24.12.08

Meditacion de Nochebuena

"En el misterio santo que hoy celebramos, Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente entre nosotros de un modo nuevo: el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado" (Prefacio de Navidad).

"Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.

Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido.

Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Éste se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así —como dice la Escritura—: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor" (San Agustín).

Jesús, recién nacido, no habla; pero es la Palabra eterna del Padre. Se ha dicho que el pesebre es una cátedra. Nosotros deberíamos hoy «entender las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres»

"Dios se humilla para que podamos acercarnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad".

Hacemos un propósito de humildad. La primera llaga que el pecado causó en nuestra alma fue el orgullo. Jesús ha venido para enseñarnos a ser humildes.

Que nuestra vida esté centrada en Jesús, como la de Santa María y San José. "Así estuvo siempre, y así debemos aprender a estar nosotros, ¡tan dispersos y tan distraídos por cosas que carecen de importancia! Una sola cosa es verdaderamente importante en nuestra vida: Jesús, y cuanto a El se refiere".

Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó, para acompañarle, a gente sencilla, unos pastores, quizá porque, como eran humildes, no se asustarían al encontrar al Mesías en una cueva, envuelto en pañales.

Son los pastores de aquellos contornos a quienes se refería el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. En esta primera noche sólo en ellos se cumple la profecía. Ven una gran luz: la gloria del Señor los envolvió de claridad. No temáis, les dice un ángel, pues vengo a anunciamos una gran alegría, que lo será para todo el pueblo; hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor.

Esa noche son los primeros y los únicos en saberlo. «En cambio hoy lo saben millones de hombres en todo el mundo. La luz de la noche de Belén ha llegado a muchos corazones, y, sin embargo, al mismo tiempo, permanece la oscuridad. A veces, incluso parece que más intensa (... ). Los que aquella noche lo acogieron, encontraron una gran alegría. La alegría que brota de la luz. La oscuridad del mundo superada por la luz del nacimiento de Dios (... ).

La Virgen María, en la cueva de Belén, nos enseña cómo ha de ser nuestra vida: está recogida en oración. Sólo vive para estar pendiente de Jesús.

Nosotros le pedimos hoy que nos dé este recogimiento interior necesario para ver y tratar a Dios, muy cercano también a nuestras vidas.

La oración de Santa María y de San José en Belén era un diálogo "mudo" con Jesús. Así es tantas veces la nuestra.

"Me ha impresionado siempre su espontaneidad en el trato con el Señor. Las comunidades de religiosas del Real Patronato de Santa Isabel han contado los encuentros y delirios de amor del Fundador del Opus Dei con la imagen del Niño Jesús que conservan en uno de los dos Conventos. Y yo he visto también su actitud ardiente y apasionada cuando llegaban las Navidades: al entrar o salir del oratorio, besaba con ternura al Niño recién nacido. En otros momentos le cogía en sus brazos, acariciándole dulcemente, mientras le miraba agradecido y con hambre de aprender. En una ocasión, después de besarle, puso sus ojos en esa imagen y, con la delicada ilusión de un padre de familia, requebró al Niño Jesús: ¡chato!"

«Esa imagen del Niño Jesús —comenta mons. A. del Portillo— dio ocasión a nuestro Padre para que hiciese mucha oración y muchos actos de amor a la Humanidad Santísima de Jesús. Lo solía pedir a las monjas especialmente por las épocas de Navidad, y lo bailaba y lo arrullaba y lo mimaba».

La oración de María y José estaría reducida a una palabra: "Jesús". Una sola palabra dicha con mucho amor y mucha humildad.

"He contemplado una escena en distintas Navidades, cuando -al distribuir las figuras del Nacimiento- alguien colocaba a San José un poco distante del Niño y de la Virgen o en un segundo plano. Mons. Escrivá de Balaguer las acercaba, mientras repetía: vamos a poner siempre a José muy cerca de Jesús y de María, porque siempre lo estuvo, porque lo sigue estando, y porque nos tiene que servir de guía para servir al Señor, contando también con la intercesión de la Virgen, como los dos le sirvieron" (Memoria del Beato Josemaría).


Filiacion divina y presencia de Dios

En ninguna religión encontramos algo tan grandioso como en la nuestra: Dios tiene un rostro humano. Dios se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre. Dios nos ha manifestado su amor enviando a Jesús al mundo. Dios es el Amor Encarnado.

"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).

Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.

Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.

"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).

Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.

"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).

La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.

Filiacion divina y presencia de Dios

Filiación divina y presencia de Dios

En ninguna religión encontramos algo tan grandioso como en la nuestra: Dios tiene un rostro humano. Dios se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre. Dios nos ha manifestado su amor enviando a Jesús al mundo. Dios es el Amor Encarnado.

"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).

Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.

Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.

"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).

Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.

"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).

La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.

Filiacion divina y presencia de Dios

En ninguna religión encontramos algo tan grandioso como en la nuestra: Dios tiene un rostro humano. Dios se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre. Dios nos ha manifestado su amor enviando a Jesús al mundo. Dios es el Amor Encarnado.

"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).

Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.

Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.

"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).

Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.

"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).

La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.

Esperanza cristiana

Todos en la vida tenemos unos objetivos, unas metas, unas ilusiones que nos hacen levantarnos por la mañana, esforzarnos, trabajar...

Recuerdo a un amigo que, al terminar la carrera, decidió preparar una oposición muy difícil. La vida del opositor es dura. En ocasiones se desanimaba. Un día decidió colgar en la pared de la habitación donde estudiaba el poster gigantesco con el último modelo del coche más potente de una marca alemana. Cuando le daba 'el bajón' y se desanimaba, miraba el poster y pensaba: "cuando saque la oposición me lo podré comprar". Y seguía estudiando.

La esperanza cristiana tiene poco que ver con este tipo de esperanzas humanas, o terrenas. La esperanza cristiana es mucho más que una ilusión, o un buen deseo. La esperanza humana se centra en objetivos y en deseos que dependen de nosotros, de nuestros esfuerzos.

La virtud sobrenatural de la esperanza nos lleva a confiar en Dios. No es un estado de ánimo, ni consiste en hacer esfuerzos psicológicos. La esperanza cristiana nace y se alimenta en el amor a Dios.

La esperanza se manifiesta en saber comenzar una y otra vez, en no abandonar la lucha por la santidad que cada uno tiene concretada de manera distinta cuando aparecen dificultades, en no creernos el "no puedo" que muchas veces se nos viene a la cabeza...

Cultivar la esperanza significa robustecer la voluntad (Surco, 780).

"Una cosa intento, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto" (Fil 3, 13-14).

18.12.08

Una futuro premio Nóbel

Y si no, tiempo al tiempo...




Forjar el carácter

Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza. Cada uno es distinto, con su personalidad, manera de ser y carácter propios, que le distinguen de los demás.

Un denominador común y un numerador diversísimo para ser ipse Christus.

"Los socios no deben ser formados en serie, sino que, sin detrimento de la unidad y de la disciplina, ha de procurarse que cada hombre de Dios desarrolle su personalidad, su carácter".

Con la voluntad se modelan los elementos recibidos y adquiridos del carácter. Con estos rasgos todos hemos de luchar para ser santos.

El carácter de un hombre hace su destino (Democrito).

Hay elementos negativos de genio, impaciencia... que erradicar (cfr. Camino, n. 17) y positivos de fortaleza, lealtad... para desarrollar.

"Luchó para transformar sus tendencias naturales en cualidades positivas: la reciedumbre y la energía; la rapidez en la decisión; la agudeza de ingenio; la capacidad de darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor; o la habilidad dialéctica para responder a las dificultades. Pero no se dejaba llevar por el propio yo, dominaba los primo primi, y se esforzaba por hablar y actuar con rectitud de intención, al servicio del Señor y de las almas.

Observando toda su vida, me atrevo a asegurar que muestra la victoria de la voluntad y del entendimiento -puestos en Dios- sobre su carácter. Este triunfo procede de una continua vigilancia sobre sí mismo, aunque no dejaba de rogarnos que le ayudásemos; le he visto luchar contra esos hilos sutiles que, si no se rectifican, se convierten en ataduras que apartan de Dios. Supo conseguir una serena ecuanimidad, y la extraordinaria vitalidad de su temperamento estuvo siempre moderada por la prudencia y la fortaleza".

Si yo fuera de otro modo, si dominara más mi genio, si te fuera más fiel, Señor, ¡de qué admirable manera ibas a ayudarnos! (Forja, n. 603)

Debemos reflejar a Cristo en todo nuestro ser. También en los rasgos que configuran nuestro carácter debemos conformarnos con Él. Es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20).

Dejar actuar al Espíritu Santo para que plasme en nosotros la imagen del Señor. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo (Es Cristo que pasa, n. 31).

Hacerlo con el propio carácter, forjado mediante repetición de actos (cfr. Camino, n. 19). Sobre la naturaleza actúan la gracia y el esfuerzo personal, no hay dos santos iguales.

Docilidad para dejarnos ayudar en lo que se refiera al modo de ser.

Justificarse con el modo de ser (cfr. Surco, n. 755), o con rasgos regionales, étnicos…, puede ser manifestación de falta de carácter (cfr. Camino, n. 5).

Lucha por mejorar nuestro carácter y adquirir mayor profundidad en las virtudes: lo que resulte molesto o inapropiado echarlo fuera; lo indiferente ponerlo al servicio de Dios; e incluso lo legítimo quitarlo si es obstáculo a los demás.

Detras de un hombre duro se esconde la incapacidad de amar por el dominio del orgullo y las apetencias personales (Oliveros F Otero, Educar el corazon, 152)

Hacerse todo para todos (cfr. 1 Cor 9, 19-23), para atraer a muchos en el apostolado. Caras largas…, modales bruscos…, facha ridícula…, aire antipático: ¿Así esperas animar a los demás a seguir a Cristo? (Camino, n. 661). Es hacerse a todos para cumplir con la ley de la caridad.

Cfr. Camino, nn. 1-55; Cr, X-1994, pp. 1092-1102: Forjar el carácter.

4.12.08

Sobre el Adviento

Estimadas profesoras y personal no docente:

Ha llegado el Adviento, tiempo de salvación, de paz y de reconciliación; un tiempo deseado y lleno de alegría, que celebramos solemnemente y en el que también nosotros procuraremos vivir con fervor, alabando y dando gracias a Dios Padre por la misericordia que en el misterio del Nacimiento de Jesús nos ha manifestado.

Dios, por su inmenso amor hacia nosotros, pecadores, nos envió a su Hijo único, para librarnos de la tiranía y el poder del demonio, invitarnos al Cielo e introducirnos en los más profundos de los misterios de su Reino, manifestarnos la verdad, enseñarnos las buenas costumbres, comunicarnos las virtudes, enriquecernos con los tesoros de su gracia y hacernos sus hijos y herederos de la vida eterna.

La Iglesia recuerda cada año el misterio de este amor tan grande de Dios hacia nosotros, animándonos a tenerlo presente. A la vez, nos enseña que la venida de Cristo no sólo benefició a los que vivían en el tiempo de nuestro Señor, sino que su eficacia continúa y, hoy en día, se nos comunica la gracia mediante la fe y los sacramentos, y si tratamos de vivir conforme a los mandamientos de la ley de Dios.

La Iglesia desea vivamente que comprendamos que así como Cristo vino una vez al mundo en la carne, de la misma manera está dispuesto a volver -en cualquier momento- para habitar espiritualmente en nuestra alma con la fuerza de su gracia, si nosotros -por nuestra parte- quitamos todo obstáculo y le dejamos.

Durante estos días, la Iglesia –como madre que se preocupa de nuestra salvación- nos anima a disponer nuestras almas para la llegada de Jesucristo, que celebraremos en Navidad.

¡Qué buen momento es el Adviento para que cada uno acudamos al sacramento de la penitencia, y para que animemos a las personas que nos rodean –familiares, amigos, alumnas- a que se dispongan bien interiormente!

Capellanía
diciembre de 2008

Vela diciembre

Dentro de unos días celebraremos la fiesta de la Inmaculada Concepción de María.

Si tú y yo hubiéramos podido elegir a nuestra madre de la tierra, seguramente habríamos escogido a la misma que tenemos, pero quizás adornándola con alguna virtud más, o quitándole algún defecto. Dios, como es infinitamente todopoderoso, creó a su Madre como quiso. Y la adornó con todas las perfecciones, dones y virtudes que ninguna persona ha podido imaginar. La Virgen María es la mujer más perfecta de la Creación, la chica más guapa que jamás han podido ver unos ojos humanos.

Así es Santa María. Los cristianos estamos muy orgullosos de tener una Madre como la Santísima Virgen.

¡Cómo nos gustaría parecernos un poco a Ella! Pues, vamos a pedirle ayuda. Ahora la invocamos, la llamamos como unos hijos que necesitan de su madre:

Santa María, Madre, Mamá auténtica… mírame aquí delante de Ti. Tú tienes todas las virtudes que yo necesito. Ayúdame a ser una chica realmente valiosa. Que no me conforme con la mediocridad.
Tú tienes toda la gracia de Dios. Ayúdame a que yo no la pierda nunca.
Tú no necesitabas el sacramento de la confesión. Yo sí. Ayúdame a valorarlo.
Tú no sabes lo que es el pecado. Yo sí. Ayúdame a aborrecerlo con todas mis fuerzas y a que aparte de mi vida todo lo que me pueda apartar de Jesús.
Tú eres el modelo de mujer que yo quiero ser.
Tú vives ahora con Dios Padre, con Jesús, con el Espíritu Santo, con San José, con todos los santos, rodeada de millones de ángeles… Eres la mujer más feliz del mundo. ¡Has conquistado el Cielo! Que no me olvide ningún día de que yo también estoy en la tierra para ganarme el Cielo.
Tú ya no tienes tentaciones. Yo sí, muchas. Ayúdame a vencerlas todas y a que sepa pedir perdón a Dios y no desanimarme si me porto mal.
Yo no soy perfecta. Ni quiero serlo. Quiero ser feliz en este mundo y después en el Cielo, contigo.
Tú nos quieres a todos porque eres Madre. Dame un corazón como el tuyo, para que sepa olvidar, perdonar, y hacer siempre el bien a los que están a mi lado”.

Jesús, que estás en el altar, gracias porque tenemos una Madre como La Virgen. Ayúdanos a parecernos cada día más a Ella.

2.12.08

Novena 2008

Jueves 4 de diciembre de 2008

Cuenta una chica joven que procuraba rezar e ir a misa con frecuencia que muchos días tenía la desagradable sensación de estar absolutamente sola y nadar contracorriente.“Una tarde, en misa, giré la vista y me encontré con una compañera de trabajo, unos bancos más atrás. Por supuesto, no se me había ocurrido pensar que ella también era católica. Fue una sensación extraña. Creo que me subieron los colores, porque lo primero que se me pasó por la cabeza fue: Oh, vaya, me han descubierto. Ahora todo el mundo se enterará de que soy católica y tendré el lío montado. Pero enseguida recapacité y caí en la cuenta de que ella estaba en la misma situación que yo. ¡Yo también la había descubierto a ella! Entonces sentí que lo importante de aquella situación era que ninguna de las dos tendríamos que volvernos a sentir solas.Un par de años después, la noche en que murió Juan Pablo II, las dos nos fuimos a la madrileña plaza de Colón para despedirnos del Papa en el mismo sitio en el que él se despidió de nosotros. Esa noche, ante la sorprendente cantidad de jóvenes que cambiaron sus discotecas y bares por un rato de oración, mi amiga me dijo: «Fíjate, no estamos solas».Hace un par de días me ocurrió algo en el Metro que me hizo recordar aquella tarde en misa. Iba rezando el Rosario. Cargada como una mula –chaqueta, bolso, bolsa, libro...–, no pude evitar que el rosario se me cayera de las manos. Lo recogí pensando que seguro que todo el vagón tendría la mirada fija en mí como si fuera una marciana verde y con antenas. Cuando me levanté, me encontré con la mirada de una señora ante la que esbocé la más estúpida de mis sonrisas. Ella me devolvió el gesto, extendió su mano, la abrió, y me mostró su rosario. Ahí acabó la historia, porque el Metro llegó a la siguiente estación y la mujer se bajó. Volví a pensar: «No estamos solos». ¿Cuánta gente llevará cada mañana el rosario medio escondido en la palma de su mano? El resto del día me lo pasé canturreando un tema del grupo Ketama, con una ligera variación: «No estamos solos, que sabemos lo que queremos», dice mi canción”.

Que no te dé vergüenza que tus amigos sepan que quieres a Dios y la Virgen. Si no te avergüenzas de Dios, Él no se avergonzará de ti.