11.4.09

Ideas (III)

Árbol de amigos
Existen personas en nuestras vidas que nos hacen felices por el simple hecho de haberse cruzado en nuestro camino. Algunas recorren el camino a nuestro lado, viendo muchas lunas pasar, sin embargo, otras apenas vemos entre un paso y otro. A todas las llamamos amigos y hay muchas clases de ellos. Tal vez cada hoja de un árbol caracteriza a uno de nuestros amigos: las primeras hojas que nacen del brote son nuestro amigo papá y nuestra amiga mamá, quienes nos muestran lo que es la vida. Después vienen los amigos hermanos, con quienes dividimos nuestro espacio para que puedan florecer como nosotros. Pasamos a conocer a toda la familia de hojas a quienes respetamos y deseamos el bien. Mas el destino nos presenta a otros amigos, los cuales no sabíamos que irían a cruzarse en nuestro camino. A muchos de ellos los denominamos amigos del alma, de corazón. Son sinceros, son verdaderos. Saben cuándo no estamos bien, saben lo que nos hace ser felices. A veces uno de esos amigos del alma estalla en nuestro corazón y entonces es llamado un amigo enamorado. Ése da brillo a nuestros ojos, música a nuestros labios, saltos a nuestros pies. Mas también hay de aquellos amigos por un tiempo, tal vez unas vacaciones o unos días o unas horas. Ellos acostumbran a colocar muchas sonrisas en nuestro rostro durante el tiempo que estamos cerca. Hablando de cerca, no podemos olvidar a amigos distantes, aquellos que están en la punta de las ramas y que cuando el viento sopla siempre aparecen entre una hoja y otra. El tiempo pasa, el verano se va, el otoño se aproxima y perdemos algunas de nuestras hojas, algunas nacen en otro verano y otras permanecen por muchas estaciones. Pero lo que nos deja más felices es que las que cayeron continúan cerca, alimentando nuestra raíz con alegría: son recuerdos de momentos maravillosos de cuando se cruzaron en nuestro camino.
Te deseo, hoja de mi árbol: paz, amor, salud, suerte y prosperidad. Hoy y siempre... Simplemente porque cada persona que pasa y nos toca en nuestra vida es única. Siempre deja un poco de sí misma y se lleva un poco de nosotros. Habrá los que se llevarán mucho, pero no habrá de los que no nos dejarán nada. Ésta es una responsabilidad en nuestra vida y la prueba evidente de que dos almas no se encuentran por casualidad.










Barbero y Dios
Un hombre fue a una barbería a cortarse el cabello y recortarse la barba. Como es costumbre en estos casos entabló, una amena conversación con la persona que le atendía. Hablaban de muchos temas y, cuando salió el tema Dios, el barbero dijo:
-Fíjese caballero que yo no creo que Dios exista, como usted dice. Pero, ¿por qué dice usted eso? Pues es muy fácil, basta con salir a la calle para darse cuenta de que Dios no existe, o dígame, ¿acaso si Dios existiera, habría tantos enfermos?, ¿habría niños abandonados? Si Dios existiera no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad, yo no puedo pensar que exista un Dios que permita todas estas cosas.
El cliente se quedó pensando un momento, pero no quiso responder para evitar una discusión. El barbero terminó su trabajo y el cliente salió del negocio. Al abandonar la barbería, vio en la calle a un hombre con la barba y el cabello largo, al parecer hacía mucho tiempo que no se lo cortaba y se veía muy desarreglado. Entonces entró de nuevo a la barbería y le dijo al barbero. ¿Sabe una cosa?, ¡Los barberos no existen! ¿Cómo que no existen? Aquí estoy yo y soy barbero. ¡No! - dijo el cliente -, no existen porque si existieran no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de ese hombre que va por la calle. ¡Ah!, los barberos sí existen, lo que pasa es que esas personas no vienen hacia mí. ¡Exacto! Lo mismo pasa con Dios: Dios sí existe; lo que pasa es que las personas no van hacia Él y no le buscan. Por eso hay tanto dolor y miseria.



Besitos
A menudo aprendemos mucho de nuestros hijos. Hace algún tiempo, un amigo castigó a su hija de tres años por desperdiciar un rollo completo de papel dorado para envolturas. Estaban escasos de dinero y él se puso furioso cuando la niña trató de decorar una caja para ponerla bajo el árbol de Navidad. A pesar de todo, la pequeña niña le llevó el regalo a su papá la mañana siguiente y le dijo: Esto es para ti, papi. Él se sintió avergonzado de su reacción anterior, pero su enojo volvió cuando vio la caja vacía:
-¿No sabes que cuando uno da un regalo, se supone que haya algo dentro de la caja? La pequeña niña lo miró con lagrimas en sus ojos y dijo: Papi, no esta vacía, yo metí besitos dentro de la caja. Son todos para ti, papi. El padre se sintió destrozado; rodeó con sus brazos a su hijita y le rogó que lo perdonara. Mi amigo me dijo que conservó aquella caja dorada junto a su cama por años. Cuando se sentía desanimado, sacaba uno de aquellos besos en el aire y recordaba el amor con que una niña los había depositado allí.


Bofetada
Dice una linda leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron. El otro, ofendido, sin nada qué decir, escribió en la arena: HOY, MI MEJOR AMIGO ME DIÓ UNA BOFETADA. Continuaron su camino y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomó un cincel y escribió en una piedra: HOY, MI MEJOR AMIGO ME SALVÓ LA VIDA. Intrigado, el amigo preguntó:
-¿Por que después de que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió:
-Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena, donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y desaparecerlo. Por otro lado, cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde ningún viento del mundo podrá borrarlo.
























Burrito descontento
Érase que se era un día de invierno muy crudo. En el campo nevaba copiosamente, y dentro de una casa de labor, en su establo, había un Burrito que miraba a través del cristal de la ventana. Junto a él tenía el pesebre cubierto de paja seca.
-¡Paja seca! - se decía el Burrito, despreciándola -. ¡Vaya una cosa que me pone mi amo! ¡Cuándo se acabará el invierno y llegará la primavera, para poder comer hierba fresca y jugosa de la que crece por todas partes, en prado y junto al camino! Así suspirando el Burrito de nuestro cuento, fue llegando la primavera, y con la ansiada estación creció hermosa hierba verde en gran abundancia. El Burrito se puso muy contento; pero, sin embargo, le duró muy poco tiempo esta alegría. El campesino segó la hierba y luego la cargó a lomos del Burrito y la llevó a casa. Y luego volvió y la cargó nuevamente. Y otra vez. Y otra. De manera que al Burrito ya no le agradaba la primavera, a pesar de lo alegre que era y de su hierva verde.
-¿Cuándo llegará el verano, para no tener que cargar tanta hierba del prado?
Vino el verano; mas no por hacer mucho calor mejoró la suerte del animal. Porque su amo le sacaba al campo y le cargaba con mieses y con todos los productos. El Burrito descontento sudaba la gota gorda, porque tenía que trabajar bajo los ardores del sol. ¡Qué ganas tengo de que llegue el otoño! Así dejaré de cargar haces de paja, y tampoco tendré que llevar sacos de trigo al molino para que allí hagan harina. Así se lamentaba el descontento, y ésta era la única esperanza que le quedaba, porque ni en primavera ni en verano había mejorado su situación. Pasó el tiempo... Llegó el otoño. Pero, ¿qué ocurrió? El criado sacaba del establo al Burrito cada día y le ponía la albarda. ¡Arre, arre! En la huerta nos están esperando muchos cestos de fruta para llevar a la bodega.
El Burrito iba y venía de casa a la huerta y de la huerta a la casa, y en tanto que caminaba en silencio, reflexionaba que no había mejorado su condición con el cambio de estaciones. El Burrito se veía cargado con manzanas, con patatas, con mil suministros para la casa. Aquella tarde le habían cargado con un gran acopio de leña, y el animal, caminando hacia la casa, iba razonando a su manera: Si nada me gustó la primavera, menos aún me agradó el verano, y el otoño tampoco me parece cosa buena. ¡Qué ganas tengo de que llegue el invierno! Ya sé que entonces no tendré la jugosa hierba que con tanto afán deseaba. Pero, al menos, podré descasar cuanto me apetezca. ¡Bienvenido sea el invierno! Tendré en el pesebre solamente paja seca, pero la comeré con el mayor contento.
Y cuando por fin, llegó el invierno, el Burrito fue muy feliz. Vivía descansado en su cómodo establo, y, acordándose de las anteriores penalidades, comía con buena gana la paja que le ponían en el pesebre. Ya no tenía las ambiciones que entristecieron su vida anterior. Ahora contemplaba desde su caliente establo el caer de los copos de nieve, y al Burrito descontento (que ya no lo era) se le ocurrió este pensamiento, que todos nosotros debemos recordar siempre, y así iremos caminando satisfechos por los senderos de la vida: contentarnos con nuestra suerte es el secreto de la felicidad.
Buscador
Un día, el buscador sintió que debería ir a la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, de modo que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó a lo lejos la ciudad de Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la derecha del sendero. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores bellas. La rodeaba por completo una especie de valla de madera lustrada. Una portezuela de bronce le invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspasó el portal y caminó lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor. Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió sobre una de las piedras, aquella inscripción: "Aquí yace Abdul Tareg. Vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días." Se sobrecogió un poco al darse cuenta que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lapida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estuviera enterrado en ese lugar. Mirando a su alrededor el hombre se dio cuenta que la piedra de al lado tenía también una inscripción. Se acercó a leerla; decía: "Aquí yace Yamir Kalib. Vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas." El buscador se sintió terriblemente abatido. Ese hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba. Una por una leyó las lapidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que más le espantó fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los 11 años. Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio, que pasaba por ahí, se acercó. Le vio llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar. No, ningún familiar, dijo el buscador. ¿Qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa terrible hay en esta ciudad? ¿Porqué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente que los ha obligado a construir un cementerio de niños? El anciano respondió: Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que sucede es que aquí tenemos una vieja costumbre. Cuando un joven cumple quince años sus padres le regalan una libreta como ésta que tengo aquí colgando del cuello. Y es tradición entre nosotros que a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella, a la izquierda, qué fue lo disfrutado y a la derecha, cuanto tiempo duro el gozo. "Conoció a su novia, y se enamoro de ella. ¿Cuánto tiempo duro esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿una semana..? ¿dos.? ¿tres semanas y media...? Y después, la fiesta de bodas. Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos. Cuando alguien muere es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo anotado, para escribirlo sobre su tumba, porque es, amigo caminante, el único y verdadero tiempo VIVIDO.

Caminante
Muchas veces había sentido que el tiempo se le escurría entre los dedos, pero le inquietaba saber que ni le dejaba huella. Para él, eso era como haber sentido de cerca la muerte, Ahora deseaba saberse intensamente vivo; quería andar sin prisas, descalzo, por algún camino de árboles inmensos, contemplativos de aquella verde felicidad. Tenía la gana de caminar así, sin ninguna clase de permiso, de modo que sus pies pálidos y desnudos olieran al pastizal, percibieran cómo éste se transformaba en tierra en arena, hasta llegar al mar.
Una mañana se despidió de su casa y salió: iba a probar andar hasta donde termina el río. En realidad, éste sería su quinto intento, pero esta vez lo animaba no sólo un objetivo en la mente: tenía ahora en el corazón un anhelo.
Caminó pues. Su sendero comenzó siendo hostil y se fue haciendo cada vez más estrecho, más de lo que él y su imaginación habían hábilmente acordado. El calor era, a ratos, asfixiante y sólo por momentos muy breves soplaba hasta su frente un ligero airecillo que le regalaba de pronto un poco de consuelo. Como lo imaginó, tuvo varias caídas; sin embargo, cuantas veces estuvo a punto de desistir llegaba de repente a un lugar enteramente distinto. Así conoció los sitios más lejanos y hermosos, rebosantes de árboles y pájaros, parajes húmedos inmensamente bellos. Pero se preguntaba, cada vez, cuánto faltaba para llegar a su destino.
Un día, fatigado y molesto, con vagas esperanzas, no quiso seguir: Sus pies encallecidos, ulcerados, se negaron a hacerlo. Deseó abandonar el camino y olvidarse de todo y de sí mismo. En ese instante apareció la aurora. Miró hacia el horizonte y leyó: "Vivir no es fácil; sin embargo, es una experiencia maravillosa".
Cada noche, en la íntima paz de su lecho, él se detiene y eleva la mirada. Luego se inclina, cierra los ojos y sus labios esbozan un suave y vehemente "Gracias". Ahora sabe que cuanta tierra pisa, ese es su destino. Mientras sus ojos traducían con paciencia el horizonte, su inteligencia rústica recibió el suave y dulce roce de la mano de Dios.













Cómo echar a perder un hijo.
1. Comience por dar a su hijo durante la infancia todo lo que él quiera; así crecerá con la falsa idea de que todo mundo tiene que servirle. 2. Cuando aprenda malas palabras, celebre "el chiste"; así creerá que es "muy gracioso" y lo estimulara a aprender otras groserías que le sacaran a usted de quicio en unos años más.3. Nunca le dé educación espiritual; espere a que su "niño" cumpla 21 años para que "decida por sí mismo".4. Evite usted el uso de la palabra "malo" o "pecado"; podría crearle un complejo de "culpabilidad".5. Recoja todo lo que él deja tirado; libros, zapatos, ropa, para que "aprenda bien" a dejar toda la responsabilidad a los demás. 6. Déjele leer historietas, noveluchas, pornografía y cuanto caiga en sus manos; así su cerebro, lleno de inmundicia, se desarrollara sin "prejuicios".
7. Tenga demasiadas "reuniones" por las noches y riña con su cónyuge en presencia de sus hijos; así estos no sentirán el "terrible choque" cuando sobrevenga el divorcio o separación. 8. Déle todo el dinero que le pida y cúmplale sus caprichos; al negárselos podría crearle un complejo de "frustración". 9. Póngase siempre de su parte contra los vecinos, profesores y, cuando venga el caso, contra la policía; todas estas personas le tienen "mala voluntad" a su hijo. 10. Nunca se preocupe por darle buen ejemplo y cuando alguien le busque a usted y no quiera ser interrumpido, ordénele que diga que "no está" para que desde pequeño aprenda a "salir de apuros". Luego de seguir estas instrucciones, prepárese para una vida "de tranquilidad". Usted se la merece. Y cuando "su niño" sea un delincuente, apresúrese a exclamar: "¿Qué pecado habré cometido, Dios mío para merecer un don así?"
Compromiso
El muchacho entró con paso firme a la joyería y pidió al dueño le mostrara el mejor anillo de compromiso que tuviera. El joyero le presento uno. La hermosa piedra, solitaria brillaba como un diminuto sol resplandeciente. El muchacho contempló el anillo y con una sonrisa lo aprobó. Pregunto luego el precio y se dispuso a pagarlo.
-¿Se va usted a casar pronto?, preguntó el dueño. No, ni siquiera tengo novia. La muda sorpresa del joyero divirtió al comprador.
-Es para mi mamá. Cuando yo iba a nacer estuvo sola. Alguien le aconsejo que me matara antes de que naciera, así se evitaría problemas. Pero ella se negó y me dio el don de la vida. Y tuvo muchos problemas, muchos. Fue padre y madre para mi, y fue amiga y hermana, y fue maestra. Me hizo ser lo que soy. Ahora que puedo le compro este anillo de compromiso. Ella nunca tuvo uno. Yo se lo doy como promesa de que si ella hizo todo por mí, ahora yo haré todo por ella. Quizás después entregue yo otro anillo de compromiso, pero será el segund. El joyero no dijo nada. Solamente ordeno a su cajera que le hiciera al muchacho el descuento aquel que se hacía sólo a los clientes importantes.
Cuerda
Cuentan que un alpinista desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía después de años de preparación. Pero quería la gloria para él sólo, por lo tanto subió sin compañeros.
Empezó a subir y se fue haciendo más tarde y más tarde. No se preparó para acampar, sino que siguió subiendo decidido a llegar a la cima, hasta que se hizo la oscuridad. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña. Ya no podía ver absolutamente nada. Todo era negro, cero visibilidad no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.
Subiendo por un acantilado, a sólo 100 metros de la cima, resbaló y se desplomó por los aires. Caía a una velocidad vertiginosa y sólo podía ver veloces manchas más oscuras, que pasaban en la misma oscuridad y la terrible sensación de ser succionado por la gravedad...
Seguía cayendo... y en esos angustiosos momentos, le pasaron por su mente todos los gratos y no tan gratos momentos de su vida. Pensaba que iba a morir, sin embargo de repente sintió un tirón muy fuerte que casi lo partió en dos. Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura. Después de un momento de quietud suspendido por los aires, grito con todas sus fuerzas:
-¡Ayúdame, Dios mío!
De repente, una voz grave y profunda de los cielos le contesto:
-¿Qué quieres que haga, hijo mío?
-Sálvame, Dios mío
-¿Realmente crees que te pueda salvar?
-Por supuesto, Señor
-Entonces corta la cuerda que te sostiene...
Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró más a la cuerda y reflexionó. Cuenta el equipo de rescate que el día siguiente encontraron colgado a un alpinista muerto, congelado, agarrado fuertemente con las manos a una cuerda... a tan sólo dos metros del suelo.

Dimensionar
Queridos papá y mamá:
Desde que me fui al colegio he descuidado escribiros y lamento mi desconsideración por no haberlo hecho antes. Ahora os pondré al corriente, pero antes sentaos. No leáis nada más, a menos que estéis sentados. ¿De acuerdo?
Bueno, pues me encuentro bien ahora. La fractura de cráneo y la conmoción que me produjo la caída al saltar desde la ventana de mi dormitorio, cuando éste se incendio, a poco de llegar aquí, se han curado perfectamente.
Pasé sólo quince días en el hospital y ahora veo casi con normalidad y sólo me afecta el dolor de cabeza una vez al día.
Por fortuna, el incendio en el dormitorio y mi salto por la ventana fueron presenciados por un empleado de la gasolinera cercana, que avisó a los bomberos y a la ambulancia. Después me vino a visitar al hospital y como yo no tenía sitio dónde vivir, a causa del incendio, él fue tan amable que me invitó a compartir su vivienda. Realmente se trata de un sótano, pero es muy cuco.
Él es un muchacho excelente y nos enamoramos como locos, por lo que pensamos casarnos. Aun no sabemos la fecha exacta, pero podrá ser antes de que se note mi embarazo.
Si papás, estoy embarazada. Me consta lo mucho que os complacerá ser abuelos y estoy segura de que recibiréis bien al bebé, dándole el mismo cariño, afecto y cuidados que tuvisteis conmigo cuando era pequeña.
La causa del retraso en nuestra boda se debe a una ligera infección que padece mi novio y que nos ha impedido pasar las pruebas hematológicas prematrimoniales, y que yo, descuidadamente, me he contagiado de él.
Estoy segura de que lo recibiréis en nuestra familia con los brazos abiertos. Él es cariñoso, y aunque no muy educado, tiene ambición.
Su raza y religión son distintas de la nuestra, pero se que vuestra tolerancia, frecuentemente expresada, no os permitirá enfadaros por esto.
Ahora que ya estáis al corriente de todo, quiero deciros que no se incendió mi dormitorio, no tuve fractura ni conmoción de cráneo, ni fui al hospital, no estoy embarazada, no tengo novio, no sufro ninguna infección y no hay ningún muchacho en mi vida. Sin embargo, he sacado un suspenso en Historia y un aprobado en Ciencias, y quiero que veáis estas notas en su perspectiva adecuada.
Vuestra hija que os quiere: Sufricia.

Donando sangre, donando vida.

Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntario en un hospital de Stanford, conocí a una niñita llamada Liz quien sufría de una extraña enfermedad. Su única oportunidad de recuperarse aparentemente era una transfusión de sangre de su hermano de 5 años, quien había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había desarrollado anticuerpos necesarios para combatir la enfermedad.
El doctor explicó la situación al hermano de la niña, y le preguntó si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana. Yo lo vi dudar por solo un momento antes de tomar un gran suspiro y decir:
-Sí, lo haré, si eso salva a Liz.
Mientras la transfusión continuaba, él estaba acostado en una cama al lado de la de su hermana. Estaba sonriente viendo retornar el color a las mejillas de la niña. Entonces la cara del niño se puso pálida y su sonrisa desapareció. Él miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa.
-¿A qué hora empezaré a morirme?
Siendo solo un niño, no había comprendido al doctor; él pensaba que le daría toda su sangre a su hermana. Y aún así se la daba.

Amor de madre
Un artículo en National Geographic varios años atrás mostraban una foto impactante de las Alas de Dios. Después de un incendio forestal en el Parque Nacional de Yellowstone, los guardabosques iniciaron una larga jornada montaña arriba para valorar los daños del incendio. Un guardabosque encontró un pájaro literalmente petrificado en cenizas, posado cual estatua en la base de un árbol. Un poco asombrado por el espeluznante espectáculo, dio unos golpecitos al pajarillo con una vara. Cuando lo hizo tres diminutos polluelos se escabulleron bajo las alas de su madre ya muerta. La amorosa madre, en su afán de impedir el desastre, había llevado a sus hijos a la base del árbol y los había acurrucado bajo sus alas, instintivamente conociendo que el humo tóxico ascendería. Ella podía haber volado para encontrar su seguridad, pero había se había negado a abandonar a sus bebes. Cuando las llamas llegaron y quemaron su pequeño cuerpo ella permaneció firme. Porque había decidido morir para que aquellos que estaban bajo sus alas pudiesen vivir.
El árbol de los problemas
El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar mi vieja granja acababa de finalizar su primer día de trabajo muy duro. Su cortadora eléctrica se había dañado y le había hecho perder una hora de su trabajo y ahora su antiguo camión se negaba a arrancar.
Mientras lo llevaba a su casa, permaneció en silencio Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos.
Al entrar en su casa, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara sonreía plenamente. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. Posteriormente me acompañó hasta el auto.
Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo visto cuando entramos.
- Ése es mi árbol de los problemas, contestó. Sé que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero hay algo que es seguro: los problemas no pertenecen a mi casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego. Luego a la mañana los recojo otra vez. Lo divertido es que cuando salgo a la mañana a recogerlos, ni remotamente encuentro tantos como los que recuerdo haber dejado la noche anterior.
Si tiene solución, ¿para qué te vas a preocupar? Si no tiene solución, ¿para qué te vas preocupar?

HAY QUE SEGUIR CANTANDO

Como cualquier buena mamá, cuando Karen supo que estaba esperando un bebé, hizo lo que pudo para ayudar a su hijo Michael de tres años a prepararsepara una nueva etapa en su vida. Supieron que el nuevo bebe iba a ser una niña, y día y noche, Michael le cantaba a su hermanita en el vientre de su madre. El estaba encariñándose con su hermanita aun antes de conocerla. El embarazo de Karen progresó normalmente. A tiempo empezó su labor de parto, pronto los dolores eran cada cinco, cada tres y finalmente cada minuto. Pero una complicación se presentó de repente y Karen tuvo horas de labor de parto. Finalmente, después de muchas horas de lucha, la hermanita de Michael nació, pero en muy malas condiciones. La llevaron inmediatamente en una ambulancia a la Unidad de Cuidados Intensivos, sección neonatal del Hospital St. Maryen Knoxville, Tennessee. Los días pasaron y la niña empeoraba. Los pediatras tuvieron que decirle finalmente a los padres las terribles palabras: "Hay muy pocas esperanzas, prepárense para lo peor". Karen y su esposo contactaron al cementerio local para apartar un lugar para su hijita. Ellos habían creado un cuarto nuevo para su hija y ahora se encontraban haciendo arreglos para un funeral. Sin embargo, Michael, les rogaba a sus padres que le dejaran ver a su hermanita. "Quiero cantarle", decía una y otra vez. Estuvieron dos semanas en Terapia Intensiva y parecía que el funeral vendría antes de que acabara la semana. Michael siguió insistiendo que quería cantarle a su hermanita, pero le explicaban que no se permitía la entrada de niños a Terapia Intensiva. De pronto Karen se decidió. Llevaría a Michael a ver a su hermanita, ¡la dejaran o no! Si no veía a su hermanita en ese momento, tal vez no la vería viva nunca. Ella le puso un overol inmenso y lo llevo a Terapia Intensiva, Michael parecía una enorme canasta de ropa sucia. Pero la jefa de enfermeras se dio cuenta de que era un niño y se enfureció. "¡Saquen a ese niño de aquí ahora mismo! No se admiten niños aquí" El carácter de Karen afloró y, olvidándose de sus lindos modales de dama, que siempre la habían caracterizado, miró con ojos de acero a la enfermera, sus labios eran una sola línea y con firmeza dijo: Él no se va hasta que le cante a su hermanita" y levantó a Michael y lo llevó a la cama de su hermanita. El miró a la pequeñita, perdiendo la batalla por conservar la vida. Después de un momento empezó a cantar con la voz que le salía del corazón de un niño de tres años. Michael le cantó: "Eres mi luz del sol, mi única luz, tú me haces feliz cuando el cielo es gris...." (conocida canción en inglés "You´re my sunshine"). Instantáneamente, la bebé pareció responder al estímulo de la voz de Michael, su pulso se empezó a volver normal. "Sigue cantando, Michael" le pedía desesperadamente su mamá con lágrimas en los ojos. Y el niño seguía: "Tú no sabrás nunca, querida, cuanto te amo, por favor no te lleves mi luz del sol... "Al tiempo que Michael cantaba a su hermana, la bebé se movía y su respiración se volvía tan suave como la de un gatito cuando lo acarician. "Sigue cantando, cariño" le decía su mamá yél continuaba haciéndolo como cuando todavía su hermanita estaba en el vientre de su madre. "La otra noche, querida, cuando dormía, soñé que te abrazaba en mis brazos..." seguía cantando el niño; la hermanita de Michael empezó a relajarse y a dormir con un sueño reparador que parecía que la mejoraba por segundos. "Sigue cantando Michael"... ahora era la voz de la enfermera que, con lágrimas en los ojos, no dejaba de pedirle al niño que continuara. "Tú eres mi luz del sol, mi única luz del sol, por favor no te lleves mi sol..." Al día siguiente... el mismísimo día siguiente... la niña estaba en perfectas condiciones para irse a casa. La revista "Woman"s Day" lo llamó "El Milagro de la canción del Hermano". Los doctores le llamaron simplemente un milagro. Karen le llamó "El Milagro del amor de Dios".

El libro de tu vida

Hoy cierras un volumen más del libro de tu vida. Cuando comenzaste este libro todo era tuyo, te lo puso Dios en las manos. Podías hacer con él lo que quisieras: un poema, una pesadilla, una blasfemia, un sistema, una oración.
Podías... Hoy ya no puedes; no es tuyo, ya lo has escrito, ahora es de Dios. Se lo va a leer todo Dios el mismo día en que mueras, con todos sus detalles. Ya no puedes corregirlo. Ha pasado al dominio de la eternidad.
Piensa unos momentos en esta ultima noche del año. Toma tu libro y hojéalo despacio, deja pasar sus páginas por tus manos y por tu conciencia. Ten el gusto de verte a ti mismo. Lee todo. Repite aquellas páginas de tu vida en las que pusiste tu mejor estilo.
No olvides que uno de tus mejores maestros eres tu mismo. Lee también aquellas páginas que nunca quisieras haberlas escrito. No, no intentes arrancarlas, es inútil. Ten valor para leerlas, son tuyas. No puedes arrancarlas, pero puedes anularlas cuando escribas tu siguiente libro. Si lo haces, Dios pasará estas de corrida cuando te lea tu libro en el último día.
Lee tu libro viejo en la última noche del Año. Hay en él trozos de ti mismo; es un drama apasionado en el que el primer personaje eres tú. Tú en escena con Dios, con tu familia, con tu trabajo, con la sociedad. Tú lo has escrito con el instrumento asombroso de tu libre albedrío sobre la superficie inmensa y movediza del mundo. Es un libro misterioso, que en su mayor parte, la más interesante, no puede leerlo nadie mas que Dios y tu. Si tienes ganas de besarlo, bésalo, si tienes ganas de llorar, llora fuerte sobre tu viejo libro en esta ultima noche del año.
Pero, sobre todo, reza sobre tu libro viejo. Cógelo en tus manos, levántalo hacia el cielo y dile a Dios sólo dos palabras:
-Gracias y perdón..
Después dáselo a Cristo. No importa como esté, aunque tenga páginas negras, Cristo sabe perdonar. Esta noche te ha de dar Dios otro libro completamente blanco y nuevo. Es todo tuyo. Vas a poder escribir en él lo que quieras.
Pon el nombre de Dios en la primera pagina. Después dile que no te deje escribirlo solo. Dile que te tenga siempre de la MANO Y CORAZON

Ideas (y IV)

Compra venta de cristos
A mi Cristo roto, lo encontré en Sevilla. Dentro del arte me subyuga el tema de Cristo en la cruz. Se llevan mi preferencia los cristos barrocos españoles. La última vez, fui de compras en compañía de un buen amigo mío. Al cristo, ¡qué elección! se le puede encontrar entre tuercas y clavos, chatarra oxidada, ropa vieja, zapatos, libros, muñecas rotas o litografías románticas. La cosa, es saber buscarlo. Porque Cristo anda y está entre todas las cosas de éste revuelto e inverosímil rastro (bazar) que es la vida.
Pero aquella mañana nos aventuramos por la casa del artista. Es más fácil encontrar ahí al cristo, ¡Pero mucho más caro! Es zona ya de anticuarios. Es el cristo con impuesto de lujo, el cristo que han encarecido los turistas, porque desde que se intensificó el turismo, también cristo es más caro. Visitamos únicamente dos o tres tiendas y andábamos por la tercera o cuarta.
-Ehhmm ¿Quiere algo Padre?
-Dar una vuelta nada más por la tienda, mirar, ver.
De pronto, frente a mí, acostado sobre una mesa, vi un cristo sin cruz. Iba a lanzarme sobre él, pero frené mis ímpetus. Miré al cristo de reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro que no era precisamente lo que yo buscaba, era un cristo roto. Pero esta misma circunstancia, me encadenó a él, no sé por qué. Fingí interés primero por los objetos que me rodeaban hasta que mis manos se apoderaron del cristo, ¡Dominé mis dedos para no acariciarlo! No me habían engañado los ojos, no. Debió de ser un cristo muy bello, era un impresionante despojo mutilado. Por supuesto, no tenía cruz, le faltaba media pierna, un brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había perdido la cara. Se acercó el anticuario, tomó el cristo roto en sus manos y me dijo:
-¡Oh, es una magnífica pieza, se ve que tiene usted gusto Padre! Fíjese que espléndida talla, qué buena factura.
-Pero está tan rota, tan mutilada.
-No tiene importancia, Padre. Aquí al lado hay un magnífico restaurador amigo mío y se lo va a dejar a usted nuevo. Volvió a ponderarlo, a alabarlo, lo acariciaba entre sus manos; pero no acariciaba al cristo, acariciaba la mercancía que se le iba a convertir en dinero.
Insistí; dudó, hizo una pausa, miró por última vez al cristo fingiendo que le costaba separarse de él y me lo alargó en un arranque de generosidad ficticia, diciéndome resignado y dolorido:
-Tenga Padre, lléveselo, por ser para usted y conste que no gano nada: 3000 pesetas nada más, ¡Se lleva usted una joya!.
El vendedor exaltaba las cualidades para mantener el precio. Yo, sacerdote, la mermaba méritos para rebajarlo. Me estremecí de pronto. ¡Disputábamos el precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía!. ¡Y me acordé de Judas! ¿No era aquella también una compraventa de Cristo? ¡Pero cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de madera, de carne, y en él a nuestros prójimos! Nuestra vida es muchas veces una compraventa de cristos.
Al final, cedimos los dos, lo rebajó a 800 pesetas. Antes de despedirme, le pregunté si sabía la procedencia del cristo y la razón de aquellas terribles mutilaciones. En información vaga e incompleta me dijo que creía procedía de la sierra de Aracena, y que las mutilaciones se debían a una profanación del tiempo de la Guerra. Apreté a mi cristo con cariño, y salí con él a la calle. Al fin, ya de noche, cerré la puerta de mi habitación y me encontré solo, cara a cara con mi cristo. ¡Qué ensangrentado despojo mutilado! Viéndolo así, me decidí a preguntarle:
-Cristo, ¿quién fue el que se atrevió contigo? ¿No le temblaron las manos cuando astilló las tuyas arrancándote de la cruz?! ¿Vive todavía? ¿Dónde? ¿Qué haría hoy si te viera en mis manos? ¿Se arrepintió?
-¡Cállate!, me cortó una voz tajante. ¡Cállate! Preguntas demasiado ¿Crees que tengo un corazón tan pequeño y mezquino como el tuyo? ¡Cállate! No me preguntes ni pienses más en el que me mutiló. Déjalo, ¿Qué sabes tú? ¡Respétalo!, yo ya lo perdoné. Yo me olvidé instantáneamente y para siempre de sus pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una vez, no por mezquinas entregas como vosotros. ¡Cállate! ¿Por qué ante mis miembros rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden, hieren, explotan y mutilan a sus hermanos los hombres?. ¿Qué es mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por la gracia del bautismo. ¡Oh hipócritas! Os rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que mutiló mi imagen de madera, mientras le estrecháis la mano o le rendís honores a quien mutila física o moralmente a los cristos vivos que son sus hermanos.
Yo contesté:
-No puedo verte así, destrozado, aunque el restaurador me cobre lo que quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte así. Mañana mismo te llevaré al taller. ¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que te gusta?
-¡No, no me gusta!, contestó el cristo, seca y duramente. ¡Eres igual que todos y hablas demasiado!
Hubo una pausa de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a decapitar el silencio angustioso.
-¡No me restaures, te lo prohibo! ¿Lo oyes?
-Sí Señor. Te lo prometo: no te restauraré.
-Gracias, me contestó el cristo y su tono volvió a darme confianza.
-¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No comprendes que me duele?
Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me restaures! A ver si, viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele; a ver si así, roto y mutilado, te sirvo de clave para el dolor de los demás. Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes. Hay muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un cristo bello, una obra de arte, mientras ofenden al pequeño cristo de carne, que es su hermano. Esos besos me repugnan, me dan asco. Los tolero forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la obra de arte. Un cristo bello, puede ser un peligroso refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno, tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso cristianismo. Por eso, deberían tener más cristos rotos, uno a la entrada de cada templo, que gritara siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis hermanos los hombres Por eso te lo suplico, no me restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un poco tu vida.
-Sí Señor, te lo prometo, contesté.
Y un beso sobre su único pie astillado, fue la firma de mi promesa. Desde hoy viviré con un cristo roto.

169. Coraje
En mi dual profesión de educadora y trabajadora de la salud, he tenido contacto con mucho niños infectados por el virus del sida. Las relaciones que mantuve con esos niños especiales han sido grandes dones en mi vida. Ellos me enseñaron muchas cosas, pero descubrí, en especial el gran coraje que se puede encontrar en el más pequeño de los envoltorios. Permíteme que te hable de Tyler.
Tyler nació infectado con el HIV; su madre también lo tenía. Desde el comienzo mismo de su vida, el niño dependió de los medicamentos para sobrevivir. Cuando tenía cinco años, le insertaron quirúrgicamente un tubo en una vena del pecho. Ese tubo estaba conectado a una bomba, que él llevaba a la espalda, en una pequeña mochila. Por allí se le suministraba una medicación constante que iba al torrente sanguíneo. A veces también necesitaba un suplemento de oxígeno para complementar la respiración.
Tyler no estaba dispuesto a renunciar un solo momento de su infancia por esa mortífera enfermedad. No era raro encontrarlo jugando y corriendo por su patio, con su mochila cargada de medicamentos y arrastrando un carrito con el tubo de oxígeno. Todo los que lo conocíamos nos maravillamos de su puro gozo de estar vivo y la energía que eso le brindaba. La madre solía bromear diciéndole que, por lo rápido que era, tendría que vestirlo de rojo para poder verlo desde la ventana cuando jugaba en el patio.
Con el tiempo, esa temible enfermedad acaba de gastar hasta a pequeñas dinamos como Tyler. El niño enfermó de gravedad. Por desgracia, sucedió lo mismo con su madre, también infectada con el HIV. Cuando se tornó evidente que Tyler no iba a sobrevivir, la mamá le habló de la muerte. Lo consoló diciéndole que ella también iba a morir y que pronto estarían juntos en el cielo.
Pocos días antes del deceso, Tyler hizo que me acercara a su cama del hospital para susurrarme:
-Es posible que muera pronto. No tengo miedo.
Cuando me muera vísteme de rojo, por favor. Mamá me prometió venir al cielo. Cuando ella llegue yo estaré jugando y quiero asegurarme que pueda encontrarme.

171. Amar la vida
Un profesor fue invitado a dar una conferencia en una base militar, y en el aeropuerto lo recibió un soldado llamado Ralph.
Mientras se encaminaban a recoger el equipaje, Ralph se separó del visitante en tres ocasiones: primero para ayudar a una anciana con su maleta; luego para cargar a dos pequeños a fin de que pudieran ver a Santa Claus, y después para orientar a una persona. Cada vez regresaba con una sonrisa en el rostro.
-¿Dónde aprendió a comportarse así?, preguntó el profesor.
-En la guerra, contestó Ralph.
Entonces le contó su experiencia en Vietnam. Allá su misión había sido limpiar campos minados. Durante ese tiempo había visto cómo varios amigos suyos, uno tras otro, encontraban una muerte prematura.
-Me acostumbré a vivir paso a paso. Nunca sabía si el siguiente iba a ser el último; por eso tenía que sacar el mayor provecho posible del momento que transcurría entre alzar un pie y volver a apoyarlo en el suelo. Me parecía que cada paso era toda una vida.

175. Auxilio bajo la lluvia
Una noche, a las 11:30 p.m., una mujer afroamericana, de edad avanzada estaba parada en el hombrillo de una autopista de Alabama, tratando de soportar una fuerte tormenta. Su carro se había descompuesto y ella necesitaba desesperadamente que la llevaran. Toda mojada, ella decidió detener el próximo carro. Un joven blanco se detuvo a ayudarla, a pesar de todo los conflictos que habían ocurrido durante los 60. El joven la llevó a un lugar seguro, la ayudo a obtener asistencia y la puso en un taxi.
Ella parecía estar bastante apurada. Ella anotó la dirección del joven, le agradeció y se fue. Siete días pasaron, cuando tocaron la puerta de su casa. Para su sorpresa, un televisor pantalla gigante a color le fue entregado por correo a su casa. Tenia una nota especial adjunta al paquete. Esta decía: "Muchísimas gracias por ayudarme en la autopista la otra noche. La lluvia anegó no sólo mi ropa sino mi espíritu. Entonces apareció usted. Gracias a usted, pude llegar al lado de la cama de mi marido agonizante, justo antes de que muriera. Dios lo bendiga por ayudarme y por servir a otros desinteresadamente. Sinceramente, la señora de Nat King Cole".

176. Comodidad

Un día, un hombre sabio y piadoso clamó al cielo por una respuesta. El hombre aquel encabezaba un grupo de misioneros que oraban por la paz del mundo, para lograr que las fronteras no existieran y que toda la gente viviera feliz. La pregunta que hacían era:
-¿Cuál es la clave, Señor, para que el mundo viva en armonía?
Entonces, los cielos se abrieron y después de un magnifico estruendo, la voz de Dios les dijo:
-Comodidad.
Todos los misioneros se veían entre sí, sorprendidos y extrañados de escuchar tal termino de la propia voz de Dios. El hombre sabio y piadoso pregunto de nuevo:
-¿Comodidad Señor? ¿Qué quieres decir con eso?
Dios respondió:
-La clave para un mundo pleno es: Como di, dad. Es decir, así como yo les di, dad vosotros a vuestro prójimo. Como di, dad vosotros fe; como di, dad vosotros esperanza; como di, dad vosotros caridad; como di, sin limites, sin pensar en nada mas que dar, dad vosotros al mundo... y el mundo, será un paraíso. Sigamos la clave de COMO-DI,-DAD

195. Amor en los detalles
Él había fallecido hace un año, y se acercaba una fecha importante, el día de San Valentín, todos los años él le enviaba un ramo de rosas a su casa, con una tarjeta que decía, "Te amo más que el año pasado, mi amor crecerá más cada año", pero éste sería el primer año de que Rosa no las recibiría, extrañándolas estaba cuando llamaron a su puerta, y para su sorpresa al abrir estaba un ramo de rosas frente a ella, con una tarjeta que decía "Te Amo", por supuesto, que se molestó pensando que había sido una broma de mal gusto, habló a la florería, para reclamar el hecho, y al contestarle, la atendió el dueño, él le dijo que ya sabía que su esposo había fallecido hace un año, y le preguntó si había leído el interior de la tarjeta, y le explicó que esas rosas estaban pagadas por su esposo por adelantado, así como todas la demás para todos los años por el resto de su vida. Al colgar el teléfono a Rosa se le llenaron sus ojos de lágrimas y al abrir la tarjeta vio que estaba escrita por su esposo y decía: "Hola mi amor, sé que ha sido un año difícil para ti, espero te puedas reponer pronto, pero quería decirte, que te amaré por el resto de los tiempos y que volveremos a estar juntos otra vez, se te enviaran rosas todos los años, el día que no contesten a la puerta harán cinco intentos en el día, y si aún no contestas, estarán seguros de llevarlas a donde tú estés que será junto a mí, te ama tu esposo"
Esto es verídico, sucedió en Monterrey.

207. Dios sabe lo que hace
Se cuenta que alguna una vez, en Inglaterra, existía una pareja que gustaba de visitar las pequeñas tiendas del centro de Londres. Una de sus tiendas favoritas era una en donde vendían vajillas antiguas. En una de sus visitas a la tienda vieron una hermosa tacita.
-¿Me permite ver esa taza?, preguntó la Señora,.Nunca he visto nada tan fino como eso.
En cuanto tuvo en sus manos la taza, escuchó que la tacita comenzó a hablar.
-Usted no entiende. Yo no siempre he sido esta taza que usted está sosteniendo. Hace mucho tiempo yo sólo era un montón de barro amorfo. Mi creador me tomó entre sus manos y me golpeó y me amoldó cariñosamente. Llegó un momento en que me desesperé y le grité: "Por favor!! Ya déjame en Paz!". Pero sólo me sonrió y me dijo: "Aguanta un poco más, todavía no es tiempo."
Después me puso en un horno. Yo nunca había sentido tanto calor! Me pregunté por qué mi creador querría quemarme, así que toqué la puerta del horno. A través de la ventana del horno pude leer los labios de mi creador que me decían: "Aguanta un poco más, todavía no es tiempo." Finalmente se abrió la puerta.
Mi creador me tomó y me puso en una repisa para que me enfriara. "¡Así está mucho mejor!", me dije a mí misma, pero apenas me había refrescado cuando mi creador ya me estaba cepillando y pintándome. ¡El olor de la pintura era horrible! Sentía que me ahogaría! "Por favor detente!" le gritaba yo a mi creador, pero él sólo movía la cabeza haciendo un gesto negativo y decía "Aguanta un poco más, todavía no es tiempo."
Al fin dejó de pintarme; pero esta vez me tomó y me metió nuevamente a otro horno. No era un horno como el primero, sino que era mucho más caliente. Ahora sí estaba segura que me sofocaría. Le rogué y le imploré que me sacara. Grité, lloré, pero mi creador sólo me miraba diciendo "Aguanta un poco más, todavía no es tiempo."
En ese momento me di cuenta que no había esperanza. Nunca lograría sobrevivir a ese horno. Justo cuando estaba a punto de darme por vencida se abrió la puerta y mi creador me tomó cariñosamente y me puso en una repisa que era aún más alta que la primera. Allí me dejó un momento para que me refrescara.
Después de una hora de haber salido del segundo horno, me dio un espejo y me dijo: "¡Mírate! ¡Ésta eres tú!". ¡No podía creerlo! ¡Ésa no podía ser yo! Lo que veía era hermoso. Mi creador nuevamente me dijo: "Yo sé que te dolió haber sido golpeada y amoldada por mis manos, pero si te hubiera dejado como estabas, te hubieras secado. Sé que te causó mucho calor y dolor estar en el primer horno, pero de no haberte puesto allí, seguramente te hubieras estrellado. También sé que los gases de la pintura te provocaron muchas molestias, pero de no haberte pintado tu vida no tendría color. Y si yo no te hubiera puesto en ese segundo horno, no hubieras sobrevivido mucho tiempo, porque tu dureza no habría sido la suficiente para que subsistieras. Ahora tú eres un producto terminado! Eres lo que yo tenía en mente cuando te comencé a formar!".

303. Amor sin condición
Una historia que fue contada por un soldado que pudo regresar a casa después de haber peleado en la guerra de Vietnam. Le hablo a sus padres desde San Francisco.
-Mamá, papá, voy de regreso a casa, pero les tengo que pedir un favor: Traigo a un amigo que me gustaría que se quedara con nosotros.
-Claro, le contestaron. Nos encantaría conocerlo.
-Hay algo que deben de saber, siguió diciendo el hijo: él fue herido en la guerra. Pisó una mina de tierra y perdió un brazo y una pierna. No tiene a donde ir, y quiero que se venga a vivir con nosotros a casa.
-Siento mucho el escuchar eso hijo. A lo mejor podemos encontrar un lugar en donde el se pueda quedar.
-No, mamá y papá, yo quiero que él viva con nosotros.
-Hijo, le dijo el padre, tu no sabes lo que estás pidiendo. Alguien que este tan limitado físicamente puede ser un gran peso para nosotros. Nosotros tenemos nuestras propias vidas que vivir, y no podemos dejar que algo como esto interfiera con nuestras vidas. Yo pienso que tu deberías de regresar a casa y olvidarte de esta persona. Él encontrará una manera en la que pueda vivir el solo.
En ese momento el hijo colgó el teléfono. Los padres ya no volvieron a escucharle. Unos cuantos días después, los padres recibieron una llamada telefónica de la policía de San Francisco. Su hijo había muerto después de que se había caído de un edificio, fue lo que les dijeron. La policía creía que era un suicidio. Los padres destrozados de la noticia volaron a San Francisco y fueron llevados para que identificaran a su hijo. Ellos lo reconocieron, para su horror ellos descubrieron algo que no sabían, su hijo tan solo tenia un brazo y una pierna.

309. Círculo 99

Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertar al rey cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una gran sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. Un día el rey lo mandó llamar.
-Paje – le dijo – ¿Cuál es el secreto?
-¿Qué secreto, majestad?
-¿Cuál es el secreto de tu alegría?
-No hay ningún secreto, Alteza.
-No me mientas, paje. He mandado cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
-No miento, Alteza. No guardó ningún secreto.
-¿Por qué estas siempre alegre y feliz? ¿Eh? ¿Por qué?
-Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo una esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado. Somos vestidos y alimentados y además su alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos. ¿Cómo no estar feliz?
-Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar, dijo el rey. Nadie puede ser tan feliz por esas razones que me has dado.
-Pero Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando.
-¡Vete! ¡Vete antes que llame al verdugo!
El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse como el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos.
Cuando se calmó, llamo al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.
-¿Por qué él es feliz?
-Ah Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
-¿Fuera del círculo?
-Así es.
-¿Y eso lo hace tan feliz?
-No, Majestad, eso no lo hace tan infeliz.
-A ver no entiendo, estar en él círculo te hace infeliz
-Así es.
-Y él ¿ no está?
-¡Nunca entró!
-¿Qué círculo es ése?
-El círculo noventa y nueve
-Verdaderamente no entiendo nada.
-La única manera para que me entendiera sería mostrándoselo en los hechos. Haciendo entrar el paje al círculo.
-Eso, obliguémoslo a entrar.
-No, alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar al círculo.
-Entonces habrá que engañarlo.
-No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad entrara solito, solito.
-¿Pero, no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
-Sí se dará cuenta.
-Entonces no entrará.
-No lo podrá evitar.
-¿Dices que se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar a ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá salir?
-Tal cual Majestad, ¿Está dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?
-Sí.
-Bien esta noche le pasaré a buscar. Debe tener preparada una bolsa de cuero con noventa y nueve monedas de oro, ni una más ni una menos. ¡noventa y nueve!
-¿Qué más? ¿Llevo guardias por sí acaso?
-Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
-Hasta la noche.
Así fue. Esa noche el sabio pasó a buscar al rey, juntos se escurrieron hasta los patios de palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron al alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela el sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía: "Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre, disfrútalo y no se lo cuente a nadie como lo encontraste".
Luego ató la bolsa con el papel, en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde unas matas. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró a todos lados y entró a la casa. Desde afuera escucharon la tranca de la puerta, y se arrimaron a la ventana para ver la escena.
El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa dejando sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían ¡Era una montaña de monedas de oro! Él nunca había tocado una de esas monedas, tenía hoy una montaña de ellas para él. El paje las tocaba y las amontonaba, las acariciaba y hacia brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así jugando y jugando empezó hacer pilas de 10 monedas: Una pila de 10, dos pilas de 10, tres, cuatro, cinco, seis y mientras sumaba 10,20,30,40,50,60... hasta que formó la última pila: ¡9 monedas! Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más, luego el piso y finalmente la bolsa.
No puede ser, pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja
-Me robaron – gritó -. Me robaron malditos.
Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él una monedita resplandeciente le recordaba que había noventa y nueve monedas de oro. Sólo noventa y nueve, noventa y nueve monedas de oro.
-Es mucho dinero, pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo -pensaba-. Cien es un número completo pero noventa y nueve no.
El rey y el asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que se asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿ Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda numero 100? Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitaría trabajar más. Con 100 monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con 100 monedas de oro un hombre es rico. Con 100 monedas de oro se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario, y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario ¨ Doce años es mucho tiempo, pensó. Quizás pudiera pedirle a mi esposa que trabaje en el pueblo por un tiempo. Y el mismo, después de todo, el terminaba sus tareas en palacio a la cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo, y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. Era demasiado tiempo!!!!. Quizás pudiera llevar al pueblo lo que le quedaba de comida todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho cuanto menos comieran, más comida habría para vender... vender... vender... Estaba haciendo calor, ¿Para qué tanta ropa de invierno? Era un sacrificio pero en cuatro años de sacrificios llegaría su moneda numero 100. El rey y el sabio volvieron al palacio. El paje había entrado al circulo del noventa y nueve...
Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal y como los había pensado aquella noche. Una mañana, el paje entra a la alcoba del real golpeando puertas, refunfuñando y de pocas pulgas.
-¿Que té pasa?, preguntó el rey de buen modo.
-Nada me pasa, nada me pasa.
-Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
-¿Hago mi trabajo, no? ¿Qué quería su Alteza? ¿Que fuera su bufón y su juglar también?
No pasó mucho tiempo antes que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

474. Incendio
Una vez se estaba incendiando un edificio de 9 pisos en el centro de una ciudad muy importante. Las personas del edificio, al enterarse de que el edificio estaba en llamas, salieron de sus apartamentos, a excepción de un niño de 8 años de edad que dormía en el octavo piso, pues su papá había salido a comprar y su mamá estaba de viaje. El fuego crecía cada vez más e iba subiendo piso por piso. Los bomberos intentaban apagarlo pero sus esfuerzos eran infructuosos y pidieron refuerzos a otras unidades de la ciudad y de ciudades vecinas.
El drama aumento cuando los bomberos se dieron cuenta que había un niño en el octavo piso. El fuego crecía; iba ya por el quinto piso, cuando apareció el padre del niño preocupado por su hijo. Los bomberos hicieron un último intento, pero las escaleras no podían llegar hasta las paredes del edificio por haber fuego en todas ellas. Entonces se escuchó los llantos del niño, gritando:
-¡Papi, tengo miedo!
El padre le escuchó y, llorando, le dijo:
-Hijo, no tengas miedo. Yo estoy aquí abajo. No tengas miedo.
Pero el niño no lo miraba:
-Papi, no te veo, solo veo humo y fuego.
El padre sabe que esta ahí, en la ventana porque el fuego lo ilumina.
-Pero yo sí te veo, hijo. Sabes qué debes hacer: tírate que aquí te agarramos entre todos. ¡Tírate!
El hijo le dice:
-Pero yo no te veo.
-Sabes cómo debes hacer: cierra los ojos y tírate.
-Papi, no te veo, pero allá voy.
Y cuando el niño se lanzó, los bomberos lo rescataron antes de que llegase al suelo. El Padre lo abrazó, y lloró con su hijo.

Acuérdese de mí
Casi no la había visto. Era una señora anciana con el auto varado en el camino. El día estaba frió, lluvioso y gris. Alberto se pudo dar cuenta que la anciana necesitaba ayuda.
Estacionó su auto Pontiac delante del Mercedes de la anciana, aún estaba tosiendo cuando se le acercó. Aunque con una sonrisa nerviosa en el rostro, se dio cuenta que la anciana estaba preocupada. Nadie se había detenido desde hacía más de una hora, cuando se detuvo en aquella transitada carretera.
Realmente, para la anciana, ese hombre que se aproximaba no tenía muy buen aspecto, podría tratarse de un delincuente. Más no había nada por hacer, estaba a su merced. Se veía pobre y hambriento.
Alberto pudo percibir cómo se sentía. Su rostro reflejaba cierto temor. Así que se adelantó a tomar la iniciativa en el diálogo:
-Aquí vengo para ayudarla señora. Entre a su vehículo que estará protegida del clima. Mi nombre es Alberto.
Gracias a Dios solo se trataba de un neumático bajo, pero para la anciana se trataba de una situación difícil. Alberto se metió bajo el carro buscando un lugar donde poner el "gato" y en la maniobra se lastimó varias veces los nudillos.
Estaba apretando las últimas tuercas, cuando la señora bajó la ventana y comenzó a platicar con él. Le contó de dónde venía; que tan sólo estaba de paso por allí, y que no sabía cómo agradecerle. Alberto sonreía mientras cerraba el baúl del coche guardando las herramientas.
Le preguntó cuanto le debía, pues cualquier suma sería correcta dadas las circunstancias, pues pensaba las cosas terribles que le hubiese pasado de no haber contado con la gentileza de Alberto. Él no había pensado en dinero. Esto no se trataba de ningún trabajo para él. Ayudar a alguien en necesidad era la mejor forma de pagar por las veces que a él, a su vez, lo habían ayudado cuando se encontraba en situaciones similares.
Alberto estaba acostumbrado a vivir así. Le dijo a la anciana que si quería pagarle, la mejor forma de hacerlo sería que la próxima vez que viera a alguien en necesidad, y estuviera a su alcance poder asistirla, lo hiciera de manera desinteresada.
-Tan sólo piense en mi, agregó despidiéndose.
Alberto esperó hasta que al auto se fuera. Había sido un día frió, gris y depresivo, pero se sintió bien en terminarlo de esa forma, éstas eran las cosas que más satisfacción le traían. Entró en su coche y se fue.
Unos kilómetros más adelante la señora divisó una pequeña cafetería. Pensó que sería muy bueno quitarse el frío con una taza de café caliente antes de continuar el último tramo de su viaje.
Se trataba de un pequeño lugar un poco desvencijado. Por fuera había dos bombas viejas de gasolina que no se habían usado por años. Al entrar se fijó en la escena del interior. La caja registradora se parecía a aquellas de cuerda que había usado en su juventud. Una cortés camarera se le acercó y le extendió una toalla de papel para que se secara el cabello, mojado por la lluvia. Tenía un rostro agradable con una hermosa sonrisa. Aquel tipo de sonrisa que no se borra aunque estuviera muchas horas de pie. La anciana notó que la camarera estaría de ocho meses de dulce espera. Y sin embargo esto no le hacia cambiar su simpática actitud. Pensó en cómo, gente que tiene tan poco, pueda ser tan generosa con los extraños. Entonces se acordó de Alberto...
Luego de terminar su café caliente y su comida, le alcanzó a la camarera el precio de la cuenta con un billete de cien dólares. Cuando la muchacha regresó con el cambio constató que la señora se había ido. Pretendió alcanzarla. Al correr hacia la puerta vio en la mesa algo escrito en una servilleta de papel al lado de 4 billetes de $100.
Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando leyó la nota: "No me debes nada, yo estuve una vez donde tú estás. Alguien me ayudó como hoy te estoy ayudando a ti. Si quieres pagarme, esto es lo que puedes hacer: No dejes de asistir y ser bendición a otros como hoy lo hago contigo. Continua dando de tu amor y no permitas que esta cadena de bendiciones se rompa.
Aunque había mesas que limpiar y azucareras que llenar, aquél día se le fue volando. Esa noche, ya en su casa, mientras la camarera entraba sigilosamente en su cama, para no despertar a su agotado esposo que debía levantarse muy temprano, pensó en lo que la anciana había hecho con ella. ¿Cómo sabría ella las necesidades que tenían con su esposo, los problemas económicos que estaban pasando, máxime ahora con la llegada del bebé? Era consciente de cuan preocupado estaba su esposo por todo esto. Acercándose suavemente hacia él, para no despertarlo, mientras lo besaba tiernamente, le susurró al oído:
-Todo va a estar bien, te amo... Alberto.

Agricultor

-No, yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice, respondió el agricultor inglés, rechazando la oferta.
En ese momento el propio hijo del agricultor salió a la puerta de la casa de la familia.
-¿Es ese su hijo?" preguntó el noble inglés.
-Sí, respondió el agricultor lleno de orgullo.
-Le voy a proponer un trato. Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación. Si él es parecido a su padre, crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso.
El agricultor aceptó. Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming, el agricultor, se graduó de la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital en Londres, y se convirtió en un personaje conocido a través del mundo: el famoso Sir Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina. Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonía. ¿Que le salvó? La Penicilina.
¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill. ¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill.
Alguien dijo una vez: Siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos. Trabaja como si no necesitaras el dinero. Ama como si nunca te hubieran herido. Baila como si nadie te estuviera mirando.

Ahí está el poder
Sucedió en Helmbridge Club, Lagos, Nigeria. Había un niño musulmán, Babátunde, de la tribu Yorubá, que venía a menudo por el centro. Como es costumbre en estos casos, se le pidió que trajera a sus padres para formalizar la admisión. Nos dijo que no vivía con sus padres...
-¿Y con quién vives?
-Con mi abuela.
-Pues dile que venga.
-Es que no es cristiana y no sabe hablar inglés; sólo entiende el Yorubá y el Pidgin English.
-Sí, debe ser musulmana como tú...
-No - dijo Btunde -: es animista. Es una Profetess (profetisa y jefa de sacerdotisas; hacen sacrificios a Oshún y a Ogún; también sacrificios pacificadores de Satán).
-Bueno, no importa, dile que venga...
Al día siguiente llegó vestida de Profetisa, con una túnica de color púrpura, collares de conchas; un aspecto siniestro y un aire nervioso, escudriñándolo todo. Cuando le empezamos a enseñar el Centro, ella iba buscando algo, miraba, rehuía: las clases, el laboratorio, la sala de conferencias... Al final le mostramos el oratorio. Ella, aunque nunca había visitado una capilla católica aparecía visiblemente ansiosa y excitada: sin mediar palabra y como quien encuentra lo que estaba buscando señaló el tabernáculo diciendo segura y lentamente: ahí está el poder. Tenía fe en la Eucaristía, aún sin conocerla: porque la presencia de Cristo es real.

Amar no es un sentimiento
Un hombre fue a visitar a un psicólogo y le dijo que ya no quería a su esposa y que pensaba separarse. El psicólogo lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente le dijo una palabra: ámela. Luego se calló.
-Pero es que ya no siento nada por ella.
-¡Ámela!, volvió a decir.
Y ante el desconcierto del señor, después de un oportuno silencio, dijo lo siguiente:
-Amar es una decisión, no un sentimiento; amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo y el fruto de esa acción es el amor. El amor es un ejercicio de jardinería: arranque lo que hace daño, prepare el terreno, siembre, sea paciente, riegue y cuide. Esté preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvia, mas no por eso abandone su jardín. Ame a su pareja, es decir, acéptela, valórela, respétela, déle afecto y ternura, admírela y compréndala. Eso es todo, ámela.

Anillo
-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro sin mirarlo, le, dijo:
-¡Cuánto lo siento muchacho! No puedo ayudarte. Debo resolver primero mi propio problema. Quizás después...
Y haciendo una pausa, agregó:
-Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-Encantado, maestro- titubeó el joven, sintiendo que otra vez era desvalorizado, y sus necesidades postergadas.
-Bien, asintió el maestro.
Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho, agregó:
-Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un anciano fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.
Alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado - más de cien personas - y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Entró en la habitación.
-Maestro- dijo- lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizá pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-¡Qué importante es lo que dijiste!, contestó sonriente el maestro. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-¡58 monedas!, exclamó el chico.
-Sí, replicó el joyero- yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero si la venta es urgente...
El muchacho corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.

Apostolado: Dios confía en nosotros
25 enero 2000, Basílica de San Pablo Extramuros, celebración de las Vísperas presidida por el Cardenal Roger Etchegaray. La liturgia sirvió de clausura de la Semana de oración por la unidad e los cristianos que ha convocado a los dos mil millones de bautizados del planeta.
El Cardenal Etchegaray narró una significativa leyenda que le había contado un sacerdote ortodoxo.
-Cuando Cristo, después de la Pascua, estaba a punto de subir al cielo, bajó la mirada hacia la tierra y la vio sumergida en la oscuridad, a excepción de una lucecillas que iluminaban la ciudad de Jerusalén.
En plena Ascensión, se cruzó con el arcángel Gabriel, quien estaba acostumbrado a realizar misiones terrestres. El mensajero divino le preguntó:
-¿Qué son esas lucecillas?.
-Son los apóstoles reunidos en tono a mi Madre. Mi plan es que, una vez que regrese al cielo, les envíe el Espíritu Santo para que estos pequeños fuegos se conviertan en una gran brasa que inflame de amor toda la tierra.
El arcángel se atrevió a replicarle: "
-Y, ¿qué harás si el plan no funciona?
Tras un momento de silencio, el Señor respondió:
-¡No tengo otros planes!.

5.2.09

Vela al Santísimo. Febrero

En el año 1989 hubo un fuerte terremoto en San Francisco (Estados Unidos), y ¡sorprendentemente!, las casas que más aguantaron no fueron las más bajas, sino los rascacielos, porque estaban preparados para los terremotos. Y las casas más antiguas, de poca altura, se vinieron abajo todas.

Jesús nos dice en el Evangelio -con una parábola- que hemos de construir bien nuestras vidas. Dos hombres construyeron su casa, uno sobre arena y otro sobre roca. Cuando vinieron las tempestades y las tormentas, el primero vio cómo todo lo que había hecho hasta el momento con gran esfuerzo y sudor se le venía abajo porque había construido sobre arena, sobre un fundamento frágil. Al segundo, que le costó el mismo trabajo que al primero la construcción de la casa, vio como sus esfuerzos eran compensados. Su casa aguantó. Quizás era menos bonita, pero más resistente (Mt 7, 24-27).

Construir nuestra vida sobre arena es fácil y cómodo, pero a la larga es muy peligroso porque lo que construimos no aguanta nada.

Construir sobre roca cuesta más, pero es mejor. Hacer un edificio alto a prueba de terremotos es algo costoso, que exige tiempo, dinero y expertos. Levantar un rascacielos de mala calidad es una tontería.

Vivir sin una base firme, sin saber quién soy, de dónde vengo, a dónde voy, porqué hago las cosas… es algo triste, que genera insatisfacción, inseguridades y preocupaciones.

¿Por qué hago yo las cosas? ¿Qué busco?
¿Tengo objetivos para demostrarme y demostrar a los demás de lo que soy capaz?
¿Me muevo por lo más fácil, por el quedar bien, por estar “a gusto”… o me muevo por algo mejor: servir, darme a los demás, ayudar a las personas que están a mi lado?
¿Busco la gloria de Dios, o la mía?
¿Mi fuerza es mi voluntad, o mi fuerza es el Señor?
¿Me preocupo de cosas serias y que merecen la pena (estudiar y aprovechar el tiempo, ser una buena hija, una buena amiga)… o tengo la cabeza llena de pequeñeces y tonterías que me impiden estar alegre?
¿Sobre qué estoy edificando mi vida, sobre la vanidad de ser la mejor, sobre el placer, del tipo que sea, sobre el quedar bien? Eso es construir sobre arena.

Jesús: yo soy tu hija, y quiero que todo lo que hago sea para darte gloria, para agradarte, para tenerte contento y para ayudar a las personas que me rodean.

Jesús: Tú eres mi roca firme en la que quiero apoyarme para construir mi vida.

10.1.09

Humanidad Santísima de Cristo

Cristo se ha encarnado, Dios viene a vivir con nosotros para que nosotros vivamos con Dios.

Cristo manifiesta al hombre quién es el hombre (Gaudium et Spes 22).

Tener los mismos sentimientos de Cristo.

“¡Que vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma!”

Don Francisco Mas. “A ver cuando dejas de mirar a la gente como ingeniero textil y comienzas a ver almas”.

“Cristo, Sacerdote y víctima.

Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres. Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador. Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened entre vosotros los sentimientos propios Cristo Jesús, exige de todos los cristianos que, en la medida de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.

Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.

Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacernos nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo” (De la carta encíclica Mediator Dei del papa Pío doce (AAS 39 [1947], 552-553).

Nuestra entrega se fundamenta en el conocimiento de Dios, y el amor se fundamenta en el conocimiento.

No nos madura el paso del tiempo, sino la cercanía con Jesús.

El Arzobispo de Tarragona estuvo por motivos de su trabajo unos días en Roma. Pasó por Villatevere y estuvo con el Padre, que le dijo: “hijo mío, pide la presencia de Dios”. Esa es la respuesta de una persona enamorada: buscar continuamente la presencia de Dios.

Observando toda su vida, me atrevo a asegurar que muestra la victoria de la voluntad y del entendimiento -puestos en Dios- sobre su carácter. Este triunfo procede de una continua vigilancia sobre sí mismo, aunque no dejaba de rogarnos que le ayudásemos; le he visto luchar contra esos hilos sutiles que, si no se rectifican, se convierten en ataduras que apartan de Dios. Supo conseguir una serena ecuanimidad, y la extraordinaria vitalidad de su temperamento estuvo siempre moderada por la prudencia y la fortaleza.

Debemos reflejar a Cristo en todo nuestro ser. También en los rasgos que configuran nuestro carácter debemos conformarnos con Él. Es Cristo quien vive en mí (Ga 2, 20).

'Permaneced en mi'. Estar, vivir, permanecer unidos... ¡Cuántas tentaciones, caidas... desaparecen si tenemos esto presente!

Señor, ¿Tú estás a gusto en mi. Cuando trabajo, cuando hablo, rezo... soy Tú?

Dejar actuar al Espíritu Santo para que plasme en nosotros la imagen del Señor.

Joaquín Navarro-Valls contaba que acompañó a Juan Pablo II a Brasil, en un viaje que coincidía con los 10 años de su pontificado. En una comida hicieron un brindis, y el que brindó lo hizo por los 10 años del pontificado. El Papa, en voz baja comentó: “los míos, son los dos primeros, los otros son de Dios”. (Los dos primeros fueron del 79 al 81, hasta el atentado).

Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo (Es Cristo que pasa, n. 31).

Hacerlo con el propio carácter, forjado mediante repetición de actos (cfr. Camino, n. 19). Sobre la naturaleza actúan la gracia y el esfuerzo personal, no hay dos santos iguales.

Pedir a la Virgen ser ipse Christus.

3.1.09

Los Reyes Magos

Llama la atención que no esté contada en el Evangelio de San Lucas la adoración de los Reyes Magos.

En el segundo capítulo del Evangelio de San Mateo sí que se relata el acontecimiento.

Son magos -sabios- que vienen de Oriente. Oriente representa lo desconocido, la tierra lejana, la gentilidad.

El Rey Herodes se enfureció por la presencia de estos reyes. "Y con él, toda Jerusalén" dice el Evangelio. La gente se sobresaltó, se alteró, se puso nerviosa.

Herodes pregunta a los sabios de su tierra (sumos sacerdotes y escribas) dónde había de nacer Jesús, y le contestan que en Belén de Judá.

Se lo comunica a los Reyes Magos, dándoles una orden: "indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encontréis comunicádmelo, para ir también yo a adorarle".

Se ponen en camino y la estrella les acompaña y les guía dándoles luz y llevándoles hasta el mismo pesebre.

Se postran ante Jesús, le adoran y le ofrecen dones.

Dios les avisó en un sueño que no podían volver a Jerusalén porque Herodes tenía planes maléficos, y regresaron a su tierra por otro camino.

No sabemos cuántos eran los magos venidos del Oriente, ni cómo se llamaban. Sí sabemos que eran sabios, estudiosos, dedicados a la astronomía, y poderosos, con posesiones y dominios, personas de buen vivir.

Un fenómeno extraordinario les avisa de que algo grandioso está ocurriendo: ha nacido el Rey de los judios. Reconocen en esa señal del cielo un aviso de Dios, una señal, una llamada de Dios.

Y se ponen en camino, para buscar al Rey de los Judios, para adorarle: "hemos venido a adorarle", le dicen a Herodes, en Jerusalén. Dejan tierras, trabajos, familias, posesiones, vida cómoda, y se ponen en camino. Toman la caballería, los camellos, las provisiones, y emprenden una larga caminata hacia un lugar desconocido y probablemente lleno de peligros.

Caminan y se fatigan día y noche persiguiendo una estrella. Pasarían hambre, sed, frío, soledad, miedo... Quizás alguna vez, o en más de una ocasión, se les pasó por la cabeza dar la vuelta y tomar el camino a casa... Pero no. Firmes. Adelante. Con paso cansado y cansino, pero mirando la estrella.

La estrella les guía. Marca su norte. Quizás sólo ellos fueron capaces de identificarla. El firmamento de aquellos días sería aparentemente igual que los anteriores, visto por una persona poco versada en la astrología. Pero ellos interpretan que una estrella comunica un acontecimiento imponente: la llegada al mundo del Rey de los Judios.

Y se fían de la estrella. ¡Qué locura, pensar que una estrella anuncia algo!

¿Por qué las demás personas no aciertan a ver esa estrella?

Se ponen en camino. Recorren un camino lleno de tierra, barro, piedras y matojos. Un camino poco iluminado; a veces muy oscuro. Un camino por el que van solos, desprotegidos, aparentemente.

"¿LLevará a alguna parte el camino que estamos recorriendo?" se preguntarían más de una vez en medio de las dificultades.

Un camino nada fácil es el que les llevó a Jesús. Nada fácil. Y cuando están a punto de llegar se encuentran con la mayor dificultad del camino: Herodes.

Herodes no quiere a Dios. Herodes sólo se preocupa de su poder en la tierra. Herodes tiene miedo del mesías porque podía destronarle. Y los magos se encuentran cara a cara con Herodes que intenta engañarles.

Al final, encuentran a Jesús: "y se llenaron de inmensa alegría".

Los Reyes Magos son personas verdaderamente inteligentes: descubren a Dios.

La estrella es la señal del Cielo, la señal de Dios, que les va guiando en la tierra.

El camino es el sendero que les conduce a Jesús. Lleno de incomodidades y privaciones. No es fácil. No es sencillo.

Herodes, es la encarnación del pecado. Se opone a Dios. No quiere a Jesús. Intenta destruirlo. Es un instrumento del demonio.

Nosotros hemos descubierto a Dios. Sabemos dónde está. Tenemos muchas estrellas que nos marcan el camino hacia Él. Dios nos habla, nos pone sus señales para que no nos desviemos. Nos ha trazado un camino (a veces no muy fácil), que nos llevará hacia la felicidad y la alegría completas. Encontraremos obstáculos. Encontraremos pequeños o grandes herodes que nos intentan apartar...

24.12.08

Meditacion de Nochebuena

"En el misterio santo que hoy celebramos, Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente entre nosotros de un modo nuevo: el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para asumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado" (Prefacio de Navidad).

"Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.

Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne de pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si él no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido.

Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Éste se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así —como dice la Escritura—: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor" (San Agustín).

Jesús, recién nacido, no habla; pero es la Palabra eterna del Padre. Se ha dicho que el pesebre es una cátedra. Nosotros deberíamos hoy «entender las lecciones que nos da Jesús ya desde Niño, desde que está recién nacido, desde que sus ojos se abrieron a esta bendita tierra de los hombres»

"Dios se humilla para que podamos acercarnos a El, para que podamos corresponder a su amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de su humildad".

Hacemos un propósito de humildad. La primera llaga que el pecado causó en nuestra alma fue el orgullo. Jesús ha venido para enseñarnos a ser humildes.

Que nuestra vida esté centrada en Jesús, como la de Santa María y San José. "Así estuvo siempre, y así debemos aprender a estar nosotros, ¡tan dispersos y tan distraídos por cosas que carecen de importancia! Una sola cosa es verdaderamente importante en nuestra vida: Jesús, y cuanto a El se refiere".

Jesús, María y José estaban solos. Pero Dios buscó, para acompañarle, a gente sencilla, unos pastores, quizá porque, como eran humildes, no se asustarían al encontrar al Mesías en una cueva, envuelto en pañales.

Son los pastores de aquellos contornos a quienes se refería el profeta Isaías: el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. En esta primera noche sólo en ellos se cumple la profecía. Ven una gran luz: la gloria del Señor los envolvió de claridad. No temáis, les dice un ángel, pues vengo a anunciamos una gran alegría, que lo será para todo el pueblo; hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador, que es el Cristo, el Señor.

Esa noche son los primeros y los únicos en saberlo. «En cambio hoy lo saben millones de hombres en todo el mundo. La luz de la noche de Belén ha llegado a muchos corazones, y, sin embargo, al mismo tiempo, permanece la oscuridad. A veces, incluso parece que más intensa (... ). Los que aquella noche lo acogieron, encontraron una gran alegría. La alegría que brota de la luz. La oscuridad del mundo superada por la luz del nacimiento de Dios (... ).

La Virgen María, en la cueva de Belén, nos enseña cómo ha de ser nuestra vida: está recogida en oración. Sólo vive para estar pendiente de Jesús.

Nosotros le pedimos hoy que nos dé este recogimiento interior necesario para ver y tratar a Dios, muy cercano también a nuestras vidas.

La oración de Santa María y de San José en Belén era un diálogo "mudo" con Jesús. Así es tantas veces la nuestra.

"Me ha impresionado siempre su espontaneidad en el trato con el Señor. Las comunidades de religiosas del Real Patronato de Santa Isabel han contado los encuentros y delirios de amor del Fundador del Opus Dei con la imagen del Niño Jesús que conservan en uno de los dos Conventos. Y yo he visto también su actitud ardiente y apasionada cuando llegaban las Navidades: al entrar o salir del oratorio, besaba con ternura al Niño recién nacido. En otros momentos le cogía en sus brazos, acariciándole dulcemente, mientras le miraba agradecido y con hambre de aprender. En una ocasión, después de besarle, puso sus ojos en esa imagen y, con la delicada ilusión de un padre de familia, requebró al Niño Jesús: ¡chato!"

«Esa imagen del Niño Jesús —comenta mons. A. del Portillo— dio ocasión a nuestro Padre para que hiciese mucha oración y muchos actos de amor a la Humanidad Santísima de Jesús. Lo solía pedir a las monjas especialmente por las épocas de Navidad, y lo bailaba y lo arrullaba y lo mimaba».

La oración de María y José estaría reducida a una palabra: "Jesús". Una sola palabra dicha con mucho amor y mucha humildad.

"He contemplado una escena en distintas Navidades, cuando -al distribuir las figuras del Nacimiento- alguien colocaba a San José un poco distante del Niño y de la Virgen o en un segundo plano. Mons. Escrivá de Balaguer las acercaba, mientras repetía: vamos a poner siempre a José muy cerca de Jesús y de María, porque siempre lo estuvo, porque lo sigue estando, y porque nos tiene que servir de guía para servir al Señor, contando también con la intercesión de la Virgen, como los dos le sirvieron" (Memoria del Beato Josemaría).


Filiacion divina y presencia de Dios

En ninguna religión encontramos algo tan grandioso como en la nuestra: Dios tiene un rostro humano. Dios se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre. Dios nos ha manifestado su amor enviando a Jesús al mundo. Dios es el Amor Encarnado.

"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).

Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.

Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.

"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).

Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.

"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).

La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.

Filiacion divina y presencia de Dios

Filiación divina y presencia de Dios

En ninguna religión encontramos algo tan grandioso como en la nuestra: Dios tiene un rostro humano. Dios se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre. Dios nos ha manifestado su amor enviando a Jesús al mundo. Dios es el Amor Encarnado.

"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).

Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.

Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.

"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).

Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.

"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).

La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.

Filiacion divina y presencia de Dios

En ninguna religión encontramos algo tan grandioso como en la nuestra: Dios tiene un rostro humano. Dios se ha encarnado. Dios se ha hecho hombre. Dios nos ha manifestado su amor enviando a Jesús al mundo. Dios es el Amor Encarnado.

"El Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima" (Es Cristo que pasa, 84).

Ese vivo sentido de nuestra filiación divina empapa toda nuestra vida, porque nos lleva a imitar a Jesucristo, como Hermano nuestro.

Dios está muy cerca de nuestros corazones y nos dejaremos conducir como un hijo se deja conducir por la mano cariñosa de su padre.

"Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad" (Itinerarios de vida cristiana).

Descubrir el infinito cariño que nos tiene Dios: en esto consiste la vida cristiana.

"Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido" (Itinerarios de vida cristiana).

La confianza en Dios necesita cultivarse con el trato personal e íntimo. Cuando sabemos que Dios es nuestro Padre, le buscamos, le tratamos.