10.11.08

Vela noviembre ESO / Prim

Jesús, hemos venido para hacerte compañía. Sabemos que durante el mes de noviembre la Iglesia reza especialmente por las personas que han fallecido y que están en el purgatorio preparándose para entrar en el Cielo… y ser eternamente felices Contigo.

Nosotras ahora estamos en la tierra preparándonos para ir algún día al Cielo. Todas queremos disfrutar muchos años de vida aquí abajo, y después, estar junto a Ti.

Te pedimos por nuestros familiares que han fallecido, para que los purifiques cuanto antes. Ahora, en este rato junto a Ti, podemos conseguir que muchas personas salgan del purgatorio y se salven para siempre, para siempre, para siempre.

Cuando la Virgen se apareció en Fátima a los tres pastorcillos (Francisco, Jacinta y Lucia), les pidió que ofrecieran sacrificios para que mucha gente se convierta y se vaya al Cielo. Nosotros podemos ayudar a nuestras familias y a nuestros amigos a que sean felices ofreciéndo a Jesús pequeños sacrificios, tan sencillos como:

no ser perezosa y aprovechar el tiempo

estar atenta en las clases, especialmente en las que me gustan menos

haciendo los deberes que me mandan, cada día

obedeciendo en casa a mis padres

poniendo buena cara cuando me cuesta hacer algo

prestando favores a quienes me los pidan

tratando con el mismo cariño a todas las personas (aunque algunas me caigan mejor que otras)

siendo amiga de todas y no dejando nunca de lado a nadie

A Jesús le gustan mucho esas pequeñas mortificaciones que somos capaces de hacer para cumplir con nuestra obligación y querer a las personas que tenemos a nuestro lado. Y, ahora, durante este mes de noviembre, si somos sacrificados y le ofrecemos a Jesús cada día tres o cuatro sacrificios podemos conseguir el Cielo para muchas personas que, desde el purgatorio, nos están gritando: ¡¡por favor, haz algo por nosotros, que nosotros cuando entremos por la puerta grande del Cielo nos acordaremos de ti delante de Dios!!

¡A cuánta gente podemos ayudar a que entren en el Cielo! Serán nuestros mejores amigos, porque una persona a la que hemos ayudado a que se salve nunca se olvidará de nosotros cuando ya esté delante de Dios.

La fuerza más grande que reciben las almas del purgatorio viene de la misa. Yendo a misa, y ofreciéndola por ellas, sacaremos a un montón de personas del purgatorio.

Quizás el mejor propósito que podríamos hacer hoy es ir muchos días a misa durante este mes para rezar por las personas que están en el purgatorio. Así tendremos miles, millones de amigos que nos estarán ayudando desde el Cielo.

Vela noviembre BAC

1. Venimos a estar un rato con Jesús, para adorarle, para quererle, para pedirle ayuda. Aquí hay unas palabras del Papa Juan Pablo II que nos pueden iluminar en estos momentos de oración. Léelas despacio, sin prisa. Te ayudarán a hacer algún propósito, que quizás te cambie la vida.

“Reconcíliate con Dios.

Permitid a Cristo que os encuentre.

¡Que conozca todo de vosotros!

¡Que os guíe!

Nadie es capaz de lograr que lo pasado no haya ocurrido; ni el mejor psicólogo puede liberar a la persona del peso del pasado. Sólo lo puede lograr Dios, quien, con amor creador, marco en nosotros un nuevo comienzo: esto es lo grande del sacramento del perdón: que nos colocamos cara a cara ante Dios, y cada uno es escuchado personalmente para ser renovado por Él.

Quizá algunos de vosotros habéis conocido la duda y la confusión; quizá habéis experimentado la tristeza y el fracaso cometiendo pecados graves. Éste es un tiempo de decisión. Ésta es la ocasión para aceptar a Cristo: aceptar su amistad y su amor, aceptar la verdad de su palabra y creer en sus promesas.

Y si, a pesar de vuestro esfuerzo personal por seguir a Cristo, alguna vez sois débiles no viviendo conforme a su ley de amor, a sus mandamientos, no os desaniméis! Cristo os sigue esperando! Él, Jesús, es el Buen Pastor que carga la oveja perdida sobre sus hombros y la cuida con cariño para que sane.

Gracias al amor y misericordia de Cristo, no hay pecado por grande que sea que no pueda ser perdonado; no hay pecador que sea rechazado. Toda persona que se arrepiente será recibida por Jesucristo con perdón y amor inmenso.

Sólo Cristo puede salvar al hombre, porque toma sobre sí su pecado y le ofrece la posibilidad de cambiar.

Siempre, pero especialmente en los momentos de desaliento y de angustia, cuando la vida y el mundo mismo parecen desplomarse, no olvidéis las palabras de Jesús: «Venid a Mí todos los que estáis fatigados y oprimidos, que Yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es suave y mi carga ligera.»

No nos debemos mirar tanto a nosotros mismos cuanto a Dios, y en Él debemos encontrar ese «suplemento» de energía que nos falta. ¿Acaso no es ésta la invitación que hemos escuchado de labios de Cristo: «Venid a Mí todos los que estáis fatigados y oprimidos, que Yo os aliviaré»? Es Él la luz capaz de iluminar las tinieblas en que se debate nuestra inteligencia limitada; Él es la fuerza que puede dar vigor a nuestras flacas voluntades; Él es el calor capaz de derretir el hielo de nuestros egoísmos y devolver el ardor a nuestros corazones cansados.

En el camino de vuestra vida, no abandonéis la compañía del Señor. Si la debilidad de la condición humana os llevase alguna vez a no cumplir los mandamientos de Dios, volved vuestra mirada a Jesús y gritadle: «Quédate con nosotros, vuelve, no te alejes.» Recuperad la luz de la gracia por el sacramento de la Penitencia.

Con El podemos encontrarnos siempre, por mucho que hayamos pecado, por muy alejados que nos sintamos, porque El está saliendo siempre a nuestro encuentro”.

31.10.08

Todos los santos


Mt 5, 1-12

“Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo:
—Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos.
"Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
"Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.
"Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.
"Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
"Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.
"Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos.
"Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

Al oir estas palabras del Señor e imaginándonos la escena –Jesús ante un numeroso grupo que le escucha, mientras Él con paciencia, pero con mucha fuerza, va detallando cómo han de ser los santos–, no podemos sino afirmar su deseo grande de que muchos encuentren una felicidad plena, completa. Ese "Bienaventurados", que repite una y otra vez, parece contener su deseo de vernos colmados, definitivamente satisfechos para siempre. El común destino –la Bienaventuranza– que aguarda a los que demuestren ser suyos en las diversas circunstancias que Jesús va desgranando, es una tal felicidad y satisfacción, según sugiere la reiterada repetición de una única palabra, que no es posible pensar en nada mejor.

La bienaventuranza es el Cielo, ese estado perfecto para el que hemos sido pensados por Dios, Nuestro Señor y Padre amorosísimo. En el Cielo nos desea Dios que, en su Amor, quiere lo mejor para el hombre, la intimidad con Él mismo. Pues, siendo Él Amor, no nos ofrece un bien de grandes proporciones, sino su misma perfección absoluta. Es evidente que no tenemos capacidad para imaginar el Cielo. En efecto, como concluye el Apóstol: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman.

Resulta desde luego paradójico, como hemos leído en el evangelio, que por lo adverso se llegue a la más completa y eterna felicidad. No es así como nos organizamos de ordinario en este mundo. De hecho, suele entenderse la plenitud humana como un acumular satisfacciones y, a ser posible, que sean variadas y abundantes: a más satisfacciones, más felicidad, pensamos. Sin embargo, el Señor insiste en que la plenitud propia de los hombres no está en eso. Consiste más bien, repite una y otra vez, en el desprendimiento de los bienes materiales, porque no son nuestro fin; en la limpieza de corazón, para amar dignamente a los demás, libres de otras compensaciones; en sufrir con paciencia la adversidad, de un ambiente que con frecuencia es ajeno a Dios; en conservar la paz, cuando sería más fácil recurrir a la violencia; en ser menospreciados, por permanecer leales a la fe...

Todo esto exige esfuerzo por parte del cristiano: renunciar a ese planteamiento de la vida que busca sencillamente el confort a corto plazo y contempla al hombre como un ser sólo de este mundo. Exige, en fin, del discípulo de Cristo, una confianza absoluta en su Señor, que le asegura eso: la Bienaventuranza, pero a través de objetivos costosos. Como diría un místico: per aspera ad astra, a lo más esplendoroso se llega a través de lo difícil.

Ahora, cerca de la fiesta de Todos los Santos, meditamos en esta paradójica lección del Señor, encomendándonos a la protección de aquellos que ya alcanzaron la meta; para que, como a los santos, la confianza en Dios nos anime a perder el miedo a lo que cuesta y Él espera. Conoce de sobra nuestro Dios la flaqueza de sus hijos y nuestra tendencia a buscar caprichosamente pequeños deleites inmediatos. Más aún, sabe que, aunque queramos, somos incapaces, sin su ayuda, de vivir el ideal de generosidad que nos propone. Pero con Él sí. Sabiéndonos hijos pequeños de un Padre Todopoderoso y Bueno, y comportándonos como tales, nada nos es imposible. Hasta los errores, las infidelidades, los pecados, incluso los más graves, si nos arrepentimos sinceramente, encuentran el perdón en el corazón de nuestro Dios y Padre, y pueden ser para sus hijos la ocasión de grandes virtudes por su Gracia.

Como Maestro, sabe que enseña algo en cierta medida nuevo para el hombre, revolucionario diríamos hoy. Ese afán de muchos por disfrutar a base de no tener problemas y gozar al máximo de estímulos placenteros, no es propiamente, ni puede ser, la causa de la verdadera felicidad en los hombres, que estamos hechos para bastante más. Estamos pensados, para la Bienaventuranza, la felicidad completa, definitiva, que no se puede perder una vez lograda, y es la mayor posible para cada persona. Pero, en todo caso, ya sabemos que no tenemos capacidad para imaginarnos el Cielo...: Dios mismo colmando amorosamente nuestra pequeñez.

Jesucristo, que nos habla del Cielo, animándonos a la Bienaventuranza a la que hemos sido destinados –vale la pena insistir en ello– por el amor que Dios nos tiene, Él mismo nos indica el camino. Es el camino recorrido ya por la multitud de los santos, que nos han precedido y hoy celebramos. Un camino transitado muchas veces, en las más variadas circunstancias y por personas de toda condición. También hoy tenemos cada uno nuestro propio camino hasta el Cielo, que seremos capaces de recorrer con la ayuda de Dios.

A Santa María, Madre nuestra y Reina de todos los santos, nos encomendamos. Para que guíe nuestros pasos hasta la Eterna Bienaventuranza. Así hacen las madres de la tierra con sus pequeños, que los observan y animan con amor mientras caminan, y los socorren si hace falta en sus tropiezos
"La mejor manera de aprovechar el tiempo es no perdiéndolo".

Anónimo.

La Reina










"Tres palabras que no están en el vocabulario de una Reina: no me apetece".

La tarea urgente de la educación

Carta del Papa sobre la tarea urgente de la educación

A la diócesis de Roma

Queridos fieles de Roma:

He querido dirigirme a vosotros con esta carta para hablaros de un problema que vosotros mismos experimentáis y en el que están comprometidos los diferentes componentes de nuestra Iglesia: el problema de la educación. Todos nos preocupamos profundamente por el bien de las personas que amamos, en particular de nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Sabemos, de hecho, que de ellos depende el futuro de nuestra ciudad. Debemos, por tanto, preocuparnos por la formación de las futuras generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, por su salud no sólo física sino también moral.

Ahora bien, educar nunca ha sido fácil, y hoy parece ser cada vez más difícil. Lo saben bien los padres de familia, los maestros, los sacerdotes y todos los que tienen responsabilidades educativas directas. Se habla, por este motivo, de una gran «emergencia educativa», confirmada por los fracasos que encuentran con demasiada frecuencia nuestros esfuerzos por formar persona sólidas, capaces de colaborar con los demás, y de dar un sentido a la propia vida. Entonces se echa la culpa espontáneamente a las nuevas generaciones, como si los niños que hoy nacen fueran diferentes a los que nacían en el pasado. Se habla, además de una «fractura entre las generaciones», que ciertamente existe y tiene su peso, pero es más bien el efecto y no la causa de la falta de transmisión de certezas y de valores.

Por tanto, ¿tenemos que echar la culpa a los adultos de hoy que ya no son capaces de educar? Ciertamente es fuerte la tentación de renunciar, tanto entre los padres como entre los maestros, y en general entre los educadores, e incluso se da el riesgo de no comprender ni siquiera cuál es su papel o incluso la misión que se les ha confiado. En realidad, no sólo están en causa las responsabilidades personales de los adulos y de los jóvenes, que ciertamente existen y no deben esconderse, sino también un ambiente difundido, una mentalidad y una forma de cultura que llevan a dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien, en última instancia, de la bondad de la vida. Se hace difícil, entonces, transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles sobre los que se puede construir la propia vida.

Queridos hermanos y hermanas de Roma: ante esta situación quisiera deciros algo muy sencillo: ¡No tengáis miedo! Todas estas dificultades, de hecho, no son insuperables. Son más bien, por así decir, la otra cara de la moneda de ese don grande y precioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, en donde los progresos de hoy pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no se da una posibilidad semejante de acumulación, pues la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación tiene que tomar nueva y personalmente sus decisiones. Incluso los valores más grandes del pasado no pueden ser simplemente heredados, tienen que ser asumidos y renovados a través de una opción personal, que con frecuencia cuesta.

Ahora bien, cuando se tambalean los cimientos y faltan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores se siente de manera urgente: en concreto, aumenta hoy la exigencia de una educación que sea realmente tal. La piden los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la piden tantos maestros, que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; la pide la sociedad en su conjunto, que ve cómo se ponen en duda las mismas bases de la convivencia; la piden en su intimidad los mimos muchachos y jóvenes, que no quieren quedar abandonados ante los desafíos de la vida. Quien cree en Jesucristo tiene, además, un ulterior y más intenso motivo para no tener miedo: sabe que Dios no nos abandona, que su amor nos alcanza allí donde estamos y como estamos, con nuestras miserias y debilidades, para ofrecernos una nueva posibilidad de bien.

Queridos hermanos y hermanas: para hacer más concretas mis reflexiones puede ser útil encontrar algunos requisitos comunes para una auténtica educación. Ante todo, necesita esa cercanía y esa confianza que nacen del amor: pienso en esa primera y fundamental experiencia del amor que hacen los niños, o que al menos deberían hacer, con sus padres. Pero todo auténtico educador sabe que para educar tiene que dar algo de sí mismo y que sólo así puede ayudar a sus alumnos a superar los egoísmos para poder, a su vez, ser capaces del auténtico amor.

En un niño pequeño ya se da, además, un gran deseo de saber y comprender, que se manifiesta en sus continuas preguntas y peticiones de explicaciones. Ahora bien, sería una educación sumamente pobre la que se limitara a dar nociones e informaciones, dejando a un lado la gran pregunta sobre la verdad, sobre todo sobre esa verdad que puede ser la guía de la vida.
El sufrimiento de la verdad también forma parte de nuestra vida. Por este motivo, al tratar de proteger a los jóvenes de toda dificultad y experiencia de dolor, corremos el riesgo de criar, a pesar de nuestras buenas intenciones, personas frágiles y poco generosas: la capacidad de amar corresponde, de hecho, a la capacidad de sufrir, y de sufrir juntos.

De este modo, queridos amigos de Roma, llegamos al punto que quizá es el más delicado en la obra educativa: encontrar el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas día tras día en pequeñas cosas, no se forma el carácter y no se prepara para afrontar las pruebas que no faltarán en el futuro. La relación educativa es ante todo el encuentro entre dos libertades y la educación lograda es una formación al uso correcto de la libertad. A medida en que va creciendo el niño, se convierte en un adolescente y después un joven; tenemos que aceptar por tanto el riesgo de la libertad, permaneciendo siempre atentos a ayudar a los jóvenes a corregir ideas o decisiones equivocadas. Lo que nunca tenemos que hacer es apoyarle en los errores, fingir que no los vemos, o peor aún compartirlos, como si fueran las nuevas fronteras del progreso humano.

La educación no puede prescindir del prestigio que hace creíble el ejercicio de la autoridad. Ésta es fruto de experiencia y competencia, pero se logra sobre todo con la coherencia de la propia vida y con la involucración personal, expresión del amor auténtico. El educador es, por tanto, un testigo de la verdad y del bien: ciertamente él también es frágil, y puede tener fallos, pero tratará de ponerse siempre nuevamente en sintonía con su misión.

Queridos fieles de Roma, de estas simples consideraciones se ve cómo en la educación es decisivo el sentido de responsabilidad: responsabilidad del educador, ciertamente, pero también, en la medida en que va creciendo con la edad, responsabilidad del hijo, del alumno, del joven que entra en el mundo del trabajo. Es responsable quien sabe dar respuestas a sí mismo y a los demás. Quien cree busca, además y ante todo responder a Dios, que le ha amado antes.

La responsabilidad es, en primer lugar, personal; pero también hay una responsabilidad que compartimos juntos, como ciudadanos de una misma ciudad y de una misma nación, como miembros de la familia humana y, si somos creyentes, como hijos de un único Dios y miembros de la Iglesia. De hecho, las ideas, los estilos de vida, las leyes, las orientaciones globales de la sociedad en que vivimos y la imagen que ofrece de sí misma a través de los medios de comunicación, ejercen una gran influencia en la formación de las nuevas generaciones, para el bien y con frecuencia también para el mal. Ahora bien, la sociedad no es algo abstracto; al final somos nosotros mismos, todos juntos, con las orientaciones, las reglas y los representantes que escogemos, si bien los papeles y la responsabilidad de cada uno son diferentes. Es necesaria, por tanto, la contribución de cada uno de nosotros, de cada persona, familia o grupo social para que la sociedad, comenzando por nuestra ciudad de Roma se convierta en un ambiente más favorable a la educación.

Por último quisiera proponeros un pensamiento que he desarrollado en la reciente carta encíclica «Spe salvi» sobre la esperanza cristiana: sólo una esperanza fiable puede ser alma de la educación, como de toda la vida. Hoy nuestra esperanza es acechada por muchas partes y también nosotros corremos el riesgo, como los antiguos paganos, hombres «sin esperanza y sin Dios en este mundo»¸ como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso (Efesios 2, 12). De aquí nace precisamente la dificultad quizá aún más profunda para realizar una auténtica obra educativa: en la raíz de la crisis de la educación se da, de hecho, una crisis de confianza en la vida.

Por tanto, no puedo terminar esta carta sin una calurosa invitación a poner en Dios nuestra esperanza. Sólo Él es la esperanza que resiste a todas las decepciones; sólo su amor no puede ser destruido por la muerte; sólo la justicia y la misericordia pueden sanar las injusticias y recompensar los sufrimientos padecidos. La esperanza que se dirige a Dios no es nunca esperanza sólo para mí, al mismo tiempo es siempre esperanza para los demás: no nos aísla, sino que nos hace solidarios en el bien, nos estimula a educarnos recíprocamente en la verdad y el amor.

Os saludo con afecto y os garantizo un especial recuerdo en la oración, mientras os envío a todos mi bendición.

Vaticano, 21 de enero de 2008

BENEDICTUS PP. XVI

25.10.08

Más allá

Cuando das sin esperar
cuando quieres de verdad
cuando brindas perdón
en lugar de rencor
hay paz en tu corazón.

Cundo sientes compasión
del amigo y su dolor
cuando miras la estrella
que oculta la niebla
hay paz en tu corazón.

Más alla del rencor
de las lágrimas y el dolor
brilla la luz del amor
dentro de cada corazón.
Ilusión, Navidad
pon tus sueños a volar
siembra paz
brinda amor
que el mundo entero pide más.

Cuando brota una oración
cuando aceptas el error
cuando encuentras lugar
para la libertad
hay una sonrisa más.

Cuando llega la razón
y se va la imcomprensión
cuando quieres luchar
por un ideal
hay una sonrisa más.

Hay un rayo de sol
a través del cristal,
hay un mundo mejor
cuando aprendes a amar.

Más alla del rencor
de las lágrimas y el dolor
brilla la luz del amor
dentro de cada corazón.

Cuando alejas el temor
y prodigas tu amistad
cuando a un mismo cantar
has unido tu voz
hay paz en tu corazón.

Cuando buscas con ardor
y descubres tu verdad
cuando quieres forjar
un mañana mejor
hay paz en tu corazón.

Más alla del rencor
de las lágrimas y el dolor
brilla la luz del amor
dentro de cada corazón.
Ilusión, Navidad
pon tus sueños a volar
siembra paz
brinda amor
que el mundo entero pide más

Fuente: musica.com

Gloria Estefan

Generosidad

1

Mt 22, 34-40

2

16 de febrero de 1932: + Hace unos días que estoy bastante acatarrado, y eso era ocasión para que mi falta de generosidad con mi Dios se manifestara, aflojando en la oración y en las mil pequeñas cosas que un niño —y más un niño burro— puede ofrecer a su Señor cada día. Yo me venía dando cuenta de esto y de que daba largas a ciertos propósitos de emplear mayor interés y tiempo en las prácticas de piedad, pero me tranquilizaba con el pensamiento: más adelante, cuando estés fuerte, cuando se arregle mejor la situación económica de los tuyos... ¡entonces! —Y hoy, después de dar la sagrada Comunión a las monjas, antes de la santa Misa, le dije a Jesús lo que tantas y tantas veces le digo de día y de noche: [...] “te amo más que éstas”. Inmediatamente, entendí sin palabras: “obras son amores y no buenas razones”. Al momento vi con claridad lo poco generoso que soy, viniendo a mi memoria muchos detalles, insospechados, a los que no daba importancia, que me hicieron comprender con mucho relieve esa falta de generosidad mía. ¡Oh, Jesús! Ayúdame, para que tu borrico sea ampliamente generoso. ¡Obras, obras!

3

Nos encontramos por el hall del edificio principal del colegio. Le pregunto: “¿Qué necesitas?”

Responde: “Yo no necesito nunca nada. Yo sólo doy”.

4

Estamos en la cultura del yo: concentrado sobre sí mismo, y rompiendo lo que es la persona humana; porque en cambio, cuanto más nos centramos en los demás, más les comprendemos.

Allí donde hay un gran “yo”, hay cada vez “tus” más pequeños (y más psiquiatras, de paso). ¿Dónde está la salida a este gran problema? En la medida en que la persona se despreocupa de sí, se preocupa del otro; si hacemos crecer a las personas que nos rodean, nosotros crecemos con ellas. Si ponemos a los demás por debajo del yo, el yo acabará siendo enfermizo.

(A. Polaino, ABC 24/11/05).


5

Condal.

Entrenador del equipo de fútbol.

Cada mes cobra un “sueldo”. Y cada mes lo daba para el Club.

Proponen “no pagarle”. Y dice que no: quiere cobrar y darlo.

6

Noticia del Marca 25/10/08

Rafa Nadal. Entrega a una fundación el último premio que ha ganado (50.000 euros).

7

Proverbio.

“El que se contempla a sí mismo, no resplandece”.

8

Dice una antigua leyenda china que un discípulo preguntó al Maestro: “¿Cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno?” El maestro le respondió: “Es muy pequeña, sin embargo tiene grandes consecuencias. Ven te mostraré una imagen de cómo es el infierno”. Entraron en una habitación donde un grupo de personas estaba sentado alrededor de un gran recipiente con arroz. Todos estaban desesperados y hambrientos. Cada uno tenía una cuchara tomada fijamente desde su extremo, que llegaba hasta la olla. Pero cada cuchara tenía un mango tan largo que no podían llevársela a la boca. La desesperación y el sufrimiento eran terribles. Ven, dijo el Maestro después de un rato. Ahora te mostraré una imagen de cómo es el cielo. Entraron en otra habitación, también con una olla de arroz. Había otro grupo de gente, las mismas cucharas largas… pero allí todos estaban felices y alimentados. “¿Por qué están tan felices aquí, mientras son desgraciados en la otra habitación, si todo es lo mismo?” Como las cucharas tienen el mango muy largo, no pueden llevar comida a su propia boca. En una habitación están todos desesperados en su egoísmo, y en la otra han aprendido a ayudarse unos a otros.

20.10.08

Empeño en cumplir nuestra misión

Hola !!!!

je,je, lo que me he reido con tu email! pues buenas noticias! se nota que

teneis los labios bien pelados y las rodillas tambien porque HA P INGA

COMO SUP!!!!!!!! Y TAMBIEN HA P COMO NUM DARTA DE LETONIA!!!!!. Ahora te voy a pedir PLEASE PLEASSE PLEASE pelaros los labios y rodillas bien intensivo por Viktorija!!!! sus padres le estan haciendo presion, pero ella va muy bien y de aqui A FINAL DE NOVIEMBRE...!!! Confio en ti y en tus rodillas!!! Como te va todo por ahi? yo tambien rezo mil!

potes

P.D. Mireia ya esta muy lituana, ha empezado los cursos y hace mucho

deporte, esta ya haciendo gestiones para meterse en la universidad!

Nax estaba en Castelldaura, año 73. Fue a Tc a comenzar, y nP le dijo:

"Como toda obra que empieza saldrá adelante si pones cariño, garbo humano y si rezas mucho''.

La falta de espíritu aguerrido camuflado de falsas humildades: 'hago lo que me dicen'.

Hemos de ser sanamente autónomos e independientes.

Resignarse

Aceptar

Querer

Amar

Nuestro Padre a D. José María Hernández de Garnica: “¿Te hace ilusión ir de Consiliario a Francia?” No. Pero la pondré.

Ilusión es empeño. El empeño por negociar.

Mentalidad empresarial: espíritu de autónomo con la escalera a cuestas.

Los grandes peligros: el cansancio. La objetividad. El estar de vuelta.

El peligro de ir por la vida pensando que estoy para otra cosa (la mística ojalatera).

El éxito de mi vida está en el sí a Dios permanentemente sostenido.

Caer en la cuenta de que la grandeza de hacer el Opus Dei en el Líbano o en Teruel es la misma.

Cómo ser más conscientes de que la Iglesia necesita mi espíritu aguerrido... Parece que todo está muy rodado.

18.10.08

Unidad de vida

Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos... ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! Medítalo (Surco, 945).

El auténtico cristiano no es una persona de doble vida, que triunfa en algunos aspectos a costa de otros. En el Evangelio, encontramos que el Señor critica precisamente esta doble vida de los escribas y fariseos, que enseñan lo que no practican (cfr. Mt 23, 1-36). Por el contrario, la unidad de vida se alcanza cuando se lucha por cumplir los deberes con Dios (mandamientos, frecuencia de sacramentos) y con los hombres (relaciones familiares, de amistad, sociales, laborales): "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mt 22, 21).

XX, no te olvides de tu identidad, que eres encargada de XX de e.p.

Grito oído desde el confesionario un viernes por la tarde, algo caótico.

“El hombre honrado y cabal es el hazmerreír. Lo propio de la sabiduría de este mundo es ocultar con artificios lo que siente el corazón, velar con las palabras lo que uno piensa, presentar como falso lo verdadero, y lo verdadero como falso. La sabiduría de los hombres honrados, por el contrario, consiste en evitar la ostentación y el fingimiento, en manifestar con sus palabras su interior, en amar lo verdadero tal cual es, en evitar lo falso, en hacer el bien gratuitamente, en tolerar el mal de buena gana, antes que hacerlo; en no quererse vengar de las injurias, en tener como ganancia los ulrajes sufridos por causa de la justicia. Pero esta honradez es el hazmerreír, porque los sabios de este mundo consideran una tontería la virtud de la integridad. Ellos tienen por necedad el obrar con rectitud, y la sabiduría según la carne juzga una insensatez toda obra conforme a la verdad”

(San Gregorio Magno, De los tratados morales).

Las tres imágenes que proyectamos sobre nosotros mismos han de coincidir:

- La que tienen nuestros padres.

- La que tienen nuestros amigos.

- La que tienen nuestros profesores.

El bien que podemos hacer a la gente, portándonos como Dios quiere. El caso de Jessica.

Le pregunta a una amiga suya porqué no va a fiestas. Le explica porqué. Y la otra le cuenta que ha abortado.

Muchas de las enfermedades de la personalidad adolescente tienen como causa la mediocridad y la ia.

Gynt –escribe el dramaturgo noruego Ibsen sobre uno de sus personajes- se parece a una cebolla que se va desmoronando sin llegar nunca a un punto sólido. La vida para él no consistía más que en una sucesión de meses y años que el viento se lleva, sin llegar nunca a un punto resistente. El único epitafio que se podría grabar en la losa de su tumba sería este: “aquí no yace nadie”.

Alguien ha podido decir que los Peter Gynt pueblan la tierra y la cubren por doquier de campos de cebollas”.

A. Llano, La vida lograda, p. 84.