virtud? Depende de nosotros. La virtud implica y depende de la libertad. No se puede forzar, es algo que escogemos libremente. Si las practicamos asiduamente, el camino al liderazgo está abierto. El liderazgo empieza cuando usamos nuestra responsabilidad libremente.

14.4.08

Vida oculta de Jesús: cosas pequeñas

Testimonio de Andrea Feheery (trabaja en el Shellbourne Conference Center (Indiana, EEUU). Habla sobre su vocación como numeraria auxiliar.

“Tenemos una disponibilidad un poco diferente. Estamos disponibles para cuidar los Centros del Opus Dei y lograr que sean verdaderamente un hogar. Yo me veo realmente como la madre del Opus Dei. Disfruto mucho asegurándome de que se vea que esto es realmente un hogar, y no… una “institución” o algo por el estilo. Quiero que la casa esté bien decorada, que tenga una bonita apariencia, que resulte agradable cuando uno regresa a ese hogar. Así los miembros de la Obra que trabajan fuera, regresan sabiendo que encontrarán buena comida, que esa comida estará bien preparada y a tiempo, que su ropa estará limpia y que la casa estará limpia también. Alguien tiene que ocuparse de todo ello. Y yo puedo añadir ese toque especial, rezando por los que ahí viven, y eso es algo para lo que no puedes contratar a nadie”.

Imitamos la vida oculta de nuestro Señor: treinta años en el hogar de Nazareth, resumidos en el Evangelio con una sencilla frase:


Y bajó con ellos, y vino a Nazareth, y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres. (Lc 2, 51-52).

Las gentes le conocían como «faber» (el carpintero), «fabri filius» (el hijo del carpintero). Jesús santifica el trabajo y la vida de familia. Éste es el ejemplo maravilloso que nosotros tenemos que seguir.

En el hogar de Nazareth vemos un ambiente de trabajo empapado de servicio: buscando siempre el bien de los demás y no la propia afirmación. Aunque había motivos para presumir de la perfección del trabajo.

Vemos, también, una familia unida, en la que cada uno está pendiente de los demás. Amor y ayuda. Espíritu de servicio.

La escuela de Nazareth es la escuela de las cosas pequeñas. Por eso se entiende muy bien que, años después dijera el Señor:

«Quien es fiel en lo poco también es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho» (Lc 16, 10).

Una de las paradojas del espíritu cristiano es que podemos convertir en grande lo pequeño: el amor tiene un poder transformador imponente.

“Siguiendo estas enseñanzas, hemos de buscar, encontrar y tratar a Jesús, siempre vivo, que camina a nuestro lado en los avatares de cada jornada y que con su divinidad se aposenta —con el Padre y el Espíritu Santo— en el fondo de nuestro corazón. Esta consideración no se queda en una ilusión piadosa. Además de estar en el Cielo, con su Humanidad Santísima, a la diestra del Padre —como confesamos en el Credo—, Jesús permanece en la Iglesia y en cada cristiano por la gracia. Su presencia en nosotros y a nuestro lado es real, aunque no la veamos con los ojos de la carne; pero la experimentamos de mil modos: en los afanes de mejora personal —¡de santidad!— que nos infunde por el Espíritu Santo; en las ansias apostólicas que nos impulsan a salir al encuentro de otras almas, para ayudarlas a acercarse a Dios; en la mirada misericordiosa con que los cristianos nos dirigimos a todas las personas, sin distinción de raza, de cultura, de condición social, de religión. Todo esto resulta posible porque Jesucristo resucitado actúa con nosotros, nos acompaña, vive en nosotros”. (Carta del Padre, abril 2008).

Hoy en día se valora mucho lo pequeño, porque hay cosas muy pequeñas que tienen un gran potencial.

Hace unos días salía en la prensa la siguiente noticia:

El avance de las tecnologías provoca el cierre del último palomar militar de España, después de siglo y medio de romántica historia.

Un sencillo y corto acto sólo para militares acabó ayer de golpe y porrazo con siglo y medio de historia. Fue en Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde tiene su base el Regimiento de Transmisiones 22. Un coronel del Ejército pronunció las palabras de despedida, agradeciendo el servicio prestado y recordando que las nuevas tecnologías están invadiendo el mercado. Las palomas ya no son lo que eran.

Los cinco integrantes de la ya desaparecida Sección Colombófila del Ejército de Tierra soltaron las 300 aves mensajeras que entrenan y miman, alguno de ellos desde hace once años, y éstas, obedientes y disciplinadas como un soldado más, volaron juntas a casa, al palomar militar de El Pardo. La última misión.

Hoy serán entregadas definitivamente a
la Federación Española de esta disciplina. La noticia que se adelantó el pasado diciembre, finalmente se ha hecho realidad sin ningún tipo de publicidad ni de aviso previo. El Ejército español, inmerso en un proceso de remodelación, tiene palomas mensajeras desde 1879, cuando creó su primer palomar central en Guadalajara. En 1920 se trasladó a su sede actual de El Pardo, en Madrid. De éste dependían otros secundarios diseminados por todo el país que han ido desapareciendo paulatinamente, hasta hace un par de años, cuando cerró el penúltimo que quedaba, el de Sevilla.

Alguien podría pensar que es mal augurio esto de que el Ejército jubile a sus palomas. O a los superiores no le gustan las plumas o corren malos tiempos para el romanticismo. Los responsables de
la Sección Colombófila, que ya esperan nuevo destino, reconocen su pena por esta clausura. Dicen no entender que, pese a los continuos avances tecnológicos, el Ejército no tenga hueco para cinco militares y 300 pájaros. Porque están convencidos de que, en caso de destrucción total de las comunicaciones, la única manera de enviar mensajes sería en las patas de esos animales. Además, destacaban la labor de 'captación' que realizaban en muchos colegios, donde los niños veían así una de las pocas caras amables del Ejército, alejada de tanques y bombas.

La número 46.415

Ayer, sin embargo, no hubo declaraciones. Y no habrá más palomas condecoradas, como la 46.415 que reposa disecada en el Museo del Ejército.

Corría 1937, en ple­na Guerra Civil. 200 guardias civiles sublevados estaban sitia­dos en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Jaén, junto a 1.200 personas.

Aguantaron 256 días el asedio de los republicanos gracias a las palomas que les conectaban con el Gobierno Militar de Córdoba y suministraban información sobre cómo hacerles llegar alimentos.

La [paloma número] 46.415 fue herida de bala y cayó. Arras­trándose llegó a su destino, entre­gó el mensaje y murió.

Se ve que ya no tiene importancia algo tan pequeño como una paloma... porque tiene más importancia algo aún más pequeño: un microchip.

Convertir en grande lo pequeño: se podría decir que uno de los rasgos capitales del espíritu del Opus Dei es éste. Convertir lo de cada día en cosa trascendente.
Pero no por una especie de juego de magia artificial. Más bien por la importancia objetiva que tienen delante de Dios los detalles más pequeños.

Por la sencilla razón de que el amor dilata las pupilas, y Dios es amor.

En el mes de abril de 1996 el Dr. Pujals acompañaba al Padre a recibir una visita en una salita junto al vestíbulo de Bruno Buozzi 73. El trayecto desde la Villa Vechia es corto, y el Padre le dijo tres cosas: que podía abrir una de las ventanas de la escalera que va al 73, porque estaba un poco cargado el ambiente; que se podía apagar una lámpara de pie que hay junto al garaje, y colocó bien él mismo la esquina de la alfombra del 73, que estaba doblada.

Para muchas personas lo heroico es lo extraordinario, el contraste entre lo grande y lo pequeño.


Y no se dan cuenta de que ese heroísmo es sencillamente imposible si no somos capaces de dar importancia a lo menudo.

En octubre de 1998 hubo en Roma una cve de vcr. El Padre les recordó que había que hacer bien las cosas grandes (de las que estaban tratando esos días), pero también las pequeñas. En concreto, les dijo que la mesa para el comentario del documento se la habían puesto al revés, con el travesaño que golpea al sentarse.

Si lo pequeño no se convierte en importante, por amor, entonces se nos empequeñece el corazón. Tener un corazón magnánimo implica amor a lo pequeño:

Considerad que uno de los rasgos capitales del espíritu de nuestro Padre era precisamente ese maravilloso engarce, en un corazón tan grande, en un alma que voló tan alto, con el amor a lo pequeño (D. Álvaro, Cartas de familia (2), n. 41).

La unidad de vida consiste en llenar de grandeza –de amor a Dios y a las almas– todo lo pequeño que llena nuestra vida diaria: Hijos míos, no hay cosas de poca importancia, decía San Josemaría.

Quien persevera en poner esfuerzo de fidelidad en lo poco de cada día, sentirá que el Padre le empuja a tener el alma grande (D. Álvaro, Cartas de familia (2), n. 41).

Hemos de poner esfuerzo para que no se nos escape el amor a Dios y a las almas por las rendijas de la negligencia en algo que parece pequeño.

Para eso necesitamos tener una intensa vida de oración. Y notaremos cómo el Señor nos está hablando constantemente en mil pequeños detalles de cada día.

Le encontraremos en el trabajo: en el heroísmo de aprovechar los minutos, de hacer rendir el tiempo.

Le encontraremos en el trato con los demás: "sonreír siempre, pasando por alto –también con elegancia humana– las cosas que molestan, que fastidian".

La vida interior se edifica mediante la lucha perseverante en los pequeños propósitos diarios. Hacemos cada día pequeños propósitos.

Así alcanzaremos la santidad que nos pide el Señor. Como José, como María, como Jesús en el hogar de Nazareth.

Leíamos antes el resumen que hace el Evangelio de la vida oculta del Señor:

Y bajó con ellos, y vino a Nazareth, y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres. (Lc 2, 51-52).

El secreto para valorar todo este tiempo escondido nos lo da el ejemplo de nuestra Madre la Virgen. “María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intranscendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!” (Es Cristo que pasa, n. 148).

Humildad personal y colectiva

La vanidad: una escalada hacia la estupidez. El cuento de la joya (Fuentes Mendiola, Aprender a madurar, p. 23).

“Digo que ya tu sabes que la humildad es la basa y fundamento de todas las virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea. Ella allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre a gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios; es madre de la modestia y hermana de la templanza; en fin, con ella no pueden atravesar triunfo que les sea de provecho los vicios, porque en su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las flechas de los pecados” (Miguel de Cervantes, El coloquio de los Perros, De Berganza a Cipión).

“A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!

Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Ya que habéis resucitado con Cristo, aspirad a los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios” (San Agustín, Sermón 304,1-4: PL 38,1395-1397).

Dios nos moldea.

“No eres humilde cuando te humillas, sino cuando te humillan y lo llevas por Cristo”.

El examen de conciencia.

D. Álvaro, de paso por Barcelona. Tertulia para d de Ctrs. Uno le pregunta: “Padre, llevo muchos años siendo d y a veces se me pasa por la cabeza que soy mejor que los demás”.

D. Álvaro contestó, rápido: “Haz examen, haz examen de conciencia”.

Es llenarse de Dios.

El convencimiento de que tenemos los pies de barro.

  • El Señor cuenta con nosotros así.

  • Sinceridad. Puntualidad en la cfx. Cfi, preparada. Ponerse en manos de quien lleva mi alma. Peligro: Ir a la cfi en son de queja o de justificación.

  • No entristecernos ante los errores, sino contrición y afán de cambiar. Ante una caída crecemos en humildad o crecemos en soberbia, pesimismo, ideas negativas.

  • Profundidad en la cfi.

La humildad es una virtud que conquista a Dios.

Que sepamos estar en nuestro sitio.

Nuestro sitio es el último.

En el año 98, a la promoción que celebraba las bodas de oro sacerdotales, el Padre les dijo: “que seáis el ultimo botón del último botín del último soldado”.

Peligro: afán de brillar, de figurar.

Al Padre, después de su ordenación episcopal comentó que le había conmovido en la Basílica de San Eugenio ver a gente escondida detrás de una columna.

Estar detrás de la columna cuesta. Eso es el Opus Dei, tantas personas santas que no buscan que les den las gracias.

Ni desánimos si la labor se atasca, ni hacer teorías... ¡A trabajar!

Podemos pensar que es muy difícil el panorama que tenemos por delante. “El cristiano no es más que un instrumento en manos del Señor”. “Quien gobierna el mundo es Dios, no nosotros. Nosotros ofrecemos nuestro servicio” (Deus caritas est).

Afán de servicio.

Disponibilidad.

No buscar un régimen de excepción.

Que me puedan decir las cosas.

Que me deje corregir. A todos nos dicen. No buscar excusas.

¿Cómo encajo la cof?

La vida en familia: poner el corazón en el suelo. Ser alfombra... o felpudo donde se restriegan las suelas.

Que nos puedan ningunear sin que salte el celo amargo.

Manifestaciones prácticas para crecer en humildad:

  • mirar al Sagrario.

  • Rezar muy bien el rosario: la repetición monótona de avemarías ayuda mucho. Nos ayuda a contemplar la vida de Cristo con los ojos de Maria.

13.4.08

Eucaristía

Una niña se preparaba para la Primera Comunión. Tenía una amiga protestante a la que contaba lo que aprendía. Un día le habló de la presencia real de Jesús en la Eucaristía. La protestante le contestó: “¿por qué no me lo has dicho antes? ¡Lo que me he perdido!”.

San Josemaría, en el año 73, escribió a un grupo de hijos suyos que se ordenarían sacerdotes: “Hijos, el fin principal de nuestra ordenación es darnos la capacidad de renovar cada día in persona Christi el Santo Sacrificio del Calvario. Jesús, por el infinito amor que tiene a los hombres ha querido quedarse con su cuerpo, con su alma, con su sangre y con su divinidad en el Sagrario para que podamos hacerle compañía con los ángeles, y para poder servirnos de alimento del alma en la Sagrada Comunión

La Eucaristía como sacrificio, como sacramento, y como presencia.

La conversión de Edith Stein.

Va de visita cultural con un grupo a una catedral católica de Alemania. Ve entrar una señora con la cesta de la compra que se va a la capilla del Santísimo, se pone de rodillas y se recoge en oración.

(Los protestantes fomentan mucho el sentido comunitario de la fe, pero no creen en la Eucaristía).

Meternos por caminos de oración y ser almas de Eucaristía.

“La Eucaristía conduce a los cristianos a tener los mismos sentimientos del Señor (cfr. Flp 2, 5), a tener «todos un mismo pensar y un mismo sentir» (cfr. 1 Cor 1, 10): a moverse en sintonía de intenciones, criterios y afectos” (Javier Echevarría, Eucaristía y vida cristiana).

El alma de todo apostolado es la eucaristía.

Si se mete la rutina en el amor a Dios, entra la tibieza.

“Con la presente Carta encíclica, deseo suscitar este «asombro» eucarístico” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistía).

“La Eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistía).

«No se puede "comer" al Resucitado, presente en la figura del pan, como un simple trozo de pan. Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de "comer", es realmente un encuentro entre dos personas, es dejarse penetrar por la vida de Aquel que es el Señor, de Aquel que es mi Creador y Redentor. La finalidad de esta comunión, de este comer, es la asimilación de mi vida a la suya, mi transformación y configuración con Aquel que es amor vivo. Por eso, esta comunión implica la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo, de seguir a Aquel que va delante de nosotros. Por tanto, adoración y procesión forman parte de un único gesto de comunión; responden a su mandato: "Tomad y comed"» (Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 26-V-2005).

Anécdota de la herencia en Montealegre por la forma de celebrar la Misa.

La entrega de Cristo en la Eucaristía alimenta nuestra entrega.

“Jesús, Palabra de Yahvé, en la Eucaristía educa progresivamente al alma que frecuenta con devoción su trato, y la empuja en un continuo crescendo a la entrega personal a la voluntad del Padre y al bien de los demás. Y enviándole repetidamente su Espíritu, enseña a la criatura a discernir sus inspiraciones, a cumplirlas con docilidad” (Javier Echevarría, Eucaristía y vida cristiana).

“La Comunión eucarística hace a Cristo sacramentalmente presente en nosotros, mientras permanecen las especies. Pero cuando las especies eucarísticas desaparecen, permanece lo que los teólogos medievales llamarán la «res» o efecto último de la Eucaristía: la unión con Cristo y en Él, con todos los cristianos: la unidad de la Iglesia. Comiendo todos un mismo cuerpo, nos hacemos un solo cuerpo (cfr. 1 Cor 10, 17)” (Javier Echevarría, Eucaristía y vida cristiana).

El amor a Jesús en la Eucaristía nos impulsa a ser apostólicos.

“El discípulo se sentirá débil si mira lo que personalmente es y vale; pero se sentirá fuerte en su apostolado cuando considere el poder del Nombre del Señor. Entonces, no cederá a los temores que las relaciones humanas puedan inducirle; no fiará su misión a sus dotes personales de ingenio, simpatía, comunicatividad; ni se abatirá por lo que estime como carencias de carácter, ciencia, cultura, prestigio, influencia social. Esa fue la experiencia de Pablo: «El me dijo: te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece en la debilidad (...). Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12, 9-10). También el cristiano, si ancla sus palabras y sus acciones «en el nombre de Jesús», que le entrega su vida en la Eucaristía y lo invita mar adentro a pescar hombres, echará sus redes con fe, como Pedro, para recoger con Él una gran cantidad de peces; y será un hijo de Dios que entregará su vida al Hijo del hombre para que todos se salven (cfr. Lc 5, 1-11)” (Javier Echevarría, Eucaristía y vida cristiana).

Cgi La Vall. Sabana Santa. Turín. Celebrando Misa delante del lienzo.

Corazón palpitándole. "Nos acostumbramos". Yo celebro Misa todos los días y no noto nada.

12.4.08

Jesucristo es un radical

El capítulo 6 del Evangelio de San Juan recoge uno de los discursos más largos y más profundos de Jesús: el que trata sobre la Eucaristía.

Jesús había provocado polémica entre los judíos por sus palabras: “disputaban los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52). No es difícil imaginar la conversación en tono crítico de aquellas personas, menospreciando a Jesús por lo que les estaba enseñando.

Lo que decía Jesús era realmente novedoso e ininteligible: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros” (Jn 6, 54).

¿Qué significa comer la carne del hijo del hombre y beber la sangre del hijo del hombre? ¿Qué significa tener “vida en uno mismo”?

Palabras misteriosas. Como misteriosas son también: “Yo soy el pan de vida”; “el que cree tiene vida eterna”, “yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo”…

Jesús creó polémica en la sinagoga de Cafarnaún, mientras enseñaba estas cosas. Y les reprochó a los oyentes su incredulidad: “me habéis visto y no creéis” (Jn 6, 35).

Muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: “este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?” (Jn 6, 60)

Eran palabras duras las que había pronunciado Jesús. Su mensaje, era, y sigue siendo duro: un mundo sin Dios es un mundo muerto, que no tiene vida; una vida sin Dios es una vida absurda, vacía, cadavérica.

Y es duro comprobar, en pleno siglo XXI, cómo las palabras de Jesús son una realidad en la vida de tantas personas que viven lejos de Dios: viven unas vidas vacías.

Los mismos discípulos de Jesús lo criticaban. “Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: ¿esto os hace vacilar?” (Jn 6, 62).

Jesús les hablaba de la Eucaristía, pero ellos probablemente no lo entendían. Y les reprocha su falta de fe o su incredulidad: “Las palabras que os dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen” (Jn 6, 65).

Esa incredulidad también es enfermedad nuestra. Sabemos que Jesús está realmente presente en la Eucaristía, en cada Sagrario de cada iglesia del mundo. ¿Le visitamos? ¿Vamos a verle?

Sabemos que para tener verdadera vida, el alimento es la Eucaristía. ¿Vamos a recibir a Jesús en la Eucaristía cada día que podemos… y podemos muchos? ¿O dudamos también nosotros de las palabras de Jesús y pensamos que su doctrina es muy dura y muy radical?

A Jesús lo abandonaron muchos de sus discípulos porque pensaban que era un radical. “Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él” (Jn 6, 67).

Sigue sucediendo hoy en día, que mucha gente, por desgracia, abandona a Jesús, abandona la fe, y acaba por abandonar un camino que lleva a la felicidad.

¿Por qué podemos abandonar a Jesús? Porque somos débiles y tocamos cada día con nuestras manos nuestra debilidad. Es fácil desanimarse cuando vemos que luchamos una y otra vez contra los mismos defectos y no conseguimos superarlos. Hay quienes, llevados del desánimo, intentan justificar su situación, y acaban pensando que las exigencias de la fe son muy radicales, que es imposible vivirlas. Y como quieren justificarse, antes que reconocer las propias miserias, prefieren criticar a Jesús, o negarlo.

Se nos olvida, también con frecuencia, que Dios no espera que seamos súper-hombres, porque con nuestras propias fuerzas podemos alcanzar pocos logros. Dios espera que confiemos en su gracia, en su ayuda: “por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede” (Jn 6, 66).

Para amar a Dios sobre todas las cosas y que sea el centro de nuestra vida no hay que ser unos voluntaristas capaces de alcanzar todas las metas que se proponen. Eso es imposible. La santidad, el Cielo, no se logra con grandes esfuerzos humanos. Dios da su gracia a los humildes, a los sencillos, a los que confían en Él antes que en sus propias fuerzas.

Esta es la radicalidad que nos pide Jesús: confiar en Él, acudir a Él con confianza para que nos dé lo que necesitamos (virtudes, un cambio de vida, una conversión…).

Ser santos, vivir como cristianos corrientes y coherentes no es hacer cada día cosas más espectaculares, como si fuéramos actores de circo. La santidad consiste en ser cada día más y mejores amigos de Jesús.

Viendo Jesús que sus discípulos le abandonaban, les preguntó a los que se quedaron junto a Él: “¿también vosotros queréis marcharos?” (Jn 6, 68). Y de la boca de San Pedro salieron unas palabras que probablemente emocionaran a Jesús: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios” (Jn 6, 69).

Jesús tiene palabras de vida eterna. Sus palabras están en el Evangelio. Sus palabras son palabras vivas, mucho más eficaces que los mejores discursos de los personajes más sabios de todos los tiempos, porque son palabra de Dios.