Cristo se ha encarnado, Dios viene a vivir con nosotros para que nosotros vivamos con Dios.
Cristo manifiesta al hombre quién es el hombre (Gaudium et Spes 22).
Tener los mismos sentimientos de Cristo.
“¡Que vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma!”
Don Francisco Mas. “A ver cuando dejas de mirar a la gente como ingeniero textil y comienzas a ver almas”.
“Cristo, Sacerdote y víctima.
Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres. Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador. Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened entre vosotros los sentimientos propios Cristo Jesús, exige de todos los cristianos que, en la medida de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.
Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.
Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacernos nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo” (De la carta encíclica Mediator Dei del papa Pío doce (AAS 39 [1947], 552-553).
Nuestra entrega se fundamenta en el conocimiento de Dios, y el amor se fundamenta en el conocimiento.
No nos madura el paso del tiempo, sino la cercanía con Jesús.
El Arzobispo de Tarragona estuvo por motivos de su trabajo unos días en Roma. Pasó por Villatevere y estuvo con el Padre, que le dijo: “hijo mío, pide la presencia de Dios”. Esa es la respuesta de una persona enamorada: buscar continuamente la presencia de Dios.
Observando toda su vida, me atrevo a asegurar que muestra la victoria de la voluntad y del entendimiento -puestos en Dios- sobre su carácter. Este triunfo procede de una continua vigilancia sobre sí mismo, aunque no dejaba de rogarnos que le ayudásemos; le he visto luchar contra esos hilos sutiles que, si no se rectifican, se convierten en ataduras que apartan de Dios. Supo conseguir una serena ecuanimidad, y la extraordinaria vitalidad de su temperamento estuvo siempre moderada por la prudencia y la fortaleza.
Debemos reflejar a Cristo en todo nuestro ser. También en los rasgos que configuran nuestro carácter debemos conformarnos con Él. Es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20).
'Permaneced en mi'. Estar, vivir, permanecer unidos... ¡Cuántas tentaciones, caidas... desaparecen si tenemos esto presente!
Señor, ¿Tú estás a gusto en mi. Cuando trabajo, cuando hablo, rezo... soy Tú?
Dejar actuar al Espíritu Santo para que plasme en nosotros la imagen del Señor.
Joaquín Navarro-Valls contaba que acompañó a Juan Pablo II a Brasil, en un viaje que coincidía con los 10 años de su pontificado. En una comida hicieron un brindis, y el que brindó lo hizo por los 10 años del pontificado. El Papa, en voz baja comentó: “los míos, son los dos primeros, los otros son de Dios”. (Los dos primeros fueron del 79 al 81, hasta el atentado).
Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo (Es Cristo que pasa, n. 31).
Hacerlo con el propio carácter, forjado mediante repetición de actos (cfr. Camino, n. 19). Sobre la naturaleza actúan la gracia y el esfuerzo personal, no hay dos santos iguales.
Pedir a la Virgen ser ipse Christus.
10.1.09
3.1.09
Los Reyes Magos
Llama la atención que no esté contada en el Evangelio de San Lucas la adoración de los Reyes Magos.
En el segundo capítulo del Evangelio de San Mateo sí que se relata el acontecimiento.
Son magos -sabios- que vienen de Oriente. Oriente representa lo desconocido, la tierra lejana, la gentilidad.
El Rey Herodes se enfureció por la presencia de estos reyes. "Y con él, toda Jerusalén" dice el Evangelio. La gente se sobresaltó, se alteró, se puso nerviosa.
Herodes pregunta a los sabios de su tierra (sumos sacerdotes y escribas) dónde había de nacer Jesús, y le contestan que en Belén de Judá.
Se lo comunica a los Reyes Magos, dándoles una orden: "indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encontréis comunicádmelo, para ir también yo a adorarle".
Se ponen en camino y la estrella les acompaña y les guía dándoles luz y llevándoles hasta el mismo pesebre.
Se postran ante Jesús, le adoran y le ofrecen dones.
Dios les avisó en un sueño que no podían volver a Jerusalén porque Herodes tenía planes maléficos, y regresaron a su tierra por otro camino.
No sabemos cuántos eran los magos venidos del Oriente, ni cómo se llamaban. Sí sabemos que eran sabios, estudiosos, dedicados a la astronomía, y poderosos, con posesiones y dominios, personas de buen vivir.
Un fenómeno extraordinario les avisa de que algo grandioso está ocurriendo: ha nacido el Rey de los judios. Reconocen en esa señal del cielo un aviso de Dios, una señal, una llamada de Dios.
Y se ponen en camino, para buscar al Rey de los Judios, para adorarle: "hemos venido a adorarle", le dicen a Herodes, en Jerusalén. Dejan tierras, trabajos, familias, posesiones, vida cómoda, y se ponen en camino. Toman la caballería, los camellos, las provisiones, y emprenden una larga caminata hacia un lugar desconocido y probablemente lleno de peligros.
Caminan y se fatigan día y noche persiguiendo una estrella. Pasarían hambre, sed, frío, soledad, miedo... Quizás alguna vez, o en más de una ocasión, se les pasó por la cabeza dar la vuelta y tomar el camino a casa... Pero no. Firmes. Adelante. Con paso cansado y cansino, pero mirando la estrella.
La estrella les guía. Marca su norte. Quizás sólo ellos fueron capaces de identificarla. El firmamento de aquellos días sería aparentemente igual que los anteriores, visto por una persona poco versada en la astrología. Pero ellos interpretan que una estrella comunica un acontecimiento imponente: la llegada al mundo del Rey de los Judios.
Y se fían de la estrella. ¡Qué locura, pensar que una estrella anuncia algo!
¿Por qué las demás personas no aciertan a ver esa estrella?
Se ponen en camino. Recorren un camino lleno de tierra, barro, piedras y matojos. Un camino poco iluminado; a veces muy oscuro. Un camino por el que van solos, desprotegidos, aparentemente.
"¿LLevará a alguna parte el camino que estamos recorriendo?" se preguntarían más de una vez en medio de las dificultades.
Un camino nada fácil es el que les llevó a Jesús. Nada fácil. Y cuando están a punto de llegar se encuentran con la mayor dificultad del camino: Herodes.
Herodes no quiere a Dios. Herodes sólo se preocupa de su poder en la tierra. Herodes tiene miedo del mesías porque podía destronarle. Y los magos se encuentran cara a cara con Herodes que intenta engañarles.
Al final, encuentran a Jesús: "y se llenaron de inmensa alegría".
Los Reyes Magos son personas verdaderamente inteligentes: descubren a Dios.
La estrella es la señal del Cielo, la señal de Dios, que les va guiando en la tierra.
El camino es el sendero que les conduce a Jesús. Lleno de incomodidades y privaciones. No es fácil. No es sencillo.
Herodes, es la encarnación del pecado. Se opone a Dios. No quiere a Jesús. Intenta destruirlo. Es un instrumento del demonio.
Nosotros hemos descubierto a Dios. Sabemos dónde está. Tenemos muchas estrellas que nos marcan el camino hacia Él. Dios nos habla, nos pone sus señales para que no nos desviemos. Nos ha trazado un camino (a veces no muy fácil), que nos llevará hacia la felicidad y la alegría completas. Encontraremos obstáculos. Encontraremos pequeños o grandes herodes que nos intentan apartar...
En el segundo capítulo del Evangelio de San Mateo sí que se relata el acontecimiento.
Son magos -sabios- que vienen de Oriente. Oriente representa lo desconocido, la tierra lejana, la gentilidad.
El Rey Herodes se enfureció por la presencia de estos reyes. "Y con él, toda Jerusalén" dice el Evangelio. La gente se sobresaltó, se alteró, se puso nerviosa.
Herodes pregunta a los sabios de su tierra (sumos sacerdotes y escribas) dónde había de nacer Jesús, y le contestan que en Belén de Judá.
Se lo comunica a los Reyes Magos, dándoles una orden: "indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encontréis comunicádmelo, para ir también yo a adorarle".
Se ponen en camino y la estrella les acompaña y les guía dándoles luz y llevándoles hasta el mismo pesebre.
Se postran ante Jesús, le adoran y le ofrecen dones.
Dios les avisó en un sueño que no podían volver a Jerusalén porque Herodes tenía planes maléficos, y regresaron a su tierra por otro camino.
No sabemos cuántos eran los magos venidos del Oriente, ni cómo se llamaban. Sí sabemos que eran sabios, estudiosos, dedicados a la astronomía, y poderosos, con posesiones y dominios, personas de buen vivir.
Un fenómeno extraordinario les avisa de que algo grandioso está ocurriendo: ha nacido el Rey de los judios. Reconocen en esa señal del cielo un aviso de Dios, una señal, una llamada de Dios.
Y se ponen en camino, para buscar al Rey de los Judios, para adorarle: "hemos venido a adorarle", le dicen a Herodes, en Jerusalén. Dejan tierras, trabajos, familias, posesiones, vida cómoda, y se ponen en camino. Toman la caballería, los camellos, las provisiones, y emprenden una larga caminata hacia un lugar desconocido y probablemente lleno de peligros.
Caminan y se fatigan día y noche persiguiendo una estrella. Pasarían hambre, sed, frío, soledad, miedo... Quizás alguna vez, o en más de una ocasión, se les pasó por la cabeza dar la vuelta y tomar el camino a casa... Pero no. Firmes. Adelante. Con paso cansado y cansino, pero mirando la estrella.
La estrella les guía. Marca su norte. Quizás sólo ellos fueron capaces de identificarla. El firmamento de aquellos días sería aparentemente igual que los anteriores, visto por una persona poco versada en la astrología. Pero ellos interpretan que una estrella comunica un acontecimiento imponente: la llegada al mundo del Rey de los Judios.
Y se fían de la estrella. ¡Qué locura, pensar que una estrella anuncia algo!
¿Por qué las demás personas no aciertan a ver esa estrella?
Se ponen en camino. Recorren un camino lleno de tierra, barro, piedras y matojos. Un camino poco iluminado; a veces muy oscuro. Un camino por el que van solos, desprotegidos, aparentemente.
"¿LLevará a alguna parte el camino que estamos recorriendo?" se preguntarían más de una vez en medio de las dificultades.
Un camino nada fácil es el que les llevó a Jesús. Nada fácil. Y cuando están a punto de llegar se encuentran con la mayor dificultad del camino: Herodes.
Herodes no quiere a Dios. Herodes sólo se preocupa de su poder en la tierra. Herodes tiene miedo del mesías porque podía destronarle. Y los magos se encuentran cara a cara con Herodes que intenta engañarles.
Al final, encuentran a Jesús: "y se llenaron de inmensa alegría".
Los Reyes Magos son personas verdaderamente inteligentes: descubren a Dios.
La estrella es la señal del Cielo, la señal de Dios, que les va guiando en la tierra.
El camino es el sendero que les conduce a Jesús. Lleno de incomodidades y privaciones. No es fácil. No es sencillo.
Herodes, es la encarnación del pecado. Se opone a Dios. No quiere a Jesús. Intenta destruirlo. Es un instrumento del demonio.
Nosotros hemos descubierto a Dios. Sabemos dónde está. Tenemos muchas estrellas que nos marcan el camino hacia Él. Dios nos habla, nos pone sus señales para que no nos desviemos. Nos ha trazado un camino (a veces no muy fácil), que nos llevará hacia la felicidad y la alegría completas. Encontraremos obstáculos. Encontraremos pequeños o grandes herodes que nos intentan apartar...
24.12.08
Meditacion de Nochebuena
"En el misterio santo que hoy celebramos, Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente entre nosotros de un modo nuevo: el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado" (Prefacio de Navidad).
"Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.
Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido.
Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Éste se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así —como dice la Escritura—: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor" (San Agustín).
Jesús, recién nacido, no habla; pero es la Palabra eterna del Padre. Se ha dicho que el pesebre es una cátedra. Nosotros deberíamos hoy «entender las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres»
"Dios se humilla para que podamos acercarnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad".
Hacemos un propósito de humildad. La primera llaga que el pecado causó en nuestra alma fue el orgullo. Jesús ha venido para enseñarnos a ser humildes.
Que nuestra vida esté centrada en Jesús, como la de Santa María y San José. "Así estuvo siempre, y así debemos aprender a estar nosotros, ¡tan dispersos y tan distraídos por cosas que carecen de importancia! Una sola cosa es verdaderamente importante en nuestra vida: Jesús, y cuanto a El se refiere".
Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó, para acompañarle, a gente sencilla, unos pastores, quizá porque, como eran humildes, no se asustarían al encontrar al Mesías en una cueva, envuelto en pañales.
Son los pastores de aquellos contornos a quienes se refería el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. En esta primera noche sólo en ellos se cumple la profecía. Ven una gran luz: la gloria del Señor los envolvió de claridad. No temáis, les dice un ángel, pues vengo a anunciamos una gran alegría, que lo será para todo el pueblo; hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor.
Esa noche son los primeros y los únicos en saberlo. «En cambio hoy lo saben millones de hombres en todo el mundo. La luz de la noche de Belén ha llegado a muchos corazones, y, sin embargo, al mismo tiempo, permanece la oscuridad. A veces, incluso parece que más intensa (... ). Los que aquella noche lo acogieron, encontraron una gran alegría. La alegría que brota de la luz. La oscuridad del mundo superada por la luz del nacimiento de Dios (... ).
La Virgen María, en la cueva de Belén, nos enseña cómo ha de ser nuestra vida: está recogida en oración. Sólo vive para estar pendiente de Jesús.
Nosotros le pedimos hoy que nos dé este recogimiento interior necesario para ver y tratar a Dios, muy cercano también a nuestras vidas.
La oración de Santa María y de San José en Belén era un diálogo "mudo" con Jesús. Así es tantas veces la nuestra.
"Me ha impresionado siempre su espontaneidad en el trato con el Señor. Las comunidades de religiosas del Real Patronato de Santa Isabel han contado los encuentros y delirios de amor del Fundador del Opus Dei con la imagen del Niño Jesús que conservan en uno de los dos Conventos. Y yo he visto también su actitud ardiente y apasionada cuando llegaban las Navidades: al entrar o salir del oratorio, besaba con ternura al Niño recién nacido. En otros momentos le cogía en sus brazos, acariciándole dulcemente, mientras le miraba agradecido y con hambre de aprender. En una ocasión, después de besarle, puso sus ojos en esa imagen y, con la delicada ilusión de un padre de familia, requebró al Niño Jesús: ¡chato!"
«Esa imagen del Niño Jesús —comenta mons. A. del Portillo— dio ocasión a nuestro Padre para que hiciese mucha oración y muchos actos de amor a la Humanidad Santísima de Jesús. Lo solía pedir a las monjas especialmente por las épocas de Navidad, y lo bailaba y lo arrullaba y lo mimaba».
La oración de María y José estaría reducida a una palabra: "Jesús". Una sola palabra dicha con mucho amor y mucha humildad.
"He contemplado una escena en distintas Navidades, cuando -al distribuir las figuras del Nacimiento- alguien colocaba a San José un poco distante del Niño y de la Virgen o en un segundo plano. Mons. Escrivá de Balaguer las acercaba, mientras repetía: vamos a poner siempre a José muy cerca de Jesús y de María, porque siempre lo estuvo, porque lo sigue estando, y porque nos tiene que servir de guía para servir al Señor, contando también con la intercesión de la Virgen, como los dos le sirvieron" (Memoria del Beato Josemaría).
"Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.
Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido.
Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Éste se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así —como dice la Escritura—: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor" (San Agustín).
Jesús, recién nacido, no habla; pero es la Palabra eterna del Padre. Se ha dicho que el pesebre es una cátedra. Nosotros deberíamos hoy «entender las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres»
"Dios se humilla para que podamos acercarnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad".
Hacemos un propósito de humildad. La primera llaga que el pecado causó en nuestra alma fue el orgullo. Jesús ha venido para enseñarnos a ser humildes.
Que nuestra vida esté centrada en Jesús, como la de Santa María y San José. "Así estuvo siempre, y así debemos aprender a estar nosotros, ¡tan dispersos y tan distraídos por cosas que carecen de importancia! Una sola cosa es verdaderamente importante en nuestra vida: Jesús, y cuanto a El se refiere".
Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó, para acompañarle, a gente sencilla, unos pastores, quizá porque, como eran humildes, no se asustarían al encontrar al Mesías en una cueva, envuelto en pañales.
Son los pastores de aquellos contornos a quienes se refería el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. En esta primera noche sólo en ellos se cumple la profecía. Ven una gran luz: la gloria del Señor los envolvió de claridad. No temáis, les dice un ángel, pues vengo a anunciamos una gran alegría, que lo será para todo el pueblo; hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor.
Esa noche son los primeros y los únicos en saberlo. «En cambio hoy lo saben millones de hombres en todo el mundo. La luz de la noche de Belén ha llegado a muchos corazones, y, sin embargo, al mismo tiempo, permanece la oscuridad. A veces, incluso parece que más intensa (... ). Los que aquella noche lo acogieron, encontraron una gran alegría. La alegría que brota de la luz. La oscuridad del mundo superada por la luz del nacimiento de Dios (... ).
La Virgen María, en la cueva de Belén, nos enseña cómo ha de ser nuestra vida: está recogida en oración. Sólo vive para estar pendiente de Jesús.
Nosotros le pedimos hoy que nos dé este recogimiento interior necesario para ver y tratar a Dios, muy cercano también a nuestras vidas.
La oración de Santa María y de San José en Belén era un diálogo "mudo" con Jesús. Así es tantas veces la nuestra.
"Me ha impresionado siempre su espontaneidad en el trato con el Señor. Las comunidades de religiosas del Real Patronato de Santa Isabel han contado los encuentros y delirios de amor del Fundador del Opus Dei con la imagen del Niño Jesús que conservan en uno de los dos Conventos. Y yo he visto también su actitud ardiente y apasionada cuando llegaban las Navidades: al entrar o salir del oratorio, besaba con ternura al Niño recién nacido. En otros momentos le cogía en sus brazos, acariciándole dulcemente, mientras le miraba agradecido y con hambre de aprender. En una ocasión, después de besarle, puso sus ojos en esa imagen y, con la delicada ilusión de un padre de familia, requebró al Niño Jesús: ¡chato!"
«Esa imagen del Niño Jesús —comenta mons. A. del Portillo— dio ocasión a nuestro Padre para que hiciese mucha oración y muchos actos de amor a la Humanidad Santísima de Jesús. Lo solía pedir a las monjas especialmente por las épocas de Navidad, y lo bailaba y lo arrullaba y lo mimaba».
La oración de María y José estaría reducida a una palabra: "Jesús". Una sola palabra dicha con mucho amor y mucha humildad.
"He contemplado una escena en distintas Navidades, cuando -al distribuir las figuras del Nacimiento- alguien colocaba a San José un poco distante del Niño y de la Virgen o en un segundo plano. Mons. Escrivá de Balaguer las acercaba, mientras repetía: vamos a poner siempre a José muy cerca de Jesús y de María, porque siempre lo estuvo, porque lo sigue estando, y porque nos tiene que servir de guía para servir al Señor, contando también con la intercesión de la Virgen, como los dos le sirvieron" (Memoria del Beato Josemaría).
Filiacion divina y presencia de Dios
En ninguna religión encontramos algo tan grandioso como en la nuestra: Dios tiene un rostro humano. Dios se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre. Dios nos ha manifestado su amor enviando a Jesús al mundo. Dios es el Amor Encarnado.
"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).
Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.
Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.
"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).
Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.
"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).
La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.
"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).
Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.
Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.
"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).
Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.
"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).
La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.
Filiacion divina y presencia de Dios
Filiación divina y presencia de Dios
En ninguna religión encontramos algo tan grandioso como en la nuestra: Dios tiene un rostro humano. Dios se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre. Dios nos ha manifestado su amor enviando a Jesús al mundo. Dios es el Amor Encarnado.
"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).
Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.
Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.
"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).
Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.
"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).
La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.
En ninguna religión encontramos algo tan grandioso como en la nuestra: Dios tiene un rostro humano. Dios se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre. Dios nos ha manifestado su amor enviando a Jesús al mundo. Dios es el Amor Encarnado.
"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).
Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.
Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.
"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).
Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.
"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).
La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.
Filiacion divina y presencia de Dios
En ninguna religión encontramos algo tan grandioso como en la nuestra: Dios tiene un rostro humano. Dios se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre. Dios nos ha manifestado su amor enviando a Jesús al mundo. Dios es el Amor Encarnado.
"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).
Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.
Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.
"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).
Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.
"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).
La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.
"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).
Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.
Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.
"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).
Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.
"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).
La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.
Esperanza cristiana
Todos en la vida tenemos unos objetivos, unas metas, unas ilusiones que nos hacen levantarnos por la mañana, esforzarnos, trabajar...
Recuerdo a un amigo que, al terminar la carrera, decidió preparar una oposición muy difícil. La vida del opositor es dura. En ocasiones se desanimaba. Un día decidió colgar en la pared de la habitación donde estudiaba el poster gigantesco con el último modelo del coche más potente de una marca alemana. Cuando le daba 'el bajón' y se desanimaba, miraba el poster y pensaba: "cuando saque la oposición me lo podré comprar". Y seguía estudiando.
La esperanza cristiana tiene poco que ver con este tipo de esperanzas humanas, o terrenas. La esperanza cristiana es mucho más que una ilusión, o un buen deseo. La esperanza humana se centra en objetivos y en deseos que dependen de nosotros, de nuestros esfuerzos.
La virtud sobrenatural de la esperanza nos lleva a confiar en Dios. No es un estado de ánimo, ni consiste en hacer esfuerzos psicológicos. La esperanza cristiana nace y se alimenta en el amor a Dios.
La esperanza se manifiesta en saber comenzar una y otra vez, en no abandonar la lucha por la santidad que cada uno tiene concretada de manera distinta cuando aparecen dificultades, en no creernos el "no puedo" que muchas veces se nos viene a la cabeza...
Cultivar la esperanza significa robustecer la voluntad (Surco, 780).
"Una cosa intento, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto" (Fil 3, 13-14).
Recuerdo a un amigo que, al terminar la carrera, decidió preparar una oposición muy difícil. La vida del opositor es dura. En ocasiones se desanimaba. Un día decidió colgar en la pared de la habitación donde estudiaba el poster gigantesco con el último modelo del coche más potente de una marca alemana. Cuando le daba 'el bajón' y se desanimaba, miraba el poster y pensaba: "cuando saque la oposición me lo podré comprar". Y seguía estudiando.
La esperanza cristiana tiene poco que ver con este tipo de esperanzas humanas, o terrenas. La esperanza cristiana es mucho más que una ilusión, o un buen deseo. La esperanza humana se centra en objetivos y en deseos que dependen de nosotros, de nuestros esfuerzos.
La virtud sobrenatural de la esperanza nos lleva a confiar en Dios. No es un estado de ánimo, ni consiste en hacer esfuerzos psicológicos. La esperanza cristiana nace y se alimenta en el amor a Dios.
La esperanza se manifiesta en saber comenzar una y otra vez, en no abandonar la lucha por la santidad que cada uno tiene concretada de manera distinta cuando aparecen dificultades, en no creernos el "no puedo" que muchas veces se nos viene a la cabeza...
Cultivar la esperanza significa robustecer la voluntad (Surco, 780).
"Una cosa intento, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto" (Fil 3, 13-14).
18.12.08
Forjar el carácter
Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza. Cada uno es distinto, con su personalidad, manera de ser y carácter propios, que le distinguen de los demás.
Un denominador común y un numerador diversísimo para ser ipse Christus.
"Los socios no deben ser formados en serie, sino que, sin detrimento de la unidad y de la disciplina, ha de procurarse que cada hombre de Dios desarrolle su personalidad, su carácter".
Con la voluntad se modelan los elementos recibidos y adquiridos del carácter. Con estos rasgos todos hemos de luchar para ser santos.
El carácter de un hombre hace su destino (Democrito).
Hay elementos negativos de genio, impaciencia... que erradicar (cfr. Camino, n. 17) y positivos de fortaleza, lealtad... para desarrollar.
"Luchó para transformar sus tendencias naturales en cualidades positivas: la reciedumbre y la energía; la rapidez en la decisión; la agudeza de ingenio; la capacidad de darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor; o la habilidad dialéctica para responder a las dificultades. Pero no se dejaba llevar por el propio yo, dominaba los primo primi, y se esforzaba por hablar y actuar con rectitud de intención, al servicio del Señor y de las almas.
Observando toda su vida, me atrevo a asegurar que muestra la victoria de la voluntad y del entendimiento -puestos en Dios- sobre su carácter. Este triunfo procede de una continua vigilancia sobre sí mismo, aunque no dejaba de rogarnos que le ayudásemos; le he visto luchar contra esos hilos sutiles que, si no se rectifican, se convierten en ataduras que apartan de Dios. Supo conseguir una serena ecuanimidad, y la extraordinaria vitalidad de su temperamento estuvo siempre moderada por la prudencia y la fortaleza".
Si yo fuera de otro modo, si dominara más mi genio, si te fuera más fiel, Señor, ¡de qué admirable manera ibas a ayudarnos! (Forja, n. 603)
Debemos reflejar a Cristo en todo nuestro ser. También en los rasgos que configuran nuestro carácter debemos conformarnos con Él. Es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20).
Dejar actuar al Espíritu Santo para que plasme en nosotros la imagen del Señor. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo (Es Cristo que pasa, n. 31).
Hacerlo con el propio carácter, forjado mediante repetición de actos (cfr. Camino, n. 19). Sobre la naturaleza actúan la gracia y el esfuerzo personal, no hay dos santos iguales.
Docilidad para dejarnos ayudar en lo que se refiera al modo de ser.
Justificarse con el modo de ser (cfr. Surco, n. 755), o con rasgos regionales, étnicos…, puede ser manifestación de falta de carácter (cfr. Camino, n. 5).
Lucha por mejorar nuestro carácter y adquirir mayor profundidad en las virtudes: lo que resulte molesto o inapropiado echarlo fuera; lo indiferente ponerlo al servicio de Dios; e incluso lo legítimo quitarlo si es obstáculo a los demás.
Detras de un hombre duro se esconde la incapacidad de amar por el dominio del orgullo y las apetencias personales (Oliveros F Otero, Educar el corazon, 152)
Hacerse todo para todos (cfr. 1 Cor 9, 19-23), para atraer a muchos en el apostolado. Caras largas…, modales bruscos…, facha ridícula…, aire antipático: ¿Así esperas animar a los demás a seguir a Cristo? (Camino, n. 661). Es hacerse a todos para cumplir con la ley de la caridad.
Cfr. Camino, nn. 1-55; Cr, X-1994, pp. 1092-1102: Forjar el carácter.
Un denominador común y un numerador diversísimo para ser ipse Christus.
"Los socios no deben ser formados en serie, sino que, sin detrimento de la unidad y de la disciplina, ha de procurarse que cada hombre de Dios desarrolle su personalidad, su carácter".
Con la voluntad se modelan los elementos recibidos y adquiridos del carácter. Con estos rasgos todos hemos de luchar para ser santos.
El carácter de un hombre hace su destino (Democrito).
Hay elementos negativos de genio, impaciencia... que erradicar (cfr. Camino, n. 17) y positivos de fortaleza, lealtad... para desarrollar.
"Luchó para transformar sus tendencias naturales en cualidades positivas: la reciedumbre y la energía; la rapidez en la decisión; la agudeza de ingenio; la capacidad de darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor; o la habilidad dialéctica para responder a las dificultades. Pero no se dejaba llevar por el propio yo, dominaba los primo primi, y se esforzaba por hablar y actuar con rectitud de intención, al servicio del Señor y de las almas.
Observando toda su vida, me atrevo a asegurar que muestra la victoria de la voluntad y del entendimiento -puestos en Dios- sobre su carácter. Este triunfo procede de una continua vigilancia sobre sí mismo, aunque no dejaba de rogarnos que le ayudásemos; le he visto luchar contra esos hilos sutiles que, si no se rectifican, se convierten en ataduras que apartan de Dios. Supo conseguir una serena ecuanimidad, y la extraordinaria vitalidad de su temperamento estuvo siempre moderada por la prudencia y la fortaleza".
Si yo fuera de otro modo, si dominara más mi genio, si te fuera más fiel, Señor, ¡de qué admirable manera ibas a ayudarnos! (Forja, n. 603)
Debemos reflejar a Cristo en todo nuestro ser. También en los rasgos que configuran nuestro carácter debemos conformarnos con Él. Es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20).
Dejar actuar al Espíritu Santo para que plasme en nosotros la imagen del Señor. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo (Es Cristo que pasa, n. 31).
Hacerlo con el propio carácter, forjado mediante repetición de actos (cfr. Camino, n. 19). Sobre la naturaleza actúan la gracia y el esfuerzo personal, no hay dos santos iguales.
Docilidad para dejarnos ayudar en lo que se refiera al modo de ser.
Justificarse con el modo de ser (cfr. Surco, n. 755), o con rasgos regionales, étnicos…, puede ser manifestación de falta de carácter (cfr. Camino, n. 5).
Lucha por mejorar nuestro carácter y adquirir mayor profundidad en las virtudes: lo que resulte molesto o inapropiado echarlo fuera; lo indiferente ponerlo al servicio de Dios; e incluso lo legítimo quitarlo si es obstáculo a los demás.
Detras de un hombre duro se esconde la incapacidad de amar por el dominio del orgullo y las apetencias personales (Oliveros F Otero, Educar el corazon, 152)
Hacerse todo para todos (cfr. 1 Cor 9, 19-23), para atraer a muchos en el apostolado. Caras largas…, modales bruscos…, facha ridícula…, aire antipático: ¿Así esperas animar a los demás a seguir a Cristo? (Camino, n. 661). Es hacerse a todos para cumplir con la ley de la caridad.
Cfr. Camino, nn. 1-55; Cr, X-1994, pp. 1092-1102: Forjar el carácter.
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